sábado, 23 de junio de 2018

CUANDO JUGAR CON URALITA ERA UN JUEGO DE NIÑOS

Comentando el otro día con un compañero de trabajo que se habían caído algunas porciones de tejas de fibrocemento de la pared donde estaban alojadas y permanecían a poca distancia de su mesa de trabajo, rápidamente coincidimos en la demonización de este material, con toda razón, en los últimos años, pero también que cuando éramos niños era algo con lo que jugábamos de forma muy habitual, sin conocer el peligro inherente.

No es que sea una demonización el uso del fibrocemento, sino que es realmente un problema de enorme calado, toda vez que muchísimas construcciones de nuestro país (también de buena parte de América Latina, ya que España era un productor muy importante y exportaba allí) tenían en sus estructuras este tipo de material, que se colocó, como lugar más visible en tejados aunque también en depósitos y tuberías, hasta principios de los 90, cuando se detectó que un elemento empleado en su fabricación el asbesto o amianto era tremendamente nocivo para el ser humano; nocivo no solo en su manipulación sino también por su sola presencia, en lo que se denomina exposición ambiental, que hoy seguimos sufriendo.

Los niños de mi época, me remonto a la década dorada de los 70, vivíamos en la felicidad intrínseca de no haber conocido el hambre o las estrecheces que nos comentaban nuestros padres y aunque no vivíamos con excesos nada faltaba, y en mi caso, creo que en el de muchos niños, el vivir en un país que estaba por hacer, en vías de desarrollo, permitía que nuestra relación con el entorno fuera más amable que ahora, ni había tantos coches, ni había tantos peligros y lo que es más importante para el asunto que me ocupa, morábamos en casas o bloques donde no muy lejos te encontrabas un descampado, un solar o directamente las afueras de la ciudad o pueblo.

En mi caso, en el bloque donde aún hoy viven mis padres podía mirar por una de sus ventanas y no veía más que campo y ninguna edificación hasta donde alcanzaba mi vista en el horizonte. Hoy esa misma visión se tapa a pocos metros con otro bloque que sustituyó la imagen, no era idílica, de una gran campa sin valor natural ni agrícola que era candidata a ubicar una futura construcción.

Aquel descampado inmenso que incluso permitía con toda seguridad que mi madre me perdiera de vista, aunque tampoco me controlaba porque no he sido especialmente travieso, era un elemento de socialización de los niños de mi época; teníamos una explanada para jugar al fútbol y también todo un parque temático de la diversión y los juegos en forma de terreno yermo para hacer los juegos que nos diera la gana, y mira que antes se jugaba en la calle, no como ahora.

No puedo decir que en mi infancia fuera un gamberro, pero sí es cierto que participé en alguna que otra pillería, algo propio de un niño que necesita explorar un mundo que se le abre con un sinfín de posibilidades. Y tampoco puedo negar que no hay niño de mi época que se precie que no haya participado en un fuego, o para ser más exactos en una hoguera, en una lumbre. Los descampados de los años 70, aunque en algunos sitios casi también podría ser hoy, tenían una característica sustancial y es que servían de escombrera, de estercolero, de vertedero, ya que antes ni había vertederos controlados como hoy, ni tampoco existía un celo especial por perseguir a quien depositaba restos de una obra en una zona alejada del casco urbano.

Esos restos de obra, esos vertidos incontrolados eran para nosotros una fuente de tesoros, y el principal hallazgo era madera para hacer una buena fogata, ¿por qué?, pues por gusto, sin más. Ni que decir tiene que aquellos fuegos eran un auténtico banco de pruebas, sobre todo para ver cómo reaccionaba ante… lo que fuera. Los plásticos eran un clásico, ver cómo el fuego consumía el material como si fuera una vela e incluso hacerte una antorcha con un palo rodeado con plástico incandescente que escupía gotas que si te caían en la piel te hacían pasar un mal rato. Y, por supuesto, no nos importaba demasiado inhalar los vapores de aquellos plásticos quemados, algo que olía a rayos, y que muy saludable no debía ser, no.

No obstante, había una estrella rutilante en el mundo de los experimentos incendiarios, era la uralita. En algún momento, sin funcionar las redes sociales como hoy, y sí el boca a boca, nos enteramos de que quemar uralita provocaba una interesante reacción y, por supuesto, ni que decir tiene que manipulábamos ese material sin miedo alguno ni hemos tenido secuelas, que se conozcan. Por supuesto, que no se entienda esto como una frivolización de un riesgo contra la salud real y patente, lo único que quiero remarcar es que el desconocimiento de ese riesgo nos facultaba para tocar ese material y a buen seguro que con esas mismas manos nos comíamos después un bocadillo sin haber pasado en ese ínterin por el lavabo. Y la característica de esa uralita que encontrábamos en los escombros de restos de obra era que colocada sobre un fuego potente, después de un buen rato de calentarse y estar directamente sobre las llamas, estallaba como una pequeña bomba. Los niños poníamos la uralita y esperábamos a una distancia prudencial observando la lumbre y ansiando ese momento, que era un suspiro, en que la uralita saltaba por los aires.

Desconozco, en mi absoluta ignorancia acerca de las reacciones químicas, por qué aquello estallaba, además cuando estaba compuesto de amianto, un material que durante mucho tiempo se utilizaba en trajes de bombero por su capacidad ignífuga; tal vez porque hacía eso, solo estallar y limitaba la propagación del fuego.

Recuerdo que la manipulación que hacíamos era tal que lo mismo utilizábamos trozos grandes de tejas de uralita o que la machacábamos con piedras para hacer trozos más pequeños y multiplicar el espectáculo, en fin, todo un juego de niños.

Con el tiempo también descubrimos que tirar al fuego los espráis que hoy siguen siendo de uso muy cotidiano, también tenían su efecto. Tanto si tenían líquido como si no, ya sabíamos que dentro había gas y que al calentarse a grandes temperaturas también explotaba, pero es más, si todavía quedaba líquido entonces por la parte superior se escapaba ese líquido en forma de lanzallamas. Convenía pues, para mayor alarde del experimento, que aquello se hiciera de noche para que esa suerte de inopinado fuego artificial gozara de mayor espectacularidad.

Con los años, y he de decir que siendo adulto, un chaval me enseñó cómo hacer un cóctel molotov, me pareció una barbaridad lo fácil que era su elaboración, con materiales tan asequibles, obvio hacer indicaciones aquí aunque imagino que habrá millones de páginas en Internet que informarán con pelos y señales de estas barbaridades y otras más gordas. Ni que decir tiene que hoy me parece un exceso intolerable, lo cual no quita que ese camino lo hubiéramos andado cuando éramos niños si hubiéramos sabido cómo hacer un cóctel de estos, porque con la inocencia de la inexistencia de riesgo, a buen seguro que también lo habríamos experimentado, tal y como jugábamos con esa uralita que aún hoy nos acompaña en infinidad de sitios.

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