sábado, 29 de febrero de 2020

EN BUSCA DE LA UTOPÍA DE UN GOBIERNO DE CONCENTRACIÓN EN ESPAÑA

Bien, pues todo hace indicar que aquella crisis económica que lastró a España y buena parte del mundo occidental ya pasó, o al menos eso es lo que nos dicen los datos, por mucho que se empeñen según qué sectores en abonarse al pesimismo y recordarnos que de eso nada y que hay un estancamiento y que aquella vida de colores de la década de los 90 jamás volverá. Puede ser, pero aunque aún tenemos mucha gente que son hijos de la crisis y que no recuperaron su trabajos ni su estatus, las cifras de desempleo están ahí, en todos los puntos de España, y hay una manifiesta recuperación.

Aquella crisis económica sumió a España en una crisis política, y esa sí que no nos ha abandonado, esa persiste. Antes y durante la crisis económica estaba asentado el bipartidismo, con algunos palmeros, que dependiendo de las mayorías se convertían en imprescindibles muletas que se tornaban al sol que mejor calentaba en cada momento, daban igual las ideas, CiU o PNV no tenían remilgos para alinearse con PSOE o PP, porque el rédito que sacaban era notable y eso a costa del resto de las comunidades de este país, y a costa de los españoles. Aquel bipartidismo murió tal y como lo teníamos concebido y el pueblo español que es el que vota y pare esta situación lo tiene más que asumido, no tanto los políticos, incapaces de ponerse de acuerdo y de llevarnos al precipicio cada tanto, llevándonos a las urnas, que ya agota.

Esa crisis política persiste en un estado de crispación actual que jamás se vivió en este país, ¿o sí? No sé, porque tengo la sensación de que desde que vivimos en democracia no hay otra magnitud que estimule a los políticos que la de denigrar al contrario, todo lo mío es bueno y todo lo tuyo es malo.

Soy apolítico lo cual no quiere decir que no hable de política, y amén de mis ideas que cabalgan desde una radicalidad juvenil a una madura moderación, soy de los que defienden actuaciones y hechos con independencia del partido que tome las iniciativas, lo cual creo que es lo más lógico.

Pero los políticos son así, probablemente en todas partes del orbe, te machaco hasta la extenuación, te tengo que insultar educadamente, aunque luego en los pasillos del parlamento o del ayuntamiento de turno, nos llevemos muy bien y hasta nos vayamos a tomar unas cañas juntos si hace falta, en lo que viene siendo un estadio de la más odiosa y pueril hipocresía.

La crisis económica nos dejó una crisis política que no permite hacer demasiadas cábalas acerca de hacia adónde avanza nuestro país; aventurar cuáles serán los resultados de las próximas elecciones del tipo que sean no está al alcance de nadie, ni siquiera para las empresas demoscópicas que cada vez son menos certeras y que para eludir su responsabilidad siempre nos ofrecen horquillas demasiado amplias, excesivamente genéricas.

Y claro, no es de extrañar que en toda esta marejada de resultados, los políticos, que tienen una rocosa cintura, no conviven bien con los cambios de escenario, muchos no se han dado cuenta de que ya no estamos en el partido de antaño, es que hemos cambiado de campo de juego y el deporte ya es otro. Por eso no es difícil ver que la mentira se ha aposentado en nuestra clase política sin ningún tipo de vergüenza, ¿por qué?, porque son incapaces de mirar más allá, porque no se han acostumbrado a este nuevo estado de las cosas. Apenas hace unos meses el presidente Pedro Sánchez no quiso pactar con Pablo Iglesias resumiendo sus cuitas negociadoras con aquello de que le quitaría el sueño gobernar con Podemos. Y hete aquí que meses después con menos diputados por uno y otro bando, con menos apoyos, con menos fortaleza popular, tardaron cero coma en darse un abrazo (a mis brazos Pablito, cuánto te añoro; hombre Pedrín, qué buen talle). Pedro Sánchez, el misterioso hombre mutante, había cambiado su rictus, a la fuerza, y ya sí le valía lo que meses atrás no, y las leyes de la democracia y las electorales son las que tenemos y obtuvo sus apoyos, nos guste más o menos.

