sábado, 1 de febrero de 2020

"PARÁSITOS", DE BONG JOON-HO

Aunque estemos en distintas y alejadas latitudes, que nuestras culturas sean tan diametralmente opuestas, tengo la impresión, por el dato que ahora ofreceré, de que aunque parezca sorprendente, entre Corea del Sur y España tenemos muchas más similitudes que las que nos imaginamos. Sigo desde hace muchos años heterogéneas estadísticas sobre la economía de los países y, una de ellas, la renta per cápita, define no sólo cómo está un país por sí mismo, sino en comparación con los demás. Y desde hace muchos años Corea del Sur y España vamos de la mano, también tenemos una población parecida, y eso permite entender con cierto terreno abonado lo que ocurre en ese país oriental del que no tenemos excesivas referencias.

De algún modo eso me ayudó a afrontar de forma más permeable esta película, como un modo de entender su fondo, haciendo puntuales comparaciones con España para mi interior.

Y es que la película pone de relieve una realidad social de los países desarrollados, obvia, casi automática por otra parte, porque la economía de mercado es cruel y ciega, que no es otra que las desigualdades. Tú vives en un barrio normal, clase media absolutamente media y, más arriba, a un par de manzanas, hay alguien de la clase alta, y casi un vecino de este, tiene muchas dificultades para llegar a final de mes.

Pues esta es la realidad de la familia Taek, que no llega a final de mes, que el matrimonio y sus dos jóvenes hijos no tienen trabajo conocido, y viven con apreturas en un semisótano donde se las ven y se las desean para pillar una wifi ajena en determinadas partes rebuscadas del domicilio.

No obstante, la suerte está en vías de cambiar sus destinos. Al hijo le sale trabajo como profesor de clases particulares en la casa de una familia bien. Una familia bien que vive en un cómodo barrio, en una casa con todo tipo de modernidades.

La familia bien se compone del matrimonio y dos hijos, una hija joven que recibirá las clases particulares y un niño pequeño con algún problema de comportamiento, en todo caso, una familia cuasi ideal. El matrimonio Park es razonablemente equilibrado, se quieren, él tiene una profesión independiente, ella es tal vez un poco pava pero sin malas intenciones, casi ser remilgadilla se lo da el estatus.

Después de las clases particulares del joven Gi Woo, surgirá la posibilidad de que su hermana venga a darle clases de arte al menor de los Park.

Y como quien no quiere la cosa, la familia Taek llegará a la conclusión de que pueden casi conquistar la casa con una sibilina estrategia, deshaciéndose finamente del chófer y de la casera para que el matrimonio Taek llegue hasta el final del plan, que los cuatro trabajen para la familia bien, y de algún modo, para ser un poco como ellos, aun a costa de parasitarlos.

A todo esto, la película se desarrolla con un tono de comedia inteligente y sutiles gags que sorprenden, tal vez porque tenemos algún prejuicio acerca de la seriedad, hieratismo y solemnidad de las culturas orientales.

Como bien sentencia la ley de Murphy, todo es susceptible de empeorar, y la estrategia comenzará a hacer aguas, y precisamente el primer aviso vendrá pasado por agua, la familia Park que ha ido a pasar un fin de semana al campo, tiene que volverse con urgencia a su casa a causa de unas lluvias torrenciales. En la casa los Taek ya se han hecho fuertes por unas horas, parásitos en un hogar que les es ajeno, en una escala social que no les corresponde y siendo crueles, de algún modo, con una noble y despreocupada familia que les están dando todo.

Es curioso porque la vuelta prematura de la familia bien, coge por sorpresa a los de clase media baja; el niño de los Park ha decidido consumar su excursión al campo, acampando bajo un fuerte aguacero. Mientras la tienda de campaña del niño aguanta lo que le echen en el cuidado césped del jardín, los Taek consiguen escapar de la casa y se encontrarán con que su semisótano está inundado. Nunca llueve a gusto de todos, el agua es felicidad para los ricos y para los pobres es una ruina.

Ese será el inicio de una sorprendente realidad, parasitaria, que respira en el sótano de la casa de los Park y que irá convirtiendo la comedia en una propuesta mucho más seria y que terminará, por no destripar mucho, como el rosario de la aurora.

Y es que su director Bong Joon-ho consigue crear de un relato simple una película sumamente inteligente. Hacía tiempo que no veía una puesta en escena con tal fuerza, capaz de engancharte desde el principio, progresando con contundencia a través de una poderosa en la trama, de tal modo, que aumenta el interés hasta el final, apoteósico, por otra parte.

Una cinta que, si bien pudiera parecer un batiburrillo, una especie de todo cien donde hay comedia, tragedia, crítica social, filosofía e incluso un poco de ciencia ficción, lo que en realidad vemos, e invito a un visionado concienzudo, es una elegante producción, muy cuidada en su fotografía, meticulosa en el perfilado de los personajes y con unos acertados diálogos a los que no les sobra ni les falta nada.

A modo de moraleja rompedora, también es una propuesta transgresora con respecto a los ideales sociales, aquí los ricos no son los malos, son los pobres, porque gente mala hay en todos los lugares, y los Taek terminan por enterrar cualquier atisbo de ética que pudieran haber tenido.

Que por qué traigo esta elección tan atípica, tal vez sea por oportunismo, pero hay que decirlo está nominada para los Óscar en nada menos que seis categorías, ahí como el que no quiere la cosa, haciendo surco en la compleja industria estadounidense, y va a rascar, ya lo creo que rascará.

Por cierto, puedo tildar de nutritiva la experiencia de ver la película en coreano (con subtítulos), gana en esos matices que un doblaje, por bueno que sea, no te puede ofrecer.

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