"UN HOMBRE SIN PASADO", DE AKI KAURISMÄKI

No hay nada mejor para que se nos quite la boina virtual del patriotismo como salir de tu entorno, incluso salir de tu país, sobre todo te darías cuenta de que tú y tu identidad no es lo más grande o lo más importante, eres, más bien, uno más, y lo que tú haces y defiendes creyéndote alguien extraordinario, otro lo está realizando de la misma manera o mejor que tú en cualquier otro sitio.

A falta de poder viajar físicamente yo intento viajar con la mente, ilustrándome y documentándome para poder ser más crítico con mi entorno, para ser más ciudadano del mundo y menos rendido a mi paisanaje.

Y todo esto viene al tanto por la razón de que tenemos un concepto asentado de que países escandinavos y nórdicos, no es exactamente lo mismo (nórdicos son Islandia, Finlandia, Noruega, Dinamarca y Suecia, y escandinavos los tres últimos), son más avanzados que nosotros, los países mediterráneos, y no es oro todo lo que reluce. Tuve la oportunidad de viajar hace unos años a Noruega y el alto nivel de vida contrastaba con una población muy triste, así como la coexistencia de clases desfavorecidas con unos importantes índices de alcoholismo, tal vez el alcohólico en el sur de Europa tiene un hábito más social, colectivo, pero en el norte de Europa es más individual, más degradante si cabe.

Igualmente tenemos el concepto de que esos países de inviernos extremos y personas de cabellos rubios viven muchísimo mejor que nosotros, y curiosamente hay un país que es distinto, bastante distinto a los demás, como es Finlandia que, ya lo he dicho, es nórdico pero no escandinavo, y que además tiene un idioma de otra familia que no es la de las lenguas danesa, sueca o noruega (familia indoeuropa), siendo el finés de la familia urálica (rama finougria), muy similar al estonio y emparentado con el húngaro.

Los fineses siendo bastante diferentes a los países mediterráneos sí que tienen más similitudes que lo que nos une a los suecos o noruegos, y básicamente por una razón bastante intangible pero potente a la vez, como es su nivel de vida. De hecho, entre los cinco países nórdicos el que tiene la renta per cápita más baja es Finlandia, y es significativo que sea el único de esos cinco que forma parte de la Unión monetaria, Suecia y Dinamarca son miembros de la Unión Europea pero no tienen el euro, y Noruega e Islandia no son miembros en ningún caso. La decisión de Finlandia fue, en su momento, toda una declaración de intenciones, quería acercar su distancia geográfica de una forma simbólica pero potente a los países del centro y sur de Europa.

Finlandia es un país que ineludiblemente nos hace pensar en su educación, en el imaginario colectivo el número uno en el informe PISA, pero desde el año 2006, sus puntuaciones han caído de forma constante en matemáticas, lectura y ciencias; su sistema ya no es tan perfecto, a causa de la falta de profesores y cualificación de estos, o los problemas de disciplina, aquel «estándar de oro» ya no es lo que fue.

Aquella Finlandia teóricamente idílica, aun disponiendo de una imagen económica más dulce que los países mediterráneos, sigue teniendo enormes desigualdades, alimentadas por la creciente inmigración a la que no es ajena ningún país de Europa, lo que incrementa la delincuencia de baja escala que, igualmente, rompe con aquel famoso reclamo de que pasear por las calles de aquel país o de sus vecinos era muy seguro, hoy no habría que fiarse.

Valga este largo preámbulo, no quería extenderme tanto, para presentar esta película que tenía tiempo reservada y que quería visionar con bastantes ganas. Y es que Aki Kaurismäki ha estado siempre en el punto de mira de la cinematografía como el director que da voz a los desheredados, y sí, a los «nadie» de esos países, de ese país, Finlandia, donde tal vez no nos figuraríamos que hay gente que lo pasa realmente mal. Kaurismäki se ha reivindicado en su carrera como el gran poeta de los marginados, dando voz a obreros de cuello azul, a alcohólicos, a desharrapados, a pobres, a refugiados, a solitarios, a perdedores, a gente sin hogar… Todo un realismo social que impacta más por el país de donde nos viene, marginalidad entre tanto desarrollo y tal vez por ello más alienación.

