viernes, 9 de marzo de 2018

"EN LA OSCURIDAD", DE ANTONIO PAMPLIEGA

Confieso que abrumado por el exceso de información que nos acosa a cada instante, apenas recordaba vagamente que tres periodistas españoles habían sido secuestrados en Siria hacía dos años y medio. Con tan escaso interés seguro que escuché de pasada que habían sido liberados, y tal vez sea bueno que no percibiera esa información, porque de haber tenido un resultado luctuoso entonces los medios de comunicación se hubieran lanzado al morbo inherente a muchos de ellos.

Uno de aquellos periodistas freelance, es decir, que van por libre, era Antonio Pampliega; inversamente proporcional al nulo interés con el que asumí noticias de su secuestro, seguí la entrevista que Risto le hizo en su programa «Chester» hace unas semanas.

Pampliega no solo iluminaba la entrevista con lo que contaba, tan apasionante y duro a la vez, pero más allá de eso me sorprendía algo menos tangible, y es que el periodista tenía cara de buena persona, hablaba como un tío que daba la impresión de ser muy buena gente, y eso era algo que sentía que no cuadraba, no porque un tío con cara de no haber roto un plato en su vida pudiera estar al borde de una muerte cruel, sino porque yo me vi reflejado ahí, no por lo de buena persona que tampoco me creo serlo, y sí más bien porque Antonio Pampliega tenía la esencia de un tipo normal, como tú y como yo, un tipo al que si te cruzaras por la calle no le prestarías demasiada atención, como tú, pero sobre todo como yo.

Pues eso, que vi en Pampliega la figura de un tipo corriente, de una familia corriente, de clase media y por un momento no solo me vi a mí, sino a millones de personas que podrían tener su perfil; pero le tocó a él, le tocó porque se dedica desde hace años a realizar crónicas para diversas agencias de noticias y periódicos desde zonas de guerra por una miseria que no compensa ni esfuerzo ni mucho menos el riesgo.

Su testimonio en aquel programa me caló profundamente y eso provocó que me hiciera con este libro, en el que cuenta las vicisitudes de la que es sin duda la más amarga de sus experiencias en su vida profesional y en su vida en general.

Pampliega nos envuelve en una atmósfera de angustia que, por momentos, por eso de que, tal vez de forma presuntuosa por mi parte, me he visto reflejado en él, uno se siente transportado al infierno en que se convirtió su reclusión en Siria.

Este periodista no ha parado de ir a zonas de guerra, es ese profesional todoterreno que se ve en la necesidad moral, aparte de que es un enamorado de su trabajo a buen seguro vocacional, de ser un vocero de aquellas zonas del planeta donde la información nos llega con cuentagotas, cuando no sesgada. Por cierto, Pampliega sigue al pie del cañón, es decir, ha vuelto a zonas de guerra pese a lo ocurrido y eso refuerza mi criterio de que cuando uno está en este mundo su vida es esta y él como otros no anhelan una vida tranquila porque se ven en la tesitura de aportar su grano de arena en esta sociedad mundial injusta y llena de desequilibrios.

En el verano de 2015 él y sus dos compañeros de fatigas cometieron el error de dar con la persona equivocada y en un escenario de guerra tan laberíntico como el sirio, tres periodistas occidentales eran y son un bocado apetecible para nuevos delincuentes (estos no vocacionales sino forzados por las circunstancias) que puede sacar rédito de un secuestro.

Aunque nuestro protagonista ya había estado en otras ocasiones en Siria, el clima de violencia no solo iba in crescendo, sino que advirtió que de inicio algo no marchaba bien; y efectivamente al poco de entrar, no sin dificultades en Siria y llegar a Alepo, uno de los epicentros de la guerra, fue secuestrado junto con los otros dos periodistas españoles.

A partir de ahí se inicia una sucesión de lugares de confinamiento y sucesivos traslados. No obstante, tras unas semanas de secuestro aparece un inesperado invitado, que no es otro que un tal L.M., al parecer un antiguo militar español de cierto rango, ahora dedicado a ser una especie de asesor militar en zonas calientes del planeta, o sea, un mercenario especializado, que merced a su intervención y, al parecer, su atención sobre Pampliega, así como, tal vez una velada amenaza al grupo terrorista que retenía a los periodistas, hizo que el protagonista de esta historia fuera considerado como un espía.

