"SE ACABÓ EL PASTEL", DE NORA EPHRON

Nora Ephron sonaría en nuestras cabezas allá por finales de los años 80 del siglo pasado pues fue la guionista de la afamada película «Cuando Harry encontró a Sally», pero ya llevaba un bagaje literario detrás que auguraba una carrera exitosa. De hecho esta novela «Se acabó el pastel», de 1983 también tuvo su cierta gloria ya que en 1986 también se llevaría al cine y con protagonistas de tronío, tales como Meryl Streep y Jack Nicholson.

No obstante, en la intrahistoria de Nora Ephron cabría destacar que fue la esposa de Carl Bernstein (uno de los dos periodistas que destapó el caso Watergate) y era, a todos los efectos, una de las pocas personas del mundo que conocía la identidad de Garganta Profunda, un inopinado honor.

Lo cierto es que la relación, a la postre tormentosa, entre Nora y Bernstein marcaría la carrera profesional de este último. Y es que Nora descargaría abiertamente ese matrimonio titubeante en esta novela, se la puede considerar semiautobiográfica, pues aunque cambia escenarios y nombres, buena parte de la angustia que sufrió con Bernstein quedó aquí reflejada. De hecho, fue casi una venganza en toda regla o una especie de escarnio público, dado que la novela refleja la vida licenciosa del marido de la protagonista que obviamente representaba a Bernstein, y el teórico reconocimiento mediático por haber marcado una época en el mundo del periodismo quedaría seriamente dañado y, de hecho, este no tuvo el fervor popular que sí tuvo su compañero de periódico e investigación Bob Woodward.

Nora Ephron era judía y aparte de guionista hacía sus pinitos escribiendo sobre gastronomía. Ese es el punto de partida de esta novela, Rachel Samstat, es una popular escritora de libros de cocina que vive en Washington D.C., como Nora. Rachel además sale en la tele ofreciendo sus recetas y, de hecho, a lo largo de la novela nos va obsequiando con platos elaborados de todo tipo que mezclan, diría yo, elaboraciones tradicionales con un cierto toque de vanguardia.

En ese punto de partida Rachel ha conocido a un nuevo amor, al periodista Mark Forman, tras haber dejado atrás un matrimonio previo. Rachel se quedará embarazada y del idilio inicial se pasará en nada a las sospechas de infidelidad. A todo esto Rachel y Mark tienen una jugosa vida social y se relacionan bien con amigos en quedadas, cenas y eventos de diverso tipo, donde dejan correr su imaginación abonando todo tipo de chismes y trapos sucios, que es como la salsa de la vida, porque a todo humano, en mayor o menor medida, le gusta saber sobre las intimidades de los que te rodean. Lo malo es que un chisme muy comentado es precisamente el suyo aunque no llega a identificarse muy bien a los protagonistas, en este caso al marido de Rachel.

Rachel descubrirá que su marido le está siendo infiel y de la manera más burda, y no le ha importado que esta haya estado embarazada y que haya dado a luz no sin dificultad. Ahí es donde uno descubre la verdadera intención del libro, no ya solo la crítica de Rachel o Nora a Bernstein, convertido en Mark, y este a su vez en el Jack Nicholson de la película; sino que es la semblanza de toda una sociedad avanzada, la norteamericana si se quiere, pero ya extendida a países occidentales donde las relaciones sentimentales se despojan de compromiso y trascendencia para dejar paso a la superficialidad.

Tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos hace ya treinta años y percibía esa superficialidad de las relaciones, desde esa perspectiva de juventud hasta podía ver con buenos ojos que las relaciones fueran tan fáciles como frágiles (para alguien como yo que difícilmente se comía una rosca); curioso además en un país al que se le tacha de puritanismo pero que tiene una arraigada cultura de la inmediatez y de la satisfacción instantánea. Con el bagaje y la madurez que uno tiene el compromiso se detecta en la gente como una opción arriesgada, porque ello implica abrirse emocionalmente y ser vulnerable ante otra persona, y eso choca con el autocontrol o el crecimiento individual. Nos hemos vueltos demasiado materialistas.

Lo peor de todo es que, como ocurre muchas veces en la vida (y yo lo viví de cerca), los infieles son profundamente cobardes y extremadamente egoístas, y lo son porque quieren jugar a dos bandas y son incapaces de dar la cara y afrontar que su relación «oficial» ha muerto, hay incluso un punto de orgullo, de machismo (en las mujeres no sé si se llamaría feminismo), de poderío, de saber que uno o una es tan potente que puede duplicarse, que es superior a sus iguales.

La novela transcurre por un sorprendente ambiente cómico, tal vez porque quiere dar la impresión de que si las relaciones son superficiales, las infidelidades hay que tomarlas del mismo modo, con un carácter desenfadado como si no fuera lo más importante del mundo, y claro que a lo mejor no lo es y tal vez sería la mejor manera de afrontarlo, pero Rachel lo sabe hacer muy bien, o esa impresión da, incluso hasta el límite del perdón, lo que para una mujer libre e independiente se nos antoja a estas alturas del siglo XXI que es inasumible.

Y «Se acabó el pastel» es una manera de decir que se rompió la baraja, que toda persona tiene un límite y que si existe el perdón y la otra parte no cumple su compromiso hasta aquí hemos llegado, pero igual para eso ya se ha recorrido un trecho que ya digo que para mi, y según qué personas, ni siquiera se ha de empezar, porque la infidelidad es la negación del amor y de la persona a la que quieres, de los peores eventos en una relación si no el que más.

Habiendo leído el libro y después echando un vistazo a la película más desenfada y caótica si cabe, te das cuenta de que esta última es una lectura facilona y de cara a la galería, y al encumbramiento de dos protagonistas que son actores de primera fila, y realmente no llego a reconocer la novela en muchos pasajes, porque como ya digo es una versión bastante libre y notablemente cómica.

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