sábado, 26 de mayo de 2018

DE CÓMO DESDE HACE MÁS DE UN CUARTO DE SIGLO EXPONGO UN CUADRO DE FORMA PERMANENTE. LA INTRAHISTORIA

Voy a relatar una de las historias más rocambolescas de mi vida de la que acabo de obtener el reporte necesario tras más de un tercio de siglo de desconocimiento intrínseco de la misma.

Vayamos por partes, tenía desde hace mucho tiempo la curiosidad de saber dónde estaba un cuadro que yo pinté allá por 1984 en Instituto Huarte de San Juan de Linares, que en su momento se colgó en una pared subiendo hacia la Sala de profesores. Hace poco se me ocurrió preguntarle a una buena amiga que es profesora allí en la actualidad, si le sonaba que ese cuadro siguiera allí colgado como testigo mudo del paso de varias generaciones de estudiantes. No le sonaba a bote pronto, pero al día siguiente ya tenía la foto en mi móvil y la confirmación de que mi cuadro seguía allí expuesto, en un lugar preeminente de mi Instituto, aunque mi amiga confirmó que habiendo pasado por allí casi a diario, no se había percatado.

Lo de que «yo pinté» o «mi cuadro» es sinceramente todo un alarde por lo que voy a contar ahora, pero no deja de haber parte de mí ahí, y puedo decir que no puedo estar más orgulloso de tal privilegio a la par que abrumado, toda vez que habrá millones de personas que tienen y habrán tenido muchísimas más cualidades artísticas que yo, y no conocieron tamaño honor.

Aquí empieza la intrahistoria de ese cuadro taurino de estilo impresionista moderno, por decir algo, porque no entiendo demasiado de arte. Como digo, corría el año 1984, y yo iba a cursar 3º de BUP, por entonces había una asignatura un tanto rocambolesca llamada EATP, una especie de cajón de sastre donde cabía todo, pero que en mi Instituto se limitaba a Hogar o Dibujo técnico, es decir, para mí era yuyu o la muerte, porque a Hogar solo iban las chicas y a ningún machote se le ocurriría meterse en Hogar aunque nuestras compañeras aseveraran que en sus clases no se hacía ni el huevo. Así que tenía que elegir muerte sí o sí, porque a mí que se me da fatal pintar tanto si es recto como curvo, no solo tenía que lidiar con la perspectiva caballera sino además pelearme con las tintas chinas; menos mal que en esa época ya no te obligaban a usar el famoso Rotring, el summum de la maestría y herramienta casi inaccesible para la mayoría de los estudiantes que éramos hijos de obreros, y nos permitieron utilizar unos rotuladores negros de punta finita que, a falta de pericia por mi parte, al menos evitaron que los trabajos se llenaran de lamentables borrones. De todas maneras lo del Dibujo técnico no dejaba de ser un calvario.

Cuando iba a empezar ese año 3º de BUP se nos informó de que se incorporaba una nueva opción a la EATP, que no era otra que Dibujo artístico, y lo elegí, y a día de hoy, por más que lo pienso no sé qué razones me impulsaron a tomar esa decisión, puesto que mis ganas de haber sabido dibujar son directamente proporcionales a mi nula capacidad para este arte; de verdad, añoro la capacidad que tiene mucha gente de saber pintar, dibujar, y yo soy muy malo, dibujo fatal…, si pudiera hacer un pacto con el diablo por un solo día pediría que me dejara dibujar, aprovecharía la jornada para pintar cien cuadros y quedarme a gusto. Quiero imaginar que en mi decisión estaría coincidir con la elección de mis compañeros, el hecho de que fuera el primer año y que no nos tratarían mal, yo qué sé.

A la hora de la verdad aquel año no fue tan mal, es más, yo diría que me lo pasé genial, porque hice cosas que jamás había hecho, aun con mi perfil de chapucero, aprendí fotografía y a revelar en blanco y negro, a hacer mosaicos muy chulos y de forma muy fácil, y también realicé un pedazo de viaje a Madrid donde vi el Museo del Prado, el Guernica, el Museo Nacional de Arte moderno y la Fundación Juan March.

Quiero imaginar que fue un poco antes de terminar el curso, cuando el profesor que teníamos un tal Lechuga de apellido y que era de Úbeda, un tipo muy afable, nos propuso que nos dividiéramos en grupos (de cuatro) con objeto de realizar un trabajo de envergadura para culminar ese primer año de debut de la asignatura en el Instituto. En esa clase que era por las tardes, quizá un par de días a la semana, coincidíamos con gente de otros grupos de 3º, por lo que no fue difícil concretar nuestro cuarteto.

Yo sé que partíamos con una ventaja, puesto que de los cuatro de la partida, contábamos con un genio de la pintura y de muchos otros saberes, probablemente un superdotado que por aquel entonces el sistema era incapaz de extraer del rebaño de borregos y tuercebotas que éramos el resto, no era otro que Antonio Agustín Rodríguez Rodríguez, más conocido por los amigos como Rodri.