La cuestión es que a una buena mayoría de los españoles no gusta demasiado el pacto, pero además a la inmensa mayoría de los españoles lo que no gusta nada es que para que este gobierno pudiera echar a andar se ha tenido que apoyar en determinados partidos que desean romper España, y que se quieren cobrar ese préstamo, es evidente.

Nunca he estado afiliado a un partido y jamás lo haré, porque como decía antes, las disciplinas de partido son radicales, tienes que estar de acuerdo en todos sus postulados, y no, no me caso con nadie, yo veo cosas de un partido y de otro que están bien y critico lo que está mal, no miro siglas. Pero en un partido, tú tienes que levantar la mano si tu líder la levanta, y te achantas tu orgullo y tus principios.

El problema de fondo es ese, cada partido en sí, es profundamente radical y profundamente antidemocrático. Remedando a Rajoy «los partidos son partidos y mucho partidos», o lo que es lo mismo, que no hacen más que mirarse su ombligo, el ombligo de su militancia y no el de sus votantes, entre los que me encuentro, que pedimos moderación y aplausos hacia el contrario, cuando estos lo merezcan.

Los partidos son más radicales que sus votantes, esa es la realidad, los partidos no miran a sus votantes, no pulsan sus opiniones, no constatan que son más moderados que ellos, que les piden otras cosas bien distintas, que su voto no es un cheque en blanco. Es verdad que votamos un programa, no tenemos otra, no podemos decidir qué nos gusta y qué no, pero tenemos más cintura que ellos, no estamos atados.

Conversaba hace no mucho con unos amigos y se palpaba el malestar que ese pacto nos causaba, el pacto con las imprescindibles muletas de turno, y es más que probable que cada uno de los que nos reuníamos hubiera votado a un partido diferente; creo que en el fondo todos manteníamos esa saludable receta de que podemos discernir qué es bueno y es malo para España o nuestros intereses, sin necesidad de ver qué partido los defiende.

Al final, la conclusión a la que llegamos es que tanto para votantes de izquierda como de derecha, no militantes, los que estábamos allí y quiero pensar que una mayoría amplia de españoles, es que, sin que sirva de precedente, un gobierno de concentración, multicolor, hubiese estado muy bien, hubiera sido genial. Y todo ello viendo que los chantajes van a estar a la orden del día, las tragaderas que habrá que asumir, los discursos vacíos y las mentiras, todo ello se va a aposentar en nuestro orden constitucional, en un discurrir que no sabemos dónde desembocará.

PP y PSOE son incapaces de pactar entre sí; los gobiernos de concentración no son fenómenos desconocidos en la tradición democrática occidental. No lo tuvimos con la crisis económica ni ahora con el intento de disgregación de nuestro país, ¿habrá momentos más propicios? Pero no, aquí cada uno mira lo suyo, y por encima de todo el poder, la poltrona, qué tendrá eso para que nadie que llega quiera irse, donde dimitir les suena a nombre ruso.

Pues eso, abiertamente afirmo que soy votante veleta por lo que ya he explicado antes, pero siempre defenderé que en momentos críticos de la historia de nuestro país, y actualmente estamos en uno de ellos, un gobierno de concentración sigue siendo necesario, vital. ¿Quién dudaría que estando representados en un gobierno una buena parte de los partidos democráticos las leyes serían las más ajustadas a todos los intereses de la ciudadanía?

Que cada cual saque sus conclusiones y viendo el perfil de nuestros políticos, yo seguiré votando al partido que considere menos malo en cada momento, porque por lo menos votar sigue siendo la mínima presión que puedo ejercer para el devenir de mi país.

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