sábado, 9 de septiembre de 2017

JUGANDO Y COLECCIONANDO CON LOS ASTROS DE LA LIGA DE LOS AÑOS 70 Y 80

En mi niñez, el final del verano y las semanas previas al inicio del nuevo curso escolar tenían un denominador común en las calles de mi barrio, que se convertían en el escenario del intercambio y juegos diversos con los cromos de la Liga de la temporada que se avecinaba como protagonistas, por cierto, que el sustantivo «cromo» a mí me suena muy cursi, porque en mi calle siempre le dijimos estampas.

En honor a la verdad yo nunca fui coleccionista de estampas de futbolistas, y conmigo yo creo que la mayoría de los niños de mi época, estoy hablando de finales de los 70 y principios de los 80, porque lo que nos apetecía era jugar con ellas. Yo tuve pocos álbumes de futbolistas, por no decir casi ninguno, no me llenaba hacer la colección, y sobre todo porque vagaba una especie de leyenda urbana que decía que había algunos futbolistas que nunca te salían en los sobres, por lo que te obligaban a pedirlos a la casa editorial que los hacía para completar los huecos, y esos cromos faltantes te los vendían a precio de oro.

Imagino que aquellos que tuvieron la delicadeza y la visión de guardar sus colecciones o cromos sueltos, ahora hacen sus pinitos en las páginas de compraventa de estos efectos en Internet, donde puedes encontrar de todo, aunque eso sí, para tener a aquel futbolista del que estabas enamorado tendrás que pagar hoy cierta cantidad.

A propósito de esto, antes los cromos no eran autoadhesivos como creo que son ahora, así que te tenías que comprar el pegamento de turno (enfrente de mi casa había una droguería que no vendía pegamento Imedio, que era más caro, sino pegamento Entero, juro que así se llamaba la marca o mi memoria me está traicionando) o en su defecto, que era lo más habitual, acudíamos a ese engrudo que se hacía con agua y harina.

La actividad de los cromos en esas semanas previas de la vuelta al cole, tenían más de juego que de intercambio, era fantástico jugar teniendo como excusa las fotos de los futbolistas que más o menos conocías, aunque también tenías el trasfondo de poder conseguir la plantilla completa de tu equipo favorito, tal vez ese jugador que salía nunca o muy poco, o sobre todo, aquellos cromos de la recentísima hornada, que se llamaban «Últimos fichajes» y que imagino que a los que coleccionaban de verdad les haría un lío tremendo, porque jamás sabían cuándo su colección iba a estar completa.

Creo que la temporada que más estampas acumulé fue la 1981-82, seguramente me hice con más de mil cromos, aunque es evidente que muchos eran repetidos. Entonces la casa que los fabricaba no era Panini, como son los que ahora circulan entre las (pocas) manos de los niños del siglo XXI, sino la Editorial Este, que desde Barcelona nos traía la emoción de rememorar año tras año una moda que nos gustaba, y que coincidía con esta época del año que a mí sinceramente es de las que más me gusta, el calor se reprime, se añora la vuelta a la rutina, hay aceitunas de cornezuelo…

Los de la Editorial Este se afanaban también en cada campaña con hacer los cromos de mayor calidad; recuerdo que la mayor innovación para los niños de mi época fue la de pasar de tener cromos donde solo se veía el busto de los jugadores, a otros más modernos donde se veía la foto de los mismos en una acción de juego y el busto en una esquina. Hay que decir que también hacían sus chapucillas, en aquella época donde el Photoshop no existía, a aquellos jugadores que se fichaban de última hora les repintaban burdamente una foto con la camiseta de su equipo anterior y lanzaban el cromo sin mayores miramientos.

