sábado, 5 de octubre de 2019

RECORDANDO LAS RADIOS PIRATILLAS LOCALES DE LOS 80, ENTRE LO CANALLA Y LO GOLFO

Reconozco que nuestros ascendientes, padres y abuelos, en los momentos de asueto de su agitada vida cotidiana se criaron al lado de una radio; aquellos momentos que compartí de refilón cuando era niño, cuando la tele no tenía tanta gama de posibilidades, eran entrañables. Jamás olvidaré esas tardes de verano en que mi abuela materna, una mujer que no sabía leer ni escribir, se interesaba por historias de cierta enjundia que le proporcionaba «El consultorio de Elena Francis», donde había algún chismorreo, pero también mucha psicología, algo de cultura y el germen de una sociedad moderna que pretendía romper con los cánones establecidos del machismo y del patriarcado.

Aquellos momentos no volverán y el concepto de la radio ha cambiado también, no creo que la radio como tal desaparezca, pero ahora es un recurso más para el entretenimiento y la información y, por tanto, su relevancia compite con otras opciones.

Que ha cambiado la radio es una realidad, que con las emisiones en streaming, ya da igual los diales y puedes escuchar cualquier emisora del mundo en tu ordenador o en tu móvil, pero nunca se perderá la radio.

También muy de pasada recuerdo que durante la dictadura de Franco se generaron toda una serie de radios clandestinas, de las cuales la más célebre probablemente sería La Pirenaica; a duras penas creo que escuché alguna de estas, pero por supuesto en una época, final de la dictadura o principios de la democracia, en los que la cuerda ya no estaba tan tensa y desde luego, ya no había tanto aluvión reivindicativo, porque se preveía atisbar la luz al final del largo túnel.

Aquellas emisoras clandestinas erradicadas allende nuestras fronteras, eran el aliado fiel para los díscolos del sistema en aras de conocer la auténtica realidad y no la que el régimen dictatorial preconizaba.

Con la democracia y la libertad de expresión, aquel género clandestino decayó por falta de sentido, y nacieron las radios libres, en teoría democráticas y en la práctica posicionadas en un signo político, eso en cuanto a las radios generalistas de información. Por su parte, ampliaron su ego las radios musicales, también con su público diana, en este caso, no buscaban usuarios de derechas, izquierdas o centro, sino oyentes de tal o cual edad o de concretos gustos musicales. Y con todo esto, la radio bajo mi punto de vista, comenzó a perder un poco su esencia, la reivindicativa, la transgresora y la de ir a contracorriente.

Todas esas radios estaban estandarizadas, eran coriáceas, tengo la visión en mi imaginación de que avanzaban por raíles de tren sin descarrilar jamás. También es verdad que esa estandarización implicaba mesura, orden y cierta seriedad; con la modernización de todos los entes de nuestra organización administrativa, para poder emitir había que cumplir con la legalidad, pagar las tasas o impuestos que correspondieran, asegurar unos mínimos técnicos y obviamente se le asignaba un dial con el que se garantizaba que tu frecuencia saldría al aire con nitidez y sin interferencias por la cercanía con otros diales.

Estaba muy bien todo esto pero recuerdo con cierta añoranza mis veranos de los años 80, cuando estaba en el Instituto, aquellas tardes-noches interminables en las que quedabas para salir cada día y no hacía falta móvil para que todos estuviéramos perfectamente coordinados. Poco de clandestino tenía en mi pandilla, algún primer botellón que era con litrona y tan poco común que se podía hacer en cualquier plaza o parque, y como máxima rebelión el conculcar las normas sobre derechos de copia, comprando nuestras cintas de casete vírgenes para conseguir una copia (muy ilegal) de ese amigo o conocido que tenía tal o cual disco de ese grupo famoso.

