MONK, EL DETECTIVE DE LOS TOC INFINITOS

Como ya he comentado en alguna ocasión en esta mi bitácora, veo series en el ordenador mucho antes de que se impusiera la «seriofilia» que fue impulsada por las diferentes plataformas digitales de contenidos a las que todo el mundo se ha suscrito, yo no. De algún modo, era y es una forma de darle continuidad a la costumbre de ver la tele como una parte esencial de nuestras vidas, desde que nacemos estamos pegado a ella, pero ahora de una forma más práctica e instructiva, primero porque veo lo que yo quiero y cuando yo quiero, y porque busco esos productos que pueden exacerbar mi espíritu crítico, o sea, que intento darle la vuelta a aquello de «la caja tonta».

Más incluso que en la literatura, la profusión de productos televisivos es inmensa pero es que, además, la oferta es verdaderamente buena, cuidada, con mucho dinero detrás (las plataformas se pelean por captar nuestra atención y nuestros bolsillos), y a veces cuesta trabajo elegir y a mí me pasa que al final me pierdo y no llego a controlar todo lo que me aconsejan que visione.

Últimamente me muevo en ver en paralelo miniseries y una o dos series de largo recorrido, de esas de muchas temporadas y capítulos. Monk es la última que he visto de este tipo, con ocho temporadas y ciento veinticinco capítulos en total de unos cuarenta minutos de duración cada uno, seguramente comenzaría a verla hace un par de años.

Esta producción estadounidense ya tiene cierta veteranía pues se pondría en antena en 2002 hasta 2009; en España recuerdo que la echaba Canal Sur y es muy probable que TVE también, en La2. En ese momento que la ponían en abierto no le presté mucha atención, por aquello de que ya veía muy poca tele y tampoco te parabas a ver de qué iba.

Recuerdo que unos años atrás que estaba en casa de unos amigos estos me la recomendaron, y me hicieron saber de qué trataba, básicamente de un especie de detective muy sagaz con una retahíla de trastornos obsesivo-compulsivos (TOC).

Efectivamente, Adrian Monk es un hombre que vive atrapado en cerca de doscientos TOC, así lo recuerda él en uno de los primeros capítulos. La cuestión es sobrevenida, sí que es cierto que desde niño era muy especial y que era, generalizando, un tipo muy meticuloso, lo cual no le impidió llegar a ser inspector de policía, y hasta tuvo la fortuna de conocer al amor de su vida, Trudy, pero esta fallece asesinada años atrás y él no puede resolver el caso y, además, entra en un estado de profunda depresión que expande todos esos TOC hasta límites insospechados y lo apartan del cuerpo policial. No obstante, Monk comenzará a convivir con esas trabas mentales y se hará colaborador externo de la policía en resolución de casos, generalmente homicidios, pues tiene un enorme capacidad deductiva.

Monk es tan especial que podríamos considerarlo casi un superdotado, aunque la sucesión de TOC también lo pondrían en el ámbito del Asperger. Él consigue ver lo que nadie ve, que se ejemplifica en una increíble capacidad para contar grandes cantidades de elementos con solo echar un vistazo, tener memoria fotográfica o acumular datos a mansalva; como él mismo dice «es un don pero también una maldición».

Es evidente que no podría existir una persona así, hay personas que se podrían acercar, pero en la realidad nadie podría vivir con tal obsesión permanente, por ejemplo, por el orden o la limpieza, y esos son dos mínimos rasgos de otras innumerables manías. Monk tiene que limpiarse con una toallita cada vez que estrecha la mano de alguien, es más, elude el contacto físico, es un maniático del equilibrio en todos los aspectos de la vida y, por ejemplo, le altera cualquier cosa donde no haya simetría, donde exista un número impar o no redondo…

Sus manías son tales y tan variadas que rozan casi la incapacidad funcional por no decir, desde el punto de vista personal, la impertinencia. Y es que Monk requiere de una asistente, una especie de enfermera que hasta cierto grado también podría llamarse niñera, la cual le interpreta el mundo normal, del que él está notablemente al margen. Hay dos asistentas en la serie, una Sharonna (Bitty Schram), la cual deja la serie sobre la segunda o tercera temporada, y después viene Natalie Teeger (Traylor Howard), que no digo que sea mala actriz pero sí que se le nota forzada en algunas escenas porque creo que se ríe del actor principal, entendiendo que este de vez en cuando se saltaba el guion, improvisaba o sobreactuaba, metiéndose de lleno en el papel.

Y es que tal libertad tenía, presumo a imaginar, el actor que encarna a Monk, Tony Shalhoub, de origen libanés, y que es el productor ejecutivo de la serie.

Igualmente y a lo largo de toda la serie Monk acude a un psiquiatra que va tratando con él la evolución de sus TOC y le ayuda puntualmente a superar alguno de los numerosos traumas que se le van interponiendo a lo largo del camino de la vida, diría que el avance del personaje en el plano psicológico es muy limitado.

Y, sin embargo, se mueve, sí, porque pese a los múltiples impedimentos de Monk, gracias a sus increíbles dotes es capaz de resolver los casos mas complejos e inexplicables. Porque esa meticulosidad la traslada a las escenas del crimen y va atando cabos hasta dar con la resolución, esto suele suceder al final de cada episodio con un categórico «here´s what happened», o sea, «esto es lo que pasó».

El ambiente de la serie es desenfadado, familiar, casi infantil, y aunque vemos asesinatos o algo de sangre, normalmente todo está muy dulcificado. Realmente estamos ante una comedia con la parte seria que representa la investigación policial, aunque los policías también son muy cómicos y suelen ayudar a Monk, por el afecto que le tienen, a superar sus miedos cuando algún elemento discordante se presenta en un caso en curso. Estos son el comisario Stottelmeyer (Ted Levine) y el subinspector Randy Disher (Jason Gray-Stanford).

Me he estado planteando mientras he visto la serie si existiría algún fondo reivindicativo que pretendiera acercarnos hacia la problemática de tantas y tantas personas que sufren enfermedades mentales y que no están debidamente tratadas o no son suficientemente comprendidos. Desde luego Monk concentra todas las afecciones de los TOC, incapacitantes en muchos casos teniendo apenas unos pocos de ellos.

En cierto modo Monk es un personaje que evoca tristeza, él mismo sufre con sus manías, pero no puede evitar tenerlas. Su evolución es casi nula, y no lo es porque había de durar lo que durara la serie, pero sí que es verdad que inspira mucha ternura casi pena.

La resolución del caso de su vida, esto es, el averiguar quién mató a su esposa, está latente a lo largo de la serie, quizá podría haber tenido más fuerza; en cierta manera tiene un punto de paralelismo con «El mentalista», aunque esta última es posterior en el tiempo, donde su personaje principal también vive en las distintas temporadas con la búsqueda del que asesinó a su mujer y su hija.

El final era evidente que tenía que ser el desenlace para ese caso abierto, y como suele ocurrir en muchas ocasiones, decepciona un tanto, no consigue mejorar en ese desenlace a lo que es la serie como conjunto. En todo caso, ese final, con todas las piezas del puzle encajadas, nos congratula con el personaje principal, al que se quiere porque es un niño grande con numerosos trastornos y se le desea un futuro ficticio más que halagüeño.

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