domingo, 31 de mayo de 2020

CHERNOBYL, UNA SERIE QUE HA REMOVIDO CONCIENCIAS

No me he resistido a ver en estos días la serie «Chernobyl» alentado por las buenas críticas que había en torno a ella. No siempre esto es sinónimo de calidad o de que me vaya a gustar, pero el género, una serie basada en hechos reales, me parecía del tipo de las que enganchan.

Es una miniserie de cinco capítulos de una hora de duración aproximadamente cada uno, y en esas cinco horas se trata el accidente nuclear como una especie de documental seriado, lo que viene siendo una crónica pormenorizada de los aspectos más relevantes de aquel desastre humano y medioambiental.

Su guionista y productor ejecutivo Craig Mazin hizo un arduo ejercicio previo de información, visitando la zona de exclusión, leyendo mucha literatura y visionando todo lo que se había emitido sobre el desastre nuclear. Le dio vida a los personajes clave en aquel accidente, los cuales dada su cercanía en el tiempo y aunque las autoridades soviéticas quisieron tapar mucho de lo ocurrido, trascendieron a la opinión pública mundial.

Valeri Legásov es, sin duda, el eje humano sobre el que circula toda la trama. Fue el científico al mando del Comité de investigación del accidente e ideólogo de las medidas tomadas para minimizar los efectos de la debacle.

Casi desde que tengo uso de razón se discute mucho acerca de la viabilidad de las centrales nucleares, hay opiniones fundadas para todos los gustos. Desde el punto de vista económico es una energía barata, desde el medioambiental la generación de residuos radiactivos implica un complejo reciclaje. Y finalmente hay un problema de fondo, su peligrosidad, cualquier accidente, por mínimo que sea es capaz de acarrear una serie de consecuencias letales, incluso para la humanidad, por eso las centrales nucleares invierten tantísimo en seguridad, de tal forma que sus accidentes, siempre por causa humana, se minimizan.

No tengo muy claro cómo funciona dicha energía pero se trata de lanzar rayos sobre barras de mineral radiactivo para dividir sus átomos y estos liberan una energía brutal que se convierte en electricidad. Cuando ocurre un accidente se conglomeran varias causas y, en este caso, humanas. La energía nuclear, como bien cita Legásov en un pasaje de la serie, es un maravilloso baile químico, y la química, hasta donde yo llego, tiene unas propiedades inmutables, sabes que siempre se va a comportar de la misma forma en el mismo medio. Aquel fatídico día 26 de abril de 1986 se llevaron a cabo una serie de pruebas en la central de Chernobyl con un resultado nefasto, a ello se unió una errónea toma de decisiones sobre las mismas, y fallos en el diseño de la central y del aparataje.

La explosión de uno de los reactores liberó una cantidad bestial de material radiactivo y las consecuencias fueron devastadoras. Con la celeridad que permitía un acontecimiento de esas características, sin margen de maniobra se reunió el Consejo de Ministros soviético con el ínclito Gorbachov a la cabeza, seguro que la decisión de mandar allí a lo más reputado de la ciencia nuclear de toda la Unión Soviética minimizó los efectos.

Legásov y el vicepresidente del Consejo de Ministros Boris Scherbina estuvieron al pie del cañón, nunca mejor dicho y acudieron in situ a observar la dimensión de la catástrofe, y lo más importante, a sofocar la marea de efectos que ya habían tenido lugar. Se implementaron una serie de operaciones muy costosas para extinguir el incendio y la irradiación letal de tanto material radiactivo.

Más allá de esas cuestiones técnicas tan críticas hubo que sacar a 40.000 personas de Pripyat, la ciudad dormitorio de la central en lo que iba a ser una salida provisional y que finalmente fue definitiva. Hubo que enterrar miles de hectáreas de terreno, sacrificar animales y crear una zona de exclusión de varios kilómetros a la redonda (que hoy persiste).

Esas operaciones técnicas suponían casi arriesgar la vida de personas, que tenían que exponerse a radiaciones muy altas, o en sí las mismas suponían un enorme despliegue de maquinaria a contrarreloj. Es particularmente llamativo cómo tuvieron que liberar el techo de uno de los reactores con trozos enormes de grafito utilizando biomáquinas; y es que ya que ninguna máquina existía en el mundo para tal cometido, porque la radiación la destruía con inmediatez, se acudió a personas que en turnos interminables, no podían estar más de noventa segundos en el techo, hicieron un trabajo metódico. Se llegaron a utilizar cerca de cuatro mil personas en esta operación.

La serie también nos pone de relieve la ingente labor de los bomberos, que fueron los primeros en llegar al accidente y que fueron las primeras bajas por las terribles radiaciones. En este sentido nos adentra en el drama que vivieron sus familias.

Desde luego en aquella dura lucha, Legásov no sólo tuvo que lidiar con numerosos inconvenientes, sino también con los políticos, más interesados en tapar sus miserias que en el veneno que manaba de Chernobyl. Legásov dejó una herencia importante y seguro que buena parte del mundo, tal y como hoy lo conocemos, se salvó gracias a él. El último episodio nos lo muestra en un juicio contra los responsables, apuntando los errores que llevaron al desastre y por qué fue posible. A los dos años del accidente se suicidaría en Moscú.

La serie está basada en personajes y hechos reales aunque se toma algunas licencias novelescas, como la incorporación de la física Ulana Khomiuk, y es que se hace a modo de homenaje por el importante porcentaje de mujeres científicas que trabajaron en controlar el desastre y que hoy desarrollan su labor en un sinfín de oficinas técnicas en todos los países en los que se disgregó la antigua Unión Soviética.

Es curiosa la elección del director Johan Renck para este cometido, pues estaba especializado en vídeos de música. No obstante, el reto lo supera con nota y logra que los actores nos hagan sentir casi como si estuviéramos allí, unas interpretaciones sumamente convincentes. Además le da ese toque entre documental y acción, entrelazando diferentes tramas, que hace la serie muy entretenida.

Por cierto, muy bien conseguidos los exteriores que se han rodado fundamentalmente en Lituania y que ofrecen una atmósfera muy certera de lo que ocurrió.

Y por encima de todo ello, y como el ser humano que habita a medias entre el siglo XX y el XXI no sabe cuántas más cosas va a tener que vivir, este accidente es fiel reflejo de lo endeble que es la humanidad, que en cuanto se quiebre por el lado más débil e imprevisible, todos caemos como fichas de dominó, y sin darnos cuenta.

Interesantísima esta serie de HBO, que remueve conciencias y hoy más en este mundo donde vivimos con mayor lucidez lo vulnerable que es nuestra existencia.

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