domingo, 4 de marzo de 2018

ANTONIO HERRERO, EL PERIODISTA QUE CREÓ UN ESTILO PARA LAS MAÑANAS RADIOFÓNICAS

Confieso que en mi época de estudiante universitario no era de quedarme estudiando la noche entera de antes de un examen, jamás lo hice, había que gente que lo hacía y lo hace, y le iba muy bien a base de cafés y otros apoyos (había un tráfico desmedido de un complejo vitamínico llamado Katovit, ahora fuera del mercado, que a veces se agotaba en las farmacias en época de críticas; y había incluso quien tomaba un tipo de anfetamina llamada Centramina, esto no sé si era una leyenda urbana), pero yo no, yo prefería levantarme pronto y apuntalar los conceptos para llevarlos frescos de cara al inminente examen.

Me podía levantar como muy temprano a las cinco, y coincide esta concepción de mi vida con mi estado actual lejos de la presión examinatoria, en el que llevo mal trasnochar y sigo despertándome temprano aunque no tenga que ir a trabajar. En aquella época, consumía mucha radio, sí a la vez que estudiaba, ya sé que no es un modelo a seguir, pero a mí me ayudaba a concentrarme y aunque la radio estuviera puesta a mi lado, puede que mucho tiempo no estuviera escuchando nada de lo que se decía. Y ponía música, pero realmente era más de programas hablados, y quieras que no, sobre todo cuando había algún problema candente, era inevitable no poner el oído.

En esa época de la segunda mitad de la década de los 80 iniciaba sus emisiones a nivel nacional Antena 3 de Radio que trataba de transmitir una nueva forma de hacer periodismo, joven, dinámica y rompiendo con los esquemas existentes hasta ese momento. Probablemente su apuesta más novedosa en el terreno de la información política, era la de la no posicionarse teóricamente con ningún bando político y criticar lo que no se estaba haciendo bien, fuera de donde fuese; cabe recordar que la transición, aun llevada con modélica asunción por todos los estamentos sociales, era una forma de aterrizar en una democracia querida por todos, pero sin olvidar que poco más de una década nos separaba de un régimen dictatorial, por eso, decir determinadas cosas tenía más valor, y a esos osados que se atrevían a abrir los ojos al pueblo había que aplaudirlos.

Ese periodismo que era como una ducha de agua fría en las neuronas de muchos, tenía un nombre propio en la figura de Antonio Herrero. Ahora desde la distancia, tras una prematura muerte, se le percibe como un periodista polémico, lacerante tal vez, con aquello contra lo que se veía obligado a alertar. Polémica sí, pero cuando tantos políticos se mosqueaban con él, como decía aquel, era porque algo se movía, es decir, que Herrero meneaba el tronco del árbol y dejaba numerosos frutos en el suelo.

Antonio Herrero desde su atalaya de «El primero de la mañana» en Antena 3 de Radio, perfiló una nueva manera de plantear los programas radiofónicos de las mañanas; acostumbrados a las programaciones de variedades y de noticias vagamente analizadas, este periodista que en aquella segunda mitad de los 80 apenas superaba la treintena (lo cual lo hacía más atractivo para jóvenes como yo), proponía no solo la lectura de noticias, su análisis, sino también una denuncia sin ambages y pormenorizada de lo que creía que no funcionaba bien en este país o en el mundo. En este sentido, la novedad se singularizaba en lo que yo he venido en denominar, tal vez de forma rimbombante, el análisis monologado de las noticias. Sí, porque si Antonio Herrero fijaba una diana no paraba de disparar con su arma preferida, la palabra, y esos monólogos llegaban a ser muy ingeniosos, hasta cierto punto graciosos, largos sin llegar al tedio y creo que razón no le faltaba muchas veces.

También es cierto que si tenía alguna simpatía a Antonio Herrero, que efectivamente así era, ello tenía sentido dada mi forma de ser; me confieso una persona de talante moderado, pero lo que no me gusta es que se rían del pueblo, ni los de la derecha ni los de la izquierda, ni los del lazo amarillo ni los de Tabarnia; siempre me ha gustado escuchar las opiniones de bandos enfrentados para adquirir mi propia opinión; y por supuesto, ya lo he expresado en más de una ocasión en esta bitácora, creo que la gran virtud de la democracia no está tanto en poner gobiernos sino en quitar a los que no lo están haciendo bien, y esta ha sido y seguirá siendo mi máxima a la hora de votar. Antonio Herrero, por ende, me procuraba la construcción de mi propia opinión y yo intentaba sopesar qué argumentos me parecían adecuados o, por contra, qué otros mensajes de Herrero me suscitaban más reservas.

A Antonio se le tenía por un periodista que se cultivaba muy bien antes de soltar por su boca alguna bomba informativa. Imagino que tenía un amplio equipo de investigación detrás, que le realizaba un análisis concienzudo de los temas que iba a abordar en el programa; y a la par se apoyaba en la lectura de los diarios de tirada nacional. En este sentido, cuando el programa empezaba a las 6 de la mañana probablemente este locutor ya llevara despierto como poco tres o cuatro horas y se había empapado de todo lo noticiable, le presumo a este respecto una envidiable y fabulosa capacidad de trabajo.

Reconozco que sentía cierto placer cuando algún partido político en el poder había metido la pata bien metida y Herrero entraba a degüello sin compasión. Sin duda que no caía bien a ciertos políticos, era un vocero extraordinario y el minarete en el que se encontraba se posicionaba como una de las radios generalistas más pujantes de finales de los 80 y principios de los 90, subiendo las audiencias año tras año. Tuvo enemigos en el PSOE mientras gobernó, pero también en la época del gobierno de Aznar.

Cuando este periodista falleció de forma trágica en 1998 en Marbella practicando buceo, concluye la investigación oficial con que se trató de un corte de digestión que le provocó un vómito que obturó el respirador, al parecer un vómito de sangre. Si uno indica en un buscador quién había detrás de esa muerte, a buen seguro que salen muchas entradas en las que se apunta a la posibilidad de un complot con origen en las más altas instancias del Estado. Por cierto, también se dijo que el vómito de sangre vino provocado por una úlcera de estómago que padecía al periodista provocada por la enorme tensión a la que se veía sometido diariamente.

Hay que decir que Antonio Herrero estuvo en Antena 3 hasta el año 1992, después con la compra de esta emisora por el grupo PRISA, Herrero junto con otros periodistas estrella se fue a la COPE, allí dirigió «La mañana» hasta su muerte. Por aquel entonces ya trabajaba con él un tal Federico Jiménez Losantos, que casi podríamos decir que era un clon de su infortunado maestro, de tal forma que a su muerte cogió el testigo y prácticamente el mismo esquema de hacer periodismo. En mi opinión Losantos es muy cargante, más agresivo y, por ende, demasiado partidista, porque siempre golpea al mismo lado, con lo que pierde objetividad.

Por supuesto, el modelo de Antonio Herrero ya es una norma en el periodismo radiofónico español, y muchos siguen copiando en su forma de hacer radio las peroratas y moralinas de este malogrado locutor, Carlos Herrera por ejemplo, es de este mismo corte.

Pues nada, desde aquí un humilde homenaje a este periodista que, de haber seguido con vida hoy en 2018, hubiera seguido liderando las mañanas, porque presumo que hubiera tenido cuerda para muy largo.

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