En uno de mis grandes descubrimientos musicales de 2025 resonó con fuerza este Javier Márquez, que sin haberlo buscado expresamente también es de por aquí cerca, cordobés, y quiere decir con esto que no tengo un plan pero tengo sí una deriva, un intangible, hacia sonidos familiares, de mi imaginario, que escuché desde que tuve uso de razón, es como escuchar flamenco, puede no gustarme demasiado pero cuando suena lo percibo como algo propio.
Y es que ya me ha pasado con varios músicos, es como si esas fuentes de las que beben también las hubiera visitado yo, que no bebo, en todo caso escucho ese agua, pues mis conocimientos técnicos musicales distan años luz de los que se dedican profesionalmente a esto.
Lo curioso es que llegué a Javier Márquez igualmente en una búsqueda no programada de un instrumento musical que desde que lo escuché por primera vez en las películas que tratan sobre el exterminio armenio (perpetrado por los turcos y posterior diáspora de dicho pueblo acaecida en el primer tercio del siglo XX) me quedé hipnotizado. Los ecos musicales de aquellas películas evocaban una especie de banda sonora común en la que de forma recurrente sonaba un instrumento musical ancestral, el duduk (una especie de flauta de doble lengüeta), que se fusiona ineludiblemente con los sonidos del denominado, bajo la perspectiva de los europeos, Oriente Próximo.
Un Oriente Próximo que aunque sea por una obvia cercanía geográfica tiene más en común en cuanto a música con respecto a los países del arco mediterráneo que los países del Lejano Oriente, por ser muy gráfico, la música que se englobaría en el amplio concepto de «andalusí» está más emparentada con la música armenia que con la música china o india.
Es sumamente inspirador leer la historia del duduk pues sus raíces son milenarias, se pierden en la noche de los tiempos, y tan inspirador como ello es el hecho de que sigue siendo el instrumento artesano por antonomasia, puesto que se elabora con madera de albaricoquero y para su elaboración se elige un árbol que tenga unos 30-35 años de vida y luego se deja secar la madera entre 5 y 8 años, por lo que se deduce que aunque haya artesanos dedicados a su fabricación no pueden acumular un gran almacén, imagino que tienen un número de ventas previstas, y por tanto, no se produce una venta masiva y ni mucho menos bajo pedido urgente de grandes cantidades. Obviamente sí que he visto en Internet que siempre hay unidades a la venta y aunque por su forma y materiales tiene una elaboración no muy compleja y sería teóricamente barato, lo que encarece su valor es precisamente el tiempo y la artesanía que conlleva, es como un buen vino que se hace mejor y valioso con su envejecimiento en la bodega de origen. En todo caso, tocar este instrumento y no digo hacer que salga sonido, sino simplemente palparlo, nos ha de imprimir tanta fuerza..., la que se deriva de una madera que ha estado callada durante casi medio siglo antes de haberse convertido en esta curiosa flauta, lo cual debe ser una experiencia inenarrable.
Por cierto que el albaricoquero, el árbol, y su fruto, el albaricoque, son elementos que se unen por derecho a la cultura armenia, es un auténtico símbolo del país, porque su origen está allí, de hecho su nombre científico no puede ser más revelador: Prunus armeniaca.
No obstante, lo más significativo sin lugar a dudas de este instrumento es que es, como pocos, uno de los que más se confunden con la voz humana, en su escucha podemos pensar que es un lamento, una voz suave, melancólica, hasta cierto punto triste, y como no puede ser de otro modo, esencialmente me transmite belleza.
Ese modo de expresar emociones profundas casi considerado como una metáfora del ser humano y su alma le valió en 2008 el reconocimiento de la UNESCO que inscribió al «Duduk y su música» en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Se conocen pocos intérpretes españoles o afincados en nuestro país que toquen profesionalmente el duduk y, sin duda, el que yo diría que es más reconocido y reconocible es Javier Márquez, el cual consigue extraer de esta madera de albaricoquero unos sonidos casi sobrenaturales, que nos hablan y nos llegan a lo más profundo de nuestro ser. Este cordobés ya lleva muchos años vinculado profesionalmente a la música, inicialmente como músico de cámara (oboe) tras finalizar sus estudios en el Conservatorio Superior de Música de Córdoba, y dedicarse a la docencia. En esos primeros años fue cuando empezó a familiarizarse con instrumentos exóticos, el ya referido duduk, pero también el bansuri (flauta travesera originaria de India, Nepal y Pakistán), participando con esos instrumentos en grabaciones de otros músicos, así como la producción de música para medios audiovisuales.
En 2012, con la madurez de sus 34 años, es cuando da el salto y edita su primer disco «Si mi niño se durmiera», una fusión de canciones de cuna, con música ambiental y sonidos étnicos, principalmente andaluces (con evocaciones flamencas) y andalusíes.
Sería en 2021, hace poco menos de un lustro, cuando Javier Márquez realmente consolidaría su trayectoria profesional y centralizó sus esfuerzos creando una empresa de producción musical que también era estudio de grabación llamada ACORDIA Music, instalaciones que tiene en la ciudad de Córdoba. Bajo ese sello creó el disco más trascendental de su carrera, «The Shelter Point», una fusión de piano neoclásico, música electrónica e instrumentos ancestrales como el consabido duduk. Con este disco obtendría los prestigiosos premios Hollywood Music in Media Awards y Global Music Awards, en la categoría New Age/ambient. Es un disco que me ha inspirado muchísimo, muy dinámico, pegadizo, pero a la vez triste y evocador. El escuchar alguno de sus temas me transportaba a aquel exilio de los armenios del principios del siglo XX. Igualmente en sus temas aprecias esa fusión entre sonidos orientales y de aquí, como «Bedouin», un tema que refleja claramente ese esfuerzo por conjugar identidades culturales.
Javier Márquez se ha especializado en hacer trabajos a medida para quien lo requiera, es como un freelance de la música, puesto que con su formación clásica ha ido adquiriendo conocimientos técnicos y se vale del aparataje más a la última para construir espacios sonoros evocadores. Alguna de sus colaboraciones figuran en la banda sonora de la famosa serie «La casa de papel», y últimamente en la película «El cautivo», de Alejandro Amenábar.
Es en ACORDIA Music donde él ofrece sus servicios, valiéndose de otros músicos, posibilitando la incorporación de un importante abanico de instrumentos para que el resultado final sea del gusto del demandante, en un rango de estilos musicales de lo más variado, aunque teniendo como base lo ambiental.
Amén de que en 2024 también sacó un disco muy potente, «Momentum», en estos últimos años ha seguido haciéndose un hueco en este complejo mundo de la música de minorías, y tiene colaboraciones con el genial violinista Ara Malikian (libanés de origen armenio, que tenemos el gusto de que viva en nuestro país, y al que el duduk no le es extraño), Vicente Amigo (por aquello de que Javier Márquez sigue proyectando sus raíces andaluzas, formando parte permanente de su grupo de músicos en las últimas giras), Julie Elven o Clara Sorace.
Cuando escucho a Javier Márquez no solo escucho Armenia, Al Andalus, Andalucía, también su paleta sonora me transmite ritmos actuales, música disco y electrónica a ratos, y siendo mi absoluta apreciación, escucho similitudes de la banda canadiense Sleepthief o de los irlandeses de Mogway.
Me emociona el homenaje de Javier Márquez hace en muchas composiciones al duduk armenio, instrumento que además se toca a menudo con respiración circular (técnica que permite soplar de forma permanente, sin que se note la inspiración del instrumentista), lo cual le da más amplitud al lamento con el que nos resuena en nuestros oídos.

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