"MADAMA BUTTERFLY", DE GIACOMO PUCCINI

Hace unos poquitos meses inauguraba en este blog una nueva etiqueta, «Geografía», a la que añadiría el calificativo de «humana», que me parecería mucho más concreto, pero finalmente opté por algo más genérico porque permite acoger en el futuro un abanico más amplio de entradas dentro de lo que vaya pensando y descubriendo. Yo mismo me congratulé de ello, de este debut, porque hacía mucho más mía esta bitácora, incorporando las cosas que me gustan desde siempre y que no las había reflejado aquí ni sé por qué.

Nunca he pensado que el blog fuera un ente inamovible, aunque durante muchos años lo ha sido en cuanto a las etiquetas, que ya se habían convertido en casi predeterminadas, lo de la Geografía respondió a una necesidad de expresar tantos pensamientos que pululan por mi mente; y ahora incorporo otra etiqueta que más que dar respuesta a una necesidad lo que hace es reflejar la realidad de mi tiempo de ocio y mi avidez de cultura. En tiempos donde me falta una pata en mi vida para tener la felicidad total, el mucho tiempo libre que tengo los fines de semana (no deseado pero inevitable) lo trato de cubrir plegándome a la cultura. Y reflejar aquí este nueva etiqueta «Ópera» me conecta directamente con una razón que se ha convertido en un buen aliado para seguir escribiendo cada semana, y es que el blog ya está sirviendo como mi disco duro externo; y sirve más que bien, porque después de años, cuando repaso una entrada de algún libro, película, viaje…, me conecto con mi yo pasado y de momento en el otros disco duro, el interno de mi mente, se despierta algo en una sala oculta y refresco todos esos recuerdos, eso creo que ha de ser bueno para tener un espíritu activo y crítico.

No sé si acabaré aquí, no pongo límites a las etiquetas y a mis inquietudes, pero este de la Ópera me ha parecido especialmente inspirador, de lo contrario no hubiera parecido aquí, como tantas y tantas cosas que pasan por mi vida y no tienen la suficiente relevancia para que las trate de depositar en este magnífico repositorio.

Si alguien me hubiera invitado a ver una ópera cuando tenía veinte años seguro que hubiera declinado el ofrecimiento, y tal vez hubiera definido esta expresión artística como un rollo. Pero claro, para un joven de esa edad, aborregado, muchas cosas eran y son un rollo, también para un joven de hoy. Yo le he cogido el gusto a ver espectáculos en directo y diría que me llena ver lo que sea, aunque en la teoría diría que no me gusta (el flamenco), por el solo hecho de degustarlo en vivo donde la atmósfera ha de ser necesariamente especial.

En este año, en estos últimos seis meses para ser preciso, he visto dos óperas y estoy a las puertas de presenciar la tercera. Nunca me paré demasiado a pensar por qué no me gustaba la ópera, no soy un apasionado de la música clásica pero entiendo diría que más que la media de la población y la ópera pensaría que tal vez es demasiado redundante, sería como el cine musical llevado a un teatro, y visto lo visto es una pena que no lo haya degustado antes, aunque ahí sí que puedo decir que tengo tiempo para resarcirme.

En esta exaltación de la ópera, en esta mi primera entrada de este tema, he de decir que esta expresión artística es la quintaesencia del teatro, de la música y si me apuran de la danza. Me viene a la memoria un pasaje de la película «Cadena perpetua», de las diez mejores películas de mi vida, en el que el protagonista Andy Dufresne (Tim Robbins) consigue colarse y encerrarse en una garita de la cárcel y en un gesto de rebeldía pone a toda voz a través de los altavoces del recinto una canción de la ópera «Las bodas de Fígaro» titulada «Che soave zeffiretto» cantada bellamente por una voz femenina; por una vez en mucho tiempo toda una legión de asesinos, mafiosos, ladrones y tarugos de todo signo se paran de sus quehaceres para disfrutar de algo que les parece de otro mundo. El mejor amigo de Andy, Ellis Boyd Redding (Morgan Freeman) dice algo así como «Hasta hoy no tengo ni idea de que estaba cantando esa italiana, la verdad es que no quiero saberlo. Hay cosas que es mejor no saber. Prefiero pensar que era algo tan hermoso que no puede expresarse y te hace sufrir por eso mismo. Esas voces se elevaban a una altura y lejanía que nadie osa soñar en un lugar gris. Era como un hermoso pájaro aleteando en nuestra jaula y derritiendo esos muros. Y por un momento muy breve todos en la prisión se sintieron libres». Lo que es bello es bello, y no merece más explicación, ese pasaje es la más palmaria demostración.