El cómo llegué a juntar ese millar de estampas es algo que siempre me he estado preguntando, y es que igual que siempre tuve cromos de futbolistas en casa (y alguno he guardado) yo nunca compré muchos sobres. Aquel 1981 creo que conseguí cambiar estampas de jugadores «difíciles de que salieran», a razón de «yo te entrego la mía y tu me das diez a cambio». Y luego jugando y apostando, el juego más clásico era el de los montones; generalmente jugábamos dos, el que las barajaba, algunos con cierta destreza (vicio que yo tuve y que seguro que no he perdido), terminaban haciendo tres montones, el otro elegía uno de los tres y apostaba una cantidad variable, si la carta de abajo correspondía con el jugador cuyo nombre tenía más letras ganaba, si era el que menos perdía, si estaba en medio pues empate. Creo que era bastante justo, la victoria, el empate y la derrota se repartían exactamente en un 33,3 %. Había otros juegos, pero este era el que más se jugaba en mi calle.

Lo que pasa es que había jugadores habilidosos que sabían colocarlas, es decir, eran capaces de mandar a Jesús (portero del Cádiz) y con pocas letras, al final, lo cual era una tontería, porque una cosa era que supieras colocarlas, que yo sabía, y otra bien distinta que el otro jugador eligiera el montón donde tú habías puesto a Jesús.

También había un pequeño truco o engaño que consistía en despegar el cartón de la parte trasera y delantera, en la delantera colocabas a un jugador con pocas letras, Mayé de Las Palmas y por detrás alguno con muchas letras, los jugadores vascos eran geniales para eso, así Cortabarría o Satrústegui, ambos de la Real Sociedad. Pero este truquito tenía las patas muy cortas, porque lo normal es que tú levantaras las estampas por la parte de atrás, así que el extraerlas para que solo se viera la foto era un procedimiento raro y de momento te pillaban.

Se ve que aquel año gané muchas apuestas y me vi con una caja de zapatos casi llena de estampas, que hoy día tendría un cierto valor económico, pero sobre todo un gran valor sentimental porque me hubiera encantado recordar a aquellos futbolistas de inicios de los 80. Aquel arsenal de cromos se lo doné a un primo mío que tenía unos años menos que yo, e imagino que la colección tarde o temprano terminó en la basura. A mí siempre me llamaron la atención los jugadores friquis, los desconocidos antes y hoy, Ibeas o Pascual Beltrán del Castellón, el tal Jesús del Cádiz...

Por cierto que también recuerdo que en una temporada la estampa más codiciada era la del Ratón Ayala del Atlético Madrid, no sé si porque efectivamente era la rara de la colección o porque la apariencia melenuda del astro lo hacía más apreciado (yo siempre tuve una camiseta del At. de Madrid aunque soy del Real Madrid, pero me gustaba más la colchonera en contraposición del soso color blanco de la merengue); el caso es que siendo ese el cromo más deseado por todos, se la conseguí robar a un primo segundo mío y mis pésimas habilidades quedaron al descubierto porque ese primo descubrió la falta en menos de cinco minutos, y tuve que confesar. A todo esto hay que decir que si en el inicio del siglo XXI predominan en los futbolistas las barbas de varios días y los tatuajes, en la década de los 70 la moda era las melenas, las greñas.

También me pregunto cuál es el primer recuerdo que tengo de juntar con estampas, y con el Mundial del 74 en Alemania Federal aparece, sí yo tenía seis años y ya manejaba aquellos cromos de los que me acuerdo de unos pocos futbolistas, pero sobre todo de los de Zaire y Haití, que eran las selecciones pintorescas de aquel Mundial. Y no sé por qué pero recuerdo al jugador de Haití Jean Joseph con cierto cariño, me caía bien ese cromo, y jamás he olvidado su nombre.

En fin, esta es la historia de un coleccionismo que no lo era tal en mi caso, pero que generaba mucha afición. Hoy paradójicamente con la mayor avalancha y presión de los medios de comunicación que han provocado que el fútbol sea más que el deporte rey, un espectáculo con el deporte como excusa, los niños actuales no necesitan tantos cromos, aunque existan, porque a golpe de móvil tienen cincuenta mil fotos y vídeos de su futbolista favorito. Y esa es otra falacia del fútbol actual, los de mi época no soñábamos con llegar a ser estrellas, ahora cualquiera piensa que puede llegar a ser Messi, y eso tarde o temprano frustra enormemente.

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