sábado, 20 de junio de 2020

"MANDÍBULA", DE MÓNICA OJEDA

Hace unos tres años este libro se postuló como uno de los más interesantes y, a la postre, más vendidos de la literatura latinoamericana del momento. Una novela de corte juvenil, aparentemente tan actual y fresca como inquietante. Y en efecto, todo es aparentemente, la temática me pareció llamativa y me indujo a pensar que sería algo que dejaría huella, pero...

Mónica Ojeda, una joven escritora ecuatoriana, construye un relato que no sabría muy bien cómo calificarlo y no sé si aquí lo voy a poder conseguir. Yo diría, antes de adelantar una sinopsis del libro, que pretende ser novela y al final se queda en ensayo.

La propuesta no puede ser más impactante, una chica que cursa bachillerato secuestrada por su profesora de lengua y literatura en una cabaña. A partir de ahí debiera construirse una historia en la que han de desvelarse los porqués de esta situación y también, imaginaba, el desenlace del referido cautiverio.

Una sí y la otra exactamente no. ¿Qué le ha llevado a Clara López Valverde a llevar a cabo semejante tropelía? ¿Por qué somete a Fernanda Montero a esa reclusión, martirizándola, humillándola, sometiéndola…?

Y es que Clara ha llegado hace poco a un elitista instituto de bachillerato de la ciudad de Guayaquil (la más populosa de Ecuador), el Colegio Bilingüe Delta, High-School-for-Girls, un centro del Opus Dei al que acuden las chicas de las familias más adineradas y opulentas de dicha ciudad.

Pero Miss Clara, que es como así la llaman en el centro, tiene unos antecedentes un tanto delicados, viene de un instituto normal, y hablar de normal en Ecuador es más bien pobreza, familias desestructuradas y jóvenes con las hormonas en flor que juntan todos los desequilibrios de la adolescencia y más. En él sufrió un incidente grave con dos de sus alumnas, las M&M’s (Malena Goya y Michelle Gomezcoello) que asaltaron su casa y le hicieron toda clase de aberraciones, aunque no llegaron a matarla como proyectaban.

Tampoco ayuda mucho el haber tenido una madre severísima, profesora como ella, y que la trataba con la punta del zapato, hasta el punto de que la llamaba «becerra» de forma habitual. La educó para ser fuerte desde la ofensa continua, y al final parece que consiguió el efecto contrario, un ser con muchas dudas y miedos.

Este centro educativo transmite una teórica educación ejemplar, la que se puede esperar de un colegio de pago donde la que saca los pies mínimamente del plato está fuera de él. Ahí parece que Clara va a tener su oportunidad, ahí es donde va a poder restañar las heridas de todos esos problemas psicológicos que están por resolver.

Pero no, resulta que la adolescencia genera conflictos con independencia de la clase social a la que se pertenezca y, con diferente guion y distintas prioridades, aquí tiene que bregar con un sexteto de alumnas que tienen como mejor entretenimiento para dar rienda suelta a su exceso de hormonas el someterse a pruebas a cada cual más arriesgada. Las Annelise Van Isschot, Analía Raad, las hermanas Fiorella y Natalia Barcos, Ximena Sandoval y la propia Fernanda han llevado sus juegos hasta el límite.

Y ese punto de riesgo viene acentuado por otra serie de traumas o disfunciones que están también pendientes de resolver. Niñas criadas casi a su albedrío, con poco cariño de sus padres, más metidos en su dinámica de ser y parecer, no por este orden, y no tanto de educar. Y, por supuesto, no entra en los registros de esos padres el que vayan a un centro normal, tiene que ser uno de calidad, de pago y con un calado moral instituido. Por supuesto, ahí una crítica a este o estos centros del Opus Dei, que a veces tienen que justificar lo injustificable y prefieren mirar para otro lado cuando un problema adyacente les puede explotar en las manos.

Las niñas se sumergen en ese riesgo, en el de pruebas difíciles de ejecutar, el de llevar al límite sus imaginaciones, el de leer textos controvertidos (lo que le da a alguna de ellas, dicho sea de paso, un bagaje cultural y literario inconmensurable) y el del sexo sin poner fronteras.

A Clara la va a manejar y controlar Annelise, tras la ruptura que esta ha tenido con Fernanda, ambas eran las mejores amigas, casi hermanas. Y Clara va a defenderse atacando, no quiere que le vuelva a ocurrir un episodio similar al de las M&M’s.

La cuestión crítica de la novela gira en torno a todo este entramado de sentimientos morales encontrados, de esa tortura que sufre Fernanda, pero Mónica Ojeda no lo resuelve bien a mi parecer, por eso decía al principio que empieza rítmico, inquietante y esperas más. El relato está constantemente tirando hacia atrás en el tiempo, pero lo que debiera ser un descubrimiento de verdades se convierte en un pesado, a ratos, ensayo filosófico.

Tal vez sea mi punto de vista y mi manera de leer novelas, pero la autora abusa de larguísimas parrafadas (pensamientos de los personajes) con intensidad de puntos seguidos, lo que viene siendo unos interminables monólogos y uno echa de menos que los puntos y aparte sean más frecuentes, a mí me da la impresión de que me ahogo.

Y la novela no es muy larga, pero al final ese estilo literario termina por agotar al lector. Y, lo siento, la escritora tiene muy buen vocabulario, es bastante hábil con las palabras pero, al menos en la edición que yo he leído y dicho sea de paso, comete imperdonables faltas ortográficas un «aparte» separado y un «a punto» junto, con lo que termina por dejarme un incómodo sabor agridulce.

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