El 2025 lo culminé habiendo leído, creo, más libros que en toda mi vida, eso es bueno y malo a la vez, cosas mías. Aparte de los que reseñó aquí a otros, sin embargo, no les doy bola en este blog, por irrelevantes, por malos (a veces me equivoco en mis elecciones), o simplemente porque ya los había leído antes. Esto ocurrió con «Soldados de Salamina», de Javier Cercas, novela que leí junto con mi club de lectura de los martes y que me impresionó mucho menos que cuando lo adquirí, siendo un fenómeno literario, hace ya sobre un cuarto de siglo. No es que la novela envejeciera regular sino que la temática de la Guerra Civil ha dejado de tener la atención para mí que le tenía en aquella democracia balbuciente de principios de este milenio, con heridas aún sin cerrar y con bastantes de los combatientes y actores importantes de aquel conflicto aún vivos.
No obstante, quedó latente la figura de Javier Cercas y en esas semanas en que estuvimos compartiendo el libro, surgió la necesidad, siempre lógica, de ahondar en la figura del escritor, y ahí fue donde subrayamos que había escrito recientemente un libro sobre el papa Francisco en su viaje en 2023 a Mongolia y que, además, coincidía en esos días que nosotros leíamos «Soldados de Salamina» con que dicho papa acababa de fallecer. Por eso me dije que no estaba mal que leyera ese libro, y he de decir que, en un inicio, sin mucha convicción ni pasión por lo que iba a leer, aunque es verdad que el libro volvía a cobrar el interés público tras el deceso de Bergoglio, junto con otros libros acerca de su biografía y andanzas.
Con «El loco de Dios en el fin del mundo», Cercas responde a la petición, diría que sorprendente, que le hizo la Santa Sede de que escribiera un libro sobre el viaje que el papa Francisco llevaría a cabo en el verano de 2023 a Mongolia; un viaje curioso como poco dado que el enorme país asiático apenas cuenta con millar y medio de católicos, aunque se sitúa estratégicamente entre Rusia y China, dos grandes potencias en lo económico, militar y también religioso.
Pienso que ante una petición o encomienda de estas características ningún escritor medianamente nombrado declinaría tal ofrecimiento, aunque eso sí, Javier Cercas planteó una sola condición y es que le permitieran entrevistarse con Francisco, algo que de inicio no se le aseguró.
El libro es, efectivamente, un relato sobre el viaje que Francisco y la Santa Sede hicieron a Mongolia, sus actos institucionales y los pormenores de su agenda durante los días de aquella exótica visita, pero tiene mucho más, de hecho diría que la reseña de aquel viaje es algo anecdótica o circunstancial, porque lo que contiene es una colección valiosísima de entrevistas con gente de la Santa Sede y con personas cercanas al papa, y como corolario de todo esto hay una serie de profundas reflexiones teológicas y escatológicas (esta palabreja tiene un significado aparte del que nos imaginamos y es básicamente el conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba) que hacen del libro una lectura de cierta complejidad en algunas de sus páginas.
Cuando digo que la propuesta de la Santa Sede a Javier Cercas para que escriba este libro no lo digo porque un escritor tan reputado como este no pueda tener las armas para construir un relato digno para afrontar dicha encomienda, lo que sorprende es que se le pida a un escritor abiertamente ateo, o como él dice, un loco sin Dios, que entronca con el título del libro refiriéndose al papa Francisco como «el loco de Dios». Un Javier Cercas que fue criado, como buena parte de la población española, en el catolicismo y que en un momento de su vida se convence de que es ateo, en su caso, de joven, y tras la lectura principal de la novela «San Manuel Bueno, mártir» de Unamuno y, en parte, con algunos libros de Friedrich Nietzsche y Bertrand Russell, como él dice para rematar la faena.
En esa educación tradicional católica, también como muchos españoles, sus padres eran practicantes y su madre, en el tiempo del encargo de la novela, sigue viva aunque ya acuciada por el Alzheimer. Para Javier Cercas la devoción de su madre hace que un hecho fundamental de su devenir se convierta, en cierta forma, en una especie de lema del libro, y es que toda vez que su padre ya ha fallecido, a él le gustaría preguntarle al papa básicamente si su madre verá a su padre cuando muera, tan fácil y tan difícil, o sea, la vida eterna y todo eso.
