Cuando entré hace unos meses en un grupo de lectura en Linares, el cual gira alrededor de su Biblioteca municipal, no me imaginaba el laberinto de emociones al que me iba a enfrentar, la primera de ellas era la propia de la búsqueda de un horizonte común de amor por la literatura y por el noble sentimiento de compartir lo que nos depara cada relato. En ese recorrido que bien podría ser iniciático para mí, una vez más y afortunadamente, la recomendación de libros ha sido una constante que ha nutrido mi biblioteca personal.
Ya he asumido y me da pena, que no voy a poder leer todo lo que tengo, la vida no me da para tanto y mucho menos el tiempo libre, y ahora diría que por fortuna, pero como dijo Umberto Eco, el cual poseía una magna colección de libros y era un voraz lector (la cita es algo larga): «Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, ya que es una tontería criticar a aquellos que compran más libros de lo que nunca podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos o gafas o destornilladores o taladros que compraste antes de comprar nuevos. Hay cosas en la vida que siempre necesitamos tener un montón de suministros, incluso si solo usaremos una pequeña porción. Si, por ejemplo, consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa y no unos pocos: cuando quieres sentirte mejor, entonces vas al “armario de medicina” y eliges un libro. No uno al azar, sino el libro correcto para ese momento. ¡Es por eso que siempre debes tener una opción nutricional!».
Suscribo cada una de las palabras de Umberto Eco y ya reconozco que cuento con libros por encima de mis posibilidades… de lectura. Pero da igual, también voy leyendo, como él bien dice, según mi estado de ánimo, porque la recomendación te la hizo alguien en quien confías, o a quien amas. Para mi leer se ha convertido, en cierta forma, en una especie de juego de rol, no sabes a lo que te enfrentas cuando lees y a veces gusta o no, pero es muy probable que de esa lectura salga otra, o un viaje, o una serie, o una película… Y lo bueno de esto, es que creo que cada libro me cambia un poco, y estoy convencido que para bien.
Las dos lecturas que hoy reseño diría que son una especie de recorrido al revés porque es la primera vez que he conocido a un escritor y después he leído parte de su obra, ya adelanto que este modo de afrontar la búsqueda literaria a contrapelo no se va a quedar aquí. El caso es que en uno de esos intervalos de cambio de libro en mi grupo de lectura, quedamos una semana en que vendría a visitarnos la escritora linarense, santanderina de nacimiento, Mercedes Rueda Fernández; una mujer con una biografía apasionante y que durante una hora nos estuvo contando su vida, desde lo más público a lo más privado, y por supuesto, hizo mención a su obra literaria, tardía quizá, entiendo que alimentada por la madurez y por la perspectiva de dejar un legado que no se constriñera a una larga carrera de dedicación y sospecho que de vocación a la educación infantil que fue su profesión.
Aquel día conocí a Mercedes Rueda y me sedujo la idea de leer algo de lo que había escrito. He de decir que en esa conversación oficial en el grupo de lectura y en la extraoficial compartiendo después una deliciosa tertulia de café así se lo prometí y ello se convirtió en deuda, y me puse a ello.
Elegí inicialmente «La rebelión de las musas», su ópera prima, databa del año 2000 aproximadamente y el título es evidente que es un juego de palabras y también de intenciones con respecto al que escribiera Ortega y Gasset «La rebelión de las masas».
Es importante enmarcar el libro en ese año 2000 en relación con Internet, no porque Internet fuera balbuciente, no lo era ya tanto, pero sí que tenemos que entender que el recorrido de las redes sociales sí que era muy primitivo, no tenía el nivel de inserción en nuestras vidas que hoy tiene. Los móviles no eran el ingenio todopoderoso que hoy todos llevamos consigo y hace un cuarto de siglo era un armatoste con el que podías mandar un SMS midiendo su extensión y pocas utilidades más que un teléfono fijo. En ese ínterin existían los chats, algo que hoy nos suena a entre chino y la nada, sobre todo para las generaciones actuales que no se hacen una idea de cómo interactuábamos, quién no lo hizo, con gente de cualquier lugar del mundo, haciéndonos pasar por lo que no éramos.
En esta particular rebelión de las musas un grupo de mujeres se congregan en uno de esos chats de antaño y deciden emular cada una de ellas a las musas griegas, esas divinidades inspiradoras de las artes, para presentarnos sucesivos relatos que giran en torno a la liberación de la mujer.