Y es que si al teatro en vivo le juntamos diálogos cantados y un concierto musical, uno no puede estar más encantado, y es que el teatro me gusta cada día más y con el aditivo de la música en directo, esa parte en la que una orquesta afina sus instrumentos y los coordina para regalarnos sonidos angelicales, pues la mezcla no puede ser más emocionante. Además es un teatro en el que la parte interpretativa cobra más importancia y responsabilidad que en una obra de teatro convencional, ya que los intérpretes declaman, cantan, deben no solo decir bien los diálogos sino también no fallar en una sola nota, en una obra de teatro si alguien falla casi se perdona en un alarde de improvisación, pero un fallo con una nota cantada ya sí que distorsiona, el mal de los cantantes es la desafinación. Así que mi respeto absoluto a todos los cantantes de ópera porque interpretan, cantan, se mueven y a veces hasta bailan, y todo ello aderezado con bellos decorados, vestuarios sugerentes, historias profundas y música celestial.

Mi bautismo de fuego fue con «Madama Butterfly», confieso que para ser mi primera vez miré previamente algo del argumento, sobre todo porque me planteaba si con esto de que los diálogos eran cantados podría perderme algo del argumento. Al final no hubiera hecho falta y ya, de hecho, no leeré nada del argumento cada vez que vuelva a ver una ópera. Vi la obra el pasado 24 de mayo en el Teatro Cervantes de Linares, de la mano de la Hesperian Symphony Orchestra.

En este drama novelesco compuesto por el grandísimo Giacomo Puccini con libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica se nos presenta una tríada de temas, por un lado el amor, por otro el machismo y finalmente la traición, diría que puestos en ese orden de importancia. El amor tiene un doble registro, el propio del amor hombre-mujer, apasionado, sincero y con un punto de locura, y luego el amor maternofilial, un amor extremo, natural, el que permite que una madre dé la vida por su hijo.

La acción se sitúa en el Japón del siglo XIX, un militar estadounidense se enamora de una geisha, pero entendida esta no con un componente sexual sino como el de una mujer exquisita y educada para ser la perfecta esposa y agradar al varón en múltiples facetas de su cotidianidad. El amor fluye y es la parte idílica de la trama.

El hombre emprenderá su vuelta para continuar su periplo profesional, con el compromiso de volver con su amada. En ese tiempo descubriremos que la joven japonesa ha quedado embarazada y habrá dado a luz a una niña.

Su amado volverá tal y como dijo pero esta vez casado con una joven norteamericana lo que mostrará el machismo y la terrible traición cometida. Y no cuento demasiado más por si alguien quiere verla. Eso sí, desde el punto de vista musical hay arias maravillosas y piezas reconocidísimas.

A día de hoy es fácil acceder a una ópera, más allá de asistir en directo a representaciones que haya en tu zona, serán pocas para la gente de provincias como yo, pero hay que intentar no faltar; y también hay algunos cines (mi segunda ópera la vi en dicho espacio) que proyectan representaciones grabadas en escenarios idílicos y que tienen una calidad superlativa; y desde luego en Internet, en YouTube, se puede ver a día de hoy diría que cualquier ópera y la puedes ver tranquilamente desde el sillón de tu casa.

Por cierto que vi una película que giraba en torno a esta ópera, «Mi dulce geisha», con Shirley MacLaine de protagonista. Una simpática comedia de esas que se hacía antes para ver una tarde de sábado en la tele, desenfadada y un con un trasfondo serio. Creo que hay algunas otras sobre la misma temática.

En definitiva, inauguro nueva etiqueta con el compromiso tácitamente adquirido conmigo mismo de rellenarla todo lo que pueda.

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