De hecho es una cuestión que está presente en la mayor parte de las entrevistas que Cercas hace a todos los allegados del papa, gente influyente y cargada de unos enormes conocimientos teológicos. Hay que decir que esa entrevista no prometida con el papa se producirá justo en el viaje de ida de Roma a Mongolia, Francisco lo atenderá durante unos minutos en el avión papal y desde luego que le hará esa pregunta fundamental. Sin embargo el escritor no nos revelará hasta el final del libro, como si fuera el auténtico desenlace de una novela, ni el contenido de su entrevista ni la respuesta a esa pregunta tan simple y compleja a la vez sobre la eternidad de nuestras almas.
Aunque pueda resultar trascendente dicha cuestión no deja de ser algo anecdótico a medida que vamos pasando páginas porque la esencia del libro es, en realidad, una concienzuda disección de la Iglesia Católica, de su actualidad, de sus problemas, de su futuro, de sus retos…
Javier Cercas queda conmovido por la existencia de misioneros en Mongolia así como en remotos rincones de este mundo adonde acuden religiosos y religiosas no a imponer la religión sino a dar testimonio de una vida ejemplar mediante acciones diarias que manifiestan amor a Dios pero sobre todo amor al ser humano. Son personas anónimas que a diario se visten de faena para dar calor, cobijo, educación o futuro a las personas que más lo necesitan: pobres, drogadictos, discapacitados, prostitutas, famélicos… Y el testimonio de todos los misioneros es coincidente, no imponen la religión, ellos son ejemplos andantes de la vida que Jesús de Nazaret propugnaba, cumplimientos de los mandamientos como estrategia vital que yo mismo acojo y que se resumen en una palabra: amor. Cercas llega, además, a una conclusión nada baladí y es que la gran solución a los grandes problemas de la Iglesia sería: «todos misioneros».
Otra cuestión de fondo de enorme preocupación en la opinión pública mundial es el de los abusos sexuales de sacerdotes, esto nos mete de lleno en la dicotomía clericalismo/anticlericalismo. Y me explico, el escritor nos acerca a este contenido defendiendo que Francisco se ha proclamado como anticlerical pero en un sentido muy suspicaz. Francisco piensa, como muchos en la Iglesia y fuera de ella, que los sacerdotes se han investido de un poder que no tienen, se han creído superiores y han profanado su deber divino, abusando de su posición para cometer los pecados más graves e ignominiosos, que bajo juramento prometieron combatir, traicionando la fe de quienes buscaban refugio en ellos. Por eso el papa es anticlerical, quiere romper contra ese clericalismo de superioridad el de esos curas que creen que ellos están por encima de los demás, que ellos son la Iglesia, que empieza y termina en ellos.
Y eso nos entronca con la sinodalidad, esto también es un problema en la Iglesia, el de la utilización del vocabulario, no se entienden sus palabras, a veces muy rebuscadas. En todo caso, la sinodalidad es un proceso de debate constructivo, de discusión, también de oración, en el que todas las partes de la Iglesia hablan y llegan a un punto en común, normalmente para avanzar, para solucionar problemas existentes. Y este proceso no está atrapado por la Iglesia institucional, ni siquiera por la Santa Sede, ni mucho menos por Curia, que se dice que es la que manda verdaderamente en la Iglesia, más que el papa; en este proceso están todos, estamos todos, los sacerdotes, los misioneros y los cristianos de a pie, que tienen muchísimo que decir. Si verdaderamente la Iglesia se abre para que sea pueblo ante todo podría tener solución.
No es cuestión baladí, que también analiza Cercas, sustentado en la opinión de muchos de sus entrevistados que la Iglesia está de capa caída, por decirlo de manera llana, especialmente en Europa, con un sacerdocio que se ha profesionalizado, como si fuera un oficio más despojado de cualquier atisbo de divinidad, hastiado, cansado, ante una feligresía netamente envejecida y cada vez más exigua, teniendo que dar un montón de misas a lo largo de la semana por la inexistencia de vocaciones, a veces haciendo muchos kilómetros al día. Yo voy con mi madre a misa de vez en cuando y me aburro profundamente; la homilía, que es el punto diferencial de cada celebración es un rollo macabeo que no conecta a nadie, o lo que es lo mismo, duerme a todos, y hay muy pocos curas que no suelten el rollo. Algunos sacerdotes con los que habla el novelista ponen el acento en esta cuestión, que los curas sean más sociales que modernicen la palabra de Dios, de otro modo, la Iglesia tal y como la conocemos, herida de muerte, terminará siendo un reducto anecdótico.
