domingo, 22 de julio de 2018

POR EL CAMBIO ETERNO, QUE VERDADERAMENTE NUNCA LLEGA

Pues venía conduciendo el otro día a la par que escuchaba la radio y en unas declaraciones un antiguo político, da igual el partido, manifestaba que retornaba a la política después de unos cuantos años fuera de los ruedos y que venía con talante renovador, con ganas de cambiar.

Cambiar, cambiar, cambiar…, aquel político hablaba de cambiar en sentido abstracto, a la vez que se le llenaba la boca mientras yo escuchaba incrédulo, convencido de que el mensaje era absolutamente atemporal, da igual el momento de tu vida en que lo hayas escuchado o lo vayas a escuchar. Sería perfectamente válido hace cuarenta años, hace veinte y seguro que dentro de otros veinte seguimos con la misma monserga.

Es fácil hablar de cambios en política, en realidad, es una de las palabras más utilizadas y el verbo cambiar de los más conjugados. Se habla de cambios en la sociedad, de cambios en el modelo productivo, cambios en la forma de hacer política, cambios en las estructuras financieras, cambios en el modelo autonómico, cambios en el modelo educativo… Tan triste como asistir a esta sucesión de frases hechas sin fondo es el reconocer que los cambios no se producen de la noche a la mañana, ni además es bueno, creo yo, que se ejecuten con urgencia.

Uno tiene la sensación de que desde la entrada de la democracia en nuestro país sí que ha habido cambios y precisamente los importantes son los que se han sucedido a largo plazo, de una manera pausada y natural, pero también tengo la sensación más negativa de que sí que quedan muchas cosas por cambiar en España, porque en cuarenta años de democracia, en lo sustancial seguimos siendo un país con altas tasas de paro y con numerosas desigualdades.

A salvo de problemas que no niego que son importantes, antes el terrorismo, ya superado por suerte, ahora el independentismo, sustentado en recurrentes dosis de insolidaridad cuando no de odio al que no es como yo; los auténticos caballos de batalla de nuestro país siguen siendo la reducción del número de familias con todos sus miembros en el desempleo (algunas de las cuales son pobres, porque eso de que «están en el umbral de la pobreza» nunca lo he terminado de entender muy bien), que la renta per cápita de España aumente y que, por supuesto, sigamos alimentando la disposición de una amplísima clase media, un modelo que siempre ha funcionado muy bien en nuestro país y al que hemos de aspirar con objeto de que se vayan incorporando el mayor número de personas desde abajo. A partir de ahí, el resto son milongas, gestos de cara a la galería, nimiedades, problemas de segundo orden.

Y esto que es el típico comentario de barra de bar, sigue siendo la más pura realidad, porque tengo la convicción de que de lo importante no se habla, los telediarios abren con el chalé de Iglesias, Franco, la dirección de RTVE, el lenguaje inclusivo…, y utilizando una licencia musical, «¿y lo importante, pa cuándo?

«Por el cambio, ya», decía un eslogan del PSOE hace una pila de años para una campaña electoral, ha sido el primero que se me ha venido a la mente, y los políticos de todos los colores no paran de pregonarlo, incluso para los que viven en Andalucía como yo, donde en el Gobierno autonómico nunca han dejado de tener el poder unas mismas siglas, también se preconiza el cambio, imagino que en otras comunidades pasará lo mismo. Se anuncia un constante cambio, lo cual me parece una desfachatez.

Lo cuento como lo siento, pero en cuarenta años en Andalucía no se ha conseguido salir de la cola de España, y te das cuenta cuando dejas esta región y llegas al norte que nos separa más nuestra economía que los kilómetros que distan en el mapa.

En Andalucía, por cierto, amén de que la palabra «cambio» gusta utilizarla, se habla de forma un tanto tautológica de «la tercera modernización de Andalucía», y es que me placería saber dónde se han quedado la primera y la segunda. Hay tanto retraso, tantas operaciones manuales, tanta incultura, tanto pico y pala en nuestro quehacer diario y en nuestras relaciones con las administraciones que uno no puede por menos que reírse simplemente cuando escucha las palabras «moderno», «modernidad» o «remodernizar».

No obstante, los políticos acostumbrados a creerse sus propias falacias son incapaces de reconocer sus errores y sus fracasos. Es como el entrenador de fútbol, que todo el mundo ve que el equipo juega mal y él reconoce todo lo contrario, ejemplos hay a cientos. Pues aquí igual, si le dices a un político que algo funciona mal siempre se sacará de la manga unos cuantos datos estadísticos, estratégicamente escogidos para ofrecer una imagen más positiva que la que la opinión pública percibe. El otro día escuchaba a una política provincial (Jaén) analizar los datos de paro y utilizó esta estrategia, después de su disertación y sus aseveraciones casi me convence de que vivimos en el pleno empleo y de que en Jaén atamos los perros con longaniza. Pues no, mire vd., en Jaén seguimos de los últimos, como hace cuarenta años, y tontos no somos, administrados sí, pero como también se dice por aquí, «la borrica en la linde», a ver si dejamos ya de ver a los ciudadanos como incautos.

Los políticos se han acostumbrado, la gran mayoría de ellos, no sé si deliberadamente a llenar sus discursos, sus declaraciones, sus entrevistas, de frases sin sentido y pleonasmos, conformadas a través de un método denominado «frases cohete» que, con las oportunas distancias, creó de forma sarcástica hace unos años el funcionario estadounidense Phillip Broughton, gracias a la desinteresada colaboración de cientos de políticos de todos los confines del mundo y en el que propone tres columnas con nueve palabras cada una, que combinadas entre sí permiten decir nada pero que parece muy trascendente. Y muchos políticos viven de esto.

En fin, en un país donde se inventaron las comunidades autónomas para la confrontación con el Estado, y también a su vez con los ayuntamientos, los ciudadanos percibimos que las diferentes administraciones trabajan más por unos ideales políticos que por el bien común, y solo hay colaboración entre las administraciones si hay sintonía política. Pero entonces, ¿y lo del cambio?, pues eso ya importa menos, aunque está muy bien seguir metiéndole esa palabra a la opinión pública para dar la sensación de que los políticos se hacen eco del sentir ciudadano, pero que no, que lo importante son las directrices de partido y el bien general ya si eso lo dejamos para otro día.

No obstante, y voy concluyendo, he de admitir que sí que hay un cambio pendiente en España, el primordial, el de la educación y la cultura, con estos factores creceríamos, estaríamos en la punta de lanza de todo, pero en esto no se cree, o se cree menos que en otros factores. Seguimos siendo un país de ladrones, de sinvergüenzas, de vagos institucionalizados y subvencionados. Tengo un amigo que viaja todos los años a conocer todos los confines de Europa y una vez se encontró en no sé qué país del norte, en mitad de un monte donde no pasaban ni las águilas, un armario abierto con todo tipo de herramientas y accesorios para reparar una bicicleta si te quedas tirado, y aquel material estaba intacto, ¿nos imaginamos cuánto duraría esto en nuestro país? Pues eso.

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