Son relatos cortos pero que, en general, me dejaron un postgusto más que agradable, algunos más interesantes que otros, pero sorprendentes, porque cambia de temática y de rol en cada uno de ellos, unos son más profundos otros más prosaicos, algunos son como cuentecitos y otros son más bien ensayos, entretenidos y versátiles, y con ese horizonte de que la mujer tiene que dar más de sí, una rebelión callada pero necesaria.
Es evidente que en la narración percibí parte de lo que había aprehendido de mi breve pero intensa conversación plural con ella en aquella tarde del mes de abril pasado. De hecho, le pregunté en aquella improvisada rueda de prensa que qué opinaba de esa liberación politizada, la de una irreal mujer despótica y con el punto de mira puesto en el hombre global tomado como enemigo conceptual por el mismo hecho de su nacimiento. Es evidente que es más meterse en política que en otra cosa, pero ella misma afirmaba que la rebelión de las mujeres y el fenómeno del feminismo no debe verse como un alcance de cotas por la mujer al margen del hombre sino junto a él.
Yo que me he sentido siempre profundamente feminista, tanto como racionalista, no concibo mirar a una mujer en cualquier faceta de la vida si no es como igual a mí, como tampoco podría mirar a alguien y juzgarlo por su simple color de piel. Dicho esto, que no me considero un mangarrán, siempre he intentado hacer cosas que un hombre no suele hacer (más asociadas a la mujer en el término genéricamente machista de la reflexión), y aun así, de vez en cuando se me escapa algún deje machista, es casi inevitable, no se puede estar concentrado todo el tiempo y en cuanto pones el piloto automático tu cabeza te lleva a la comodidad de tu niñez con rol de niño que hace cosas de niño y no de niña, en una suerte de ley del mínimo esfuerzo.
En «La rebelión de las musas» detecto, aunque apenas conocí en unas horas parte de su autobiografía en todo un devenir lleno de intensas vivencias, tal vez en cada relato, un guiño, una experiencia dolorosa, otra grata, pero con la firme convicción de que este libro era también un levantar la mano, un alzar la voz y expresar que las mujeres tienen que seguir asumiendo más roles que los que la sociedad les deja o les permite, sosegada pero firmemente.
Me inspiró tanto esta inopinada «rebelión» que se me hizo corta, tanto que decidí dejarme llevar por la recomendación de mis compañeras del grupo de lectura y ofrecerle a Mercedes un anónimo doble homenaje o agradecimiento, según se mire, y me dispuse a leer «El rito del escorpión».
Esta sí que era una novela en toda regla. Igual que la otra y aunque yo estoy siempre buscando serendipias, últimamente más, nada más empezar a leer el título me evocó «El mito del escorpión», este es más rebuscado pero igualmente existente y que se mueve entre la leyenda y las constelaciones, puesto que narra dicho mito cómo Orión pisó un escorpión mientras vagaba triste por el mundo en un arrebato de celos tras haberse sacado los ojos y la pisada le provocó la muerte; por eso ambas constelaciones están en extremos opuestos de la bóveda celeste. Desconozco si en la mente de Mercedes Rueda estaba el evocar esta leyenda.
Lo cierto es que esta es, si cabe, yo diría mucho más autobiográfica que el libro anterior, aquí narra la vida de una escultora que de joven vive el amor heterosexual en una exaltación de la pasión y del arte en escenarios que son tremendamente inspiradores. El desamor y la muerte del hombre al que amó provocan su catarsis y una vuelta a sus orígenes, unos orígenes rurales y yo diría que en la propia Cantabria de la que Mercedes es oriunda. Allí afronta el choque con la tradición, en ese mundo lento de la España profunda donde los cambios se perciben a cuentagotas; la familia, los amigos, el recuerdo de lo vivido y el hacer parada para divisar en lo que quiere convertir su vida.
Una novela muy profunda, bastante filosófica a mi entender, puesto que tiene capítulos que son muy íntimos, deduzco que es la propia Mercedes abriendo su corazón. En esos me pierdo un poco porque es como si la escritora necesitara desahogarse, y es que no se me ocurre mejor escenario que soltar todo en el papel, porque siempre me ha parecido que la escritura es sanadora.
Y ahí es donde la protagonista volverá a la pasión, la más o menos prohibida con un chico joven, pero luego también la más madura con otra mujer. En definitiva, una novela intimista que es, a buen seguro, más que autobiográfica.
Así que con estos dos libros cumplo varios deseos y culmino una deuda personal por la atención prestada y por haberme permitido, Mercedes, que conociera su apasionante vida. Y, por cierto, uno de los deseos cumplidos y que sigo y seguiré abonando es el de seguir leyendo autores de la tierra.
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