Rodri tenía esa virtud de la excelencia, tal vez de la excentricidad propia de gente con su capacidad; sublimes eran aquellas sevillanas en griego clásico, sí en griego clásico, que muchas mañanas cubrían la pizarra antes de empezar la susodicha clase. Ni que decir tiene que Rodri no solo se permitía el lujo de corregir a nuestra profesora, sino que ella misma le preguntaba cuando esta tenía alguna duda, con eso lo digo todo.

Rodri vivía en una casa que rezumaba arte por todos lados, su hermana era una excelente pintora y sus cuadros estaban por toda la casa (hace unos años la vi en «Andaluces por el mundo», dedicada profesionalmente a la pintura y viviendo en Toronto), su padre era un mañoso carpintero que le había hecho, entre otras genialidades, un futbolín de madera que era cien mil veces mejor que cualquiera de los que había en los billares, estaba en EGB conmigo y todos queríamos ir a su casa a jugar al futbolín.

Así que no fue difícil para Rodri decidir nuestro trabajo fin de curso. A todo esto, creo que ya va siendo hora de nombrar a los otros dos componentes del grupo aparte de un servidor; no eran otros que Vicente Fraile y Mateo Izquierdo. Vicente es íntimo amigo mío y vive en Jaén, y justo cuando me enviaron la foto se la envié por Whatsapp y se quedó tan asombrado como yo. Mateo creo que vive en Linares y hace tiempo que no lo veo, pero siempre que hemos coincidido nos hemos saludado, así que falta cada día menos para que lo vuelva a ver.

¿Y Rodri? Pues no puedo negar que hace unos años me picó la curiosidad de saber qué había sido de él, y vi algún vídeo suyo, fotos (había sufrido un cambio físico radical) y sé que vivía en Sevilla, se dedicaba al mundo literario, por supuesto, completamente opuesto a la mucho más prosaica y probablemente aburrida vida de los otros tres miembros del grupo.

El caso es que Rodri lo ideó todo, no sé de dónde salió el panel de madera en el que pintamos, ni cómo se negociaron las pinturas, lo cierto es que Rodri dispuso lo siguiente, oteando el perfil de sus secuaces, perfiló a lápiz el dibujo de un torero haciendo una verónica o una media verónica, no llego a más en los lances taurinos, probablemente lo sacó de una lámina, pero dividido todo él en secciones de diferentes tamaños, y a cada una de ellas le asignó un número, del uno al seis si no recuerdo mal, y a cada uno de nosotros nos dio un bote de pintura, era pintura para madera, es decir, de la que se utilizaba en las casas antiguas para pintar las ventanas. Las seis zonas, por tanto, tenían asignadas seis pinturas distintas que iban del blanco al negro pasando por diferentes capas de grises.

El trabajo era bien sencillo, apropiadísimo para melones del pincel como yo, bastaba con pintar la zona y no salirse demasiado con un pelín de pulso, como un trabajo de niños de preescolar de esos de no te salgas del área, amén de que si había algún error, Rodri estaba ahí.

Fue muy agradable realizar aquel trabajo, máxime cuando a medida que Vicente, Mateo y yo hacíamos nuestro trabajo y Rodri dirigía con maestría todo él, aquello que al principio no tenía sentido y eran poco más que manchas, comenzó a tener una presencia espectacular. Rodri había obrado el milagro, el de hacer algo grande con pintores mediocres, el de convertir todas esas partes en un todo con sentido y cierto valor artístico.

Está claro que Rodri remató todo el cuadro, si en su terminación era vulgar él lo convertiría en excelso; repasando la foto actual tengo dudas sobre si fue el propio Rodri el que utilizó esos colores fuera del blanco, negro y escala de grises, porque mi recuerdo es el de ver el cuadro tal cual se terminó, pero también es verdad que nunca le presté demasiado atención a la obra, y es ahora cuando ha despertado en mí un interés inusitado.

Aquel cuadro se colgó en el Instituto, pero yo no me sentía un privilegiado ni orgulloso de aquello, probablemente porque en la adolescencia uno no le presta demasiada atención a estas acciones, y sí ahora mucho más cuando uno es un pureta que cada vez vive más de añoranzas.

Hoy tampoco debo sentirme especialmente responsable de este cuadro, toda vez que mi contribución y la de Vicente y Mateo fue un 0,01 % del valor artístico de la obra que, obviamente, le corresponde a Rodri, y dejo a duras penas ese valor residual por aquello de que, por lo menos, no incordiamos demasiado ni nos sublevamos y cumplimos con docilidad lo que Rodri nos mandó.

En fin, con cierta sorna, todo hay que decirlo, si alguna vez el Instituto quiere hacernos un homenaje, los tres de aquí estamos controlados y a Rodri, con esto de las redes sociales creo que sería relativamente fácil de localizar.

Pues nada, que siga allí por mucho tiempo la única obra de arte que inopinadamente he expuesto en mi vida, aunque mi colaboración fuera tan mínima fue lo suficiente para decir que yo pinté aquel cuadro, o por lo menos no lo estropeé.

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