Pues ya casi se me queda atrás el compromiso de leer novelas escritas por mujeres, y también se alojan en el olvido las razones que me movieron a ello. En un sendero nada científico diría que tuve sensaciones encontradas, y tal vez lo que elegí no respondió demasiado a mis expectativas en varios casos, coincidió que leí una temática repetitiva de historias mundanas, líos de faldas y vidas superficiales.
¿Y eso es porque lo escribieron mujeres? Nada, vuelvo a reivindicar que es pura coincidencia. Y justo cuando acababa este periplo por la literatura femenina actual, intenté iniciar otro que es más complejo, el de buscar novelas raras, menos mundanas, transgresoras si se quiere, y me da igual si estaban escritas por mujeres u hombres. Y voy teniendo éxito con lo que tengo entre manos ahora mismo, espero que la suerte me siga acompañando.
Y«Pandora en el Congo» sin ser una novela que yo pudiera decir que tiene una calidad literaria excelsa, lo compensa con algo bastante interesante, y es que tiene un argumento que se sale de lo normal, que nada más que por lo sorprendente que nos cuenta te engancha hasta el último momento y hace merecer que sea un buen ejercicio de entretenimiento.
Porque esta obra con que nos obsequia Albert Sánchez Piñol es una novela dentro de una novela y una historia dentro de una historia, es un viaje a lo desconocido, hacia el interior de personajes increíbles que no sabemos si lo que nos cuentan es cierto o no, o nos engañan. Es la historia de un escritor que es negro de varios negros, es la historia de un abogado que contrata a este escritor para que ilustre uno de los relatos más insólitos jamás contados sobre la colonización del África negra y es, en definitiva, la historia de un asistente de dos exploradores británicos que con su determinación tal vez salvó al mundo. Claro que esta genialidad imaginativa le viene de casta al escritor que es antropólogo y un africanista consolidado, y es que hablar de África siempre nos llena de incertidumbre, la de un mundo tan cercano geográficamente y tan desconocido a la vez.
Thomas Thompson es nuestro escritor, un joven huérfano en la Inglaterra de principios del siglo XX, más en concreto en la época de 1ª Guerra Mundial que, en contra de lo que uno pudiera imaginarse, ha sabido aprovechar el tiempo que ha estado en instituciones de beneficencia para ser un hombre de bien, culto e ilustrado. Su afán es ser escritor de éxito, no se le da mal escribir, pero por el momento se tiene que conformar con ser el negro de un negro de un negro, o sea, que con el trabajo de él otros comen y se llevan su comisión correspondiente y a él lógicamente las migajas, de tal guisa que el escritor que firma prácticamente no llega a conocer quién le escribe en verdad lo que él publica.
Lo curioso es que de ese talento se entera Edward Norton, un abogado de éxito, que le convence para escribir un libro, basado en hechos reales, acerca de una historia increíble que ha sucedido en un tiempo reciente y que considera que él debe narrar para ayudar en un juicio a una persona acusada de un doble asesinato. El hecho de novelar la historia y publicarla habrá de generar en la opinión pública un sentimiento de admiración hacia el acusado, que está entre rejas teóricamente de forma injusta, lo que puede influir decisivamente en el juez para que este reo eluda la pena de muerte.
En un relato personal en el que hay partes un tanto cómicas, Thompson nos cuenta cómo vive en la casa de huéspedes de la señora Pinkerton, de la que cuenta «que ya era vieja cuando nació Tutankhamon», donde se reúnen otra serie de personajes singulares como el irlandés MacMahon, un tipo llano e inculto pero con buen corazón, o la inefable María Antonieta, la tortuga sin caparazón de la señora Pinkerton con la que Thompson entabla una desternillante relación de amor-odio, más lo segundo que lo primero, pero… Dicha casa de huéspedes me recordó aquella otra decadente y hasta delirante, la de la señora Vauquer que nos detalla Balzac en su novela «Papá Goriot».
Thompson accederá al encargo e irá a entrevistarse con Marcus Garvey, el acusado de doble asesinato de los hermanos Richard y William Craver, ocurrido en el Congo, más concretamente en ese Congo Belga de principios del XX, después Zaire y hoy República Democrática del Congo, una de las naciones más extensas de África y de las más pobladas, y yo añadiría también que de las más desconocidas. Cabe subrayar en este contexto que históricamente se ha considerado que la administración colonial de las autoridades belgas fue de las más sanguinarias y degradantes hacia los nativos de toda la historia del colonialismo en África.
Los hermanos Craver, unos tipos un tanto crápulas, deciden emprender con la anuencia económica y espiritual de su padre, un antiguo militar de alto rango, que de algún modo se los quiere quitar del medio, una aventura para tratar de hallar su propio «Dorado». Se valen de Garvey como cocinero, traductor de francés (su madre le había enseñado) y asistente en definitiva, para iniciar su sueño. Este Garvey también es un desheredado como el propio Thompson y casi diría que entre ellos hay cierto paralelismo en lo que es una historia de personajes sumamente humildes que se hacen a sí mismos.
Llegados al Congo se harán con una cuadrilla de porteadores, del que destaca como responsable de los mismos un tal Pepe (castellanización del nombre de un oso con el que convivió Garvey). Los hermanos tratan a los negros como a animales, a base de palos y matando o dejando en la estacada a los que no pueden más en medio de la selva, pues sus intenciones son las de adentrarse en la selva para conseguir hallar una mina de oro.
Conseguirán tal propósito y establecerán una explotación minera que les procurará ser de los más ricos del mundo. No obstante, en medio de ese campamento improvisado y de esas minas tan generosas, surgirán del interior de las mismas una suerte de intraterrestres, los tecton, que serán la especie humana más peligrosa jamás conocida. De entre ellos destaca Amgam una chica albina de más de dos metros, sobrehumana y superhumana, que se convierte en la esclava de William y en un sueño de amor imposible de Marcus Garvey.
Los tecton atacarán en sucesivas ocasiones el campamento y los Craver se defenderán con su potente armamento, pero los tecton son más poderosos, una sociedad recluida en las profundidades de la Tierra, que es avanzada y retrógrada a la vez, pero que rezuma un potencial superior capaz de colonizar toda la humanidad.
Asistimos a toda una increíble historia, llena de mucha poesía y mucho surrealismo, esto último por lo irreal, en la que el desenlace será que Marcus saldrá del campamento con su amada Amgam, mientras los hermanos Craver serán eliminados por los tecton.
La novela se publicará con gran éxito de crítica y público, como se suele decir, el juicio tendrá su desenlace y Thomas alcanzará un inopinado estrellato, pero sabremos algunas verdades que harán más increíble toda esta historia narrada.
Y así, desgranando los episodios de esta aventura fantástica, llego a terminar esta extraña novela que no pierde un ápice de interés hasta su último renglón. Es increíble, pero este es un juego de palabras en sí.
Ah, y el amor, el amor que el personaje de Garvey dirige hacia Amgam, porque a todo esto, el paralelismo es evidente entre Garvey y Thompson, porque este último se ha enamorado de una mujer a la que no conocer pero de la que percibe su destino insoslayable: una mujer alta, extraordinaria…, su Pandora, yo busco mi particular Pandora. Pues eso, yo necesito en mi vida el reforzamiento del mensaje de la pasada semana, igual de poderoso e igual de simple, necesito la misma señal, la de la mujer alta como Amgam, y yo ya haré, porque la vida es buscar gente buena y buena gente, parece lo mismo pero no lo es, la misma señal pues, hágase...
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