Este nuevo escenario hizo que Pampliega fuera separado de sus compañeros y que esa reclusión se convirtiera en una experiencia más insoportable. Nuevamente se sucedieron los cambios de lugar, y se empeoraron sus condiciones; pasado el verano, tuvo que pasar otoño e invierno muy fríos y prácticamente sin nada con que abrigarse, sufrió vejaciones físicas (golpes indiscriminados) y psíquicas.

Y hay algo que refuerza más si cabe la humanización de los arriesgados periodistas que día tras día nos traen las crónicas en las zonas de guerra, Antonio siente miedo, muchísimo miedo, se ve en no pocas ocasiones en su zulo, con la degradación física y mental que sufría, abocado a situaciones límite en las que ya se imagina que son sus últimos momentos de vida. Aquí hay que reflexionar sobre lo que cualquier mortal hubiera hecho en esa circunstancias, yo soy un cobarde, y no sé si podría soportar lo que este hombre sufrió.

Podría pensarse que por tener esta profesión tiene que ser valiente por ende, pero sientes su dolor, estás con él, sus preocupaciones, sus cavilaciones. Y, pese a todo, también tiene redaños a hacerles frente en una situación de desequilibro frente a sus captores, con una espada de Damocles que pende del techo a cada instante, con una sentencia de muerte que podía presagiar día tras día, con su minutos y sus segundos, confinado en un cuchitril frío, en el que apenas podía hacer otra cosa más que pensar.

Claro que alguien podría decir «Manolete, si no sabes torear pa’ qué te metes», pero verdaderamente no creo que ese riesgo relativamente calculado imprima un poder especial al que se ve en una encrucijada de estas características, ni que deba ser reprochable su actuación.

En este tiempo, 299 días, 10 meses, de tantísimas reflexiones, Pampliega nos reporta muchos de sus pensamientos, el cómo sus captores llegan a esta situación (incluso es capaz de perdonar), cómo una religión puede justificar la violencia o provocar la muerte en otros. Siempre he pensado que el Islam debiera, a través de su mayor dirigente si lo hay, como el Papa en el catolicismo, de hacer un llamamiento para que las interpretaciones pretenciosas que determinados grupos hacen del Corán no son las adecuadas. Por cierto, a través de sus captores que con los sesos absorbidos por el integrismo más cerril y que pretenden convertir a todo el mundo a su religión verdadera, conoce que el Corán apenas es entendible en un 30 % y el resto se basa en interpretaciones.

Particularmente lacerantes son las vicisitudes que tiene con uno de sus captores al que él llama «El Tarao» (a todos los apoda, como una manera de pequeño resarcimiento o sonrisa interior ante la adversidad); este le trata de la manera más humillante posible, en el más claro ejemplo de que se puede ser mala persona por mucho que uno crea en Dios, que rece más (ni en el Islam ni en ninguna religión se es mejor persona por rezar más) o que va a salvarse abrazando las normas que le dictan, de todo punto erróneas; puesto que recalco que ninguna religión puede amparar ni la violencia ni el asesinato, por mucha razón o mucha venganza que acumulen.

Diez meses de secuestro dan para mucho y, sin embargo, el librito no se hace pesado, precisamente porque es de extensión media, y es que en la historia, a modo de diario, muchos días no tienen contenido, y es que el autor tuvo que enfrentarse a una sucesión de días en los que no pasaba nada, una hiriente y mentalmente agotadora rutina, solo su angustia y sus pensamientos. Antonio se apoyó mucho en su familia, especialmente en su hermana pequeña, él creó una especie de fuerte hilo invisible para mantener vivos sus recuerdos de vivir cada día con la esperanza de volver a abrazar a los suyos, y lo consiguió, el amor fue, de algún modo, la vitamina que le permitió soportar la degradación a que fue sometido.

Al Nusra, una especie de facción nacida en Siria y asociada a Al Qaeda, se presupone que fue la encargada del secuestro; y esta historia ya conocemos que tuvo un final feliz y no quiero saber cómo se solucionó, a mi me interesa la parte humana, y Antonio Pampliega nos traslada a esa terrible oscuridad que sufrió durante diez meses, ¿seríamos tú o yo capaces de soportar esto tan solo un día? Mejor no experimentar.

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