Aun así, y eso es una verdad solemne, la Iglesia resiste después de dos milenios, el papado resiste, pero necesita aires de renovación, digamos que Francisco ha intentado protagonizar muchos cambios, en su talante y en sus declaraciones lo hemos visto, pero a la hora de la verdad nada. Y el libro desvela que no es por no querer, sino porque para cambiar hacen falta años, muchos, la Iglesia es una institución rocosa que no evoluciona con rapidez, pero quiero entender que en el futuro, tal vez este que escribe no lo vea, se rompa con determinadas cuestiones que ni son dogma ni están plasmadas en las Escrituras, tales como permitir que los curas se casen o que las mujeres puedan acceder al sacerdocio.
Lamentablemente Francisco murió, tal vez hizo menos de lo que él quiso, ya era incluso un hombre anciano cuando llegó a papa, pero hizo mucho ruido, incluso equivocándose, porque se ve que improvisaba mucho, decía lo que pensaba y a veces decía lo que no pensaba y se le interpretaba erróneamente o a veces se equivocaba. Y hoy está León XIV, que no hace mucho ruido, realmente ninguno, y eso no es bueno, porque volver a poner somníferos a la estructura eclesial no es ni bueno ni recomendable.
A todos nos interesa lo que sucede en la Iglesia Católica, cuando murió Francisco buena parte de los mandatarios mundiales estuvieron en su entierro, y no tenía que ver con religiones, tiene que ver con la fuerza de una Institución que ha soportado dos milenios y que ha aguantado con todo, teniendo enfrente guerras y políticos de todo signo a los que ha ido toreando con mayor o menor acierto. A día de hoy sigue siendo un grupo de poder e influencia de los más importantes del mundo si obviamos a los gobiernos.
De algún modo tengo que dar el reporte de esta lectura a gente que me preguntó que cuando leyera les comentara, hay al menos dos personas que me pidieron que les hablara de mi impresión del libro cuando lo leyera y me quedan sendas conversaciones personales con ellas. Me ha gustado mucho el libro, es muy inspirador, dice cosas muy bonitas, hay otra Iglesia detrás de la institucional y que es muy ejemplificante, me he emocionado en algunos capítulos. Para mí el 2025 fue también, de alguna manera, el año en que «salí del armario» a mí manera, tengo la misma condición que Javier Cercas, soy ateo (también leí el famoso libro de Unamuno aunque no creo que eso me convenciera) pero no como un signo de osadía o de rebelión, porque me gustaría que hubiera vida eterna y volver a ver a los que ya se me fueron, lo cual como señala Cercas es algo absolutamente revolucionario y maravilloso a la vez, soy ateo por ignorancia porque mi pequeña mente no consigue comprender que haya algo después de la muerte. Estoy tranquilo con mi sentimiento pero envidio a la gente que cree con convicción en la vida eterna, porque está persuadida de que estar en la Tierra es un tránsito hacia una vida mejor, pero yo soy así, mi cabeza no da para más, me conformo con ser mejor cada día, a lo mejor obrando como un buen cristiano, mejor que muchos cristianos que creen. Los sacerdotes con los que se entrevistó Cercas también dicen que yo tendría cabida en la Iglesia Mucha gente sabe que soy ateo, porque se lo he dicho, este año se lo dije a la persona más importante que tenía que saberlo, a mi hermana; a mi madre no se lo voy a decir, no hay necesidad de que tenga que pasar por un mal rato.
Y termino con una sentencia que repite Cercas durante el libro, si hubiéramos conocido el catolicismo desde el prisma del testimonio de los misioneros la Iglesia solucionaría muchos de sus problemas. Una de las cosas que siempre me hizo rehuir de la religiosidad es la imposición, el miedo al infierno como estrategia para llevar una vida recta. Alguien me dijo una vez que cada vez que me masturbaba era como si estuviera crucificando cada vez a Cristo y tardé tiempo en convencerme de que qué daño le podía hacer yo a nadie con ese acto tan privado, íntimo y generoso, peores son los asesinos, ladrones o violadores.

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