Por aquel entonces se estilaban una serie de emisoras al margen, que sí, que podríamos llamar piratas, pero que no tenían un componente transgresor propiamente. Sí que es verdad que se llevaba a caboa desde cierta ilegalidad, pero no se reivindicaba nada, simplemente se quería hacer radio, musical en su mayor parte, se contaba con algún equipo y se hacía.

Y es que la base hoy y ayer para hacer radio no es demasiado compleja, te compras un equipo de emisión y sales al aire. La regulación del espectro radioeléctrico es una competencia pública, pero como no puede ser de otro modo, nada físico impide que tú puedas emitir, las ondas fluyen porque el medio en el que se transmiten no tiene barreras. O sea que si una administración quiere que no se emita desde una cadena clandestina tiene que clausurar los equipos, precintarlos o más vulgarmente caparlos.

En ese Linares de los 80 donde yo vivía había unas cuantas de esas emisoras piratillas, que tenían como aliciente una propuesta musical diferente. Eran radios que no circulaban por esas vías del tren, que tenían sí ese carácter más transgresor, pero no sólo porque no se casaban con nadie, sino porque no disponían de un público diana tan claro como las generalistas, y porque su versatilidad les permitía ofrecer productos musicales más raros, menos comerciales. Más que transgresoras eran un pelín canallas y ya está.

Quiero imaginar aquellas emisoras rudimentarias, con equipos montados en la habitación de la casa de alguien, con cierto dinerillo, no pasaban de ser más que aventuras con las patas muy cortas. Es verdad que solo lo podía hacer gente con cierto poder adquisitivo, digamos chicos de clase media por encima de la media, no solo por la compra de los equipos y por darles de comer diariamente, con el consumo eléctrico que ello suponía, sino porque para ser radio eminentemente musical necesitabas discos y no pocos, ya que no existía la facilidad actual para tener todo lo que quieras con Internet, así que la discoteca, esto es, en su primigenia acepción, debía ser una amplia y variada colección de discos. No descarto que se valieran de grabaciones piratas, de grabaciones de la tele o de otras radios al más puro estilo de grabación al aire con las susodichas cintas de casete.

En Linares, la ciudad donde vivía en los 80 había unas cuantas, las más famosas eran Radiomanía y Radio 7, creo que se llamaban así. En Bailén funcionó alguna del mismo cuño. Apenas había publicidad, tampoco me acuerdo mucho, con lo que eran proyectos muy personales y casi si me apuran, unipersonales, que durarían hasta que se cansaran, dejaran de autofinanciarse o las cadenas generalistas se sintieran molestadas. Desde el punto de vista técnico tampoco había que echar cohetes, funcionaban que ya era bastante, y éramos indulgentes con los fallos, las saturaciones, las desconexiones...

Esa peculiaridad de ser radios tan pequeñitas, hacía que el público también lo fuera, ¿qué eramos ochenta o cien los que cada noche al acostarnos la escuchábamos? Seguro que menos, porque mis amigos y yo llamábamos por teléfono antes de despedirnos y hacíamos nuestra petición para que se emitiera en una hora golfa, de madrugada pero sin pasarse, y no había noche que no nos concedieran nuestra petición, algunas con dedicatoria amorosa incluida (con un mensaje cifrado para la chica que nos gustaba y que seguro que jamás escuchó). Mi amigo Vicente, recuerdo, hizo su primera petición con Semilla negra de Radio Futura, pero a mí no me gustó; y a la siguiente noche yo contraataqué con Vienna de Ultravox, que este sí que era un tema potente y a la sazón olvidado hoy.

Hoy con el streaming el concepto pirata ha desaparecido, yo podría emitir desde el ordenador de mi casa las veinticuatro horas, no habría problemas de legalidad, no sé qué querría emitir, es posible que no me escuchara nadie, pero como yo lo podrían hacer y lo hacen miles de personas; emisiones inéditas la mayoría de ellas, que no enjugan ese nicho de lo canallita en la radiodifusión que hoy no está cubierto ni renacerá para taparlo.

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