«El hombre sin pasado», de 2002, es una oda al hombre sin futuro y es todo un rayo de esperanza. Un hombre viaja a Helsinki en tren, triste, cabizbajo, fumando de forma empedernida (toda la película) y con una maleta a cuestas. Se para en un parque y allí es atacado por unos energúmenos que le roban y lo patean de forma horrenda hasta casi matarlo, al esparcir sus pertenencias aparece una máscara de soldador, lo que nos ofrece un dato sobre su vida. En el hospital certificarán su muerte y en un guiño al realismo mágico (única licencia del director a lo irreal) se levantará, se recompondrá y se marchará. El protagonista, M, ha perdido la memoria y va a parar a la zona portuaria de Helsinki, donde «despertará» para iniciar una nueva vida.

El puerto representa el «no-lugar», el punto de llegada de los que no tienen nada y el punto de partida de los que quieren huir. A principios de este siglo zonas como Kalasatama o el puerto de Herttoniemi eran áreas industriales medio abandonadas, llenas de grúas, maquinaria oxidada y contenedores sin uso. Hoy estas zonas se han regenerado siendo presa del fenómeno de la «gentrificación».

Los desheredados del puerto tratan de vivir en esos contenedores abandonados donde tratan de construir sus vidas con la máxima dignidad, gente con escasos recursos, sin trabajo o el que tienen es muy precario, son pobres en un país que se enorgullece de tener su empresa más mundialmente reconocida, Nokia. Otra metáfora, vives en un contenedor, un objeto diseñado para transportar mercancías pero no para albergar seres humanos.

M es acogido inicialmente por una familia que le ofrece lo poco que tiene, un caldo, un pitillo, una cerveza y la invitación a acudir al Ejército de Salvación (organización sin ánimo de lucro muy implantada en países anglosajones y del norte de Europa) donde pueden comer caliente cada día.

Nuestro protagonista es nadie entre los que no son nada, porque no tiene papeles, él no sabe ni cómo se llama, aunque tiene lo más importante, es un hombre íntegro, un buen hombre, y pese a que no puede conseguir trabajo legal irá acogiendo pequeños empleos esporádicos. Con lo poco que gana conseguirá instalarse él también en un contenedor. La gente de los contenedores es mayoritariamente gente honrada y que son felices, a su manera, con lo poco que tienen; nos demuestran una camaradería y una solidaridad inusuales, sabedores de que solo entre ellos mismos está el impulso para tratar de salir de ese estado.

Un tipo honesto como él se verá recompensado, conocerá a una mujer perteneciente al Ejército de Salvación, y se enamorará de ella, en una relación muy sincera y que nos llegará al corazón. Pero es que además M se nos revela como un tipo emprendedor, y en otro giro de guion sorprendente, será capaz de organizar un pequeño concierto de rock para el público selecto que vive en los contenedores. El grupo que ameniza los comedores del Ejército de Salvación se pondrá por primera vez en la vida a tocar rock, lo que jamás ha hecho, e ilumina la vida de esas gentes que tal vez nunca tuvieron la oportunidad de gozar de aquella manera.

Nuestro hombre sin pasado intenta encontrar trabajo legal, a duras penas, y al ir a un banco a abrirse una cuenta (en Suiza), asiste como testigo a un robo, la policía le toma declaración y lo detienen por no facilitar su identidad, que obviamente no tiene. De un modo u otro se verá envuelto en una trama que él no buscaba y que provocará que su foto salga en los periódicos, siendo reconocido por su mujer.

M estaba contento con su vida actual, era feliz, y ahora descubre que tiene una vida, una vida antigua y a la que se debe, quizá mejor en lo económico, pero desde luego peor en lo sentimental. Volverá a casa e irá recomponiendo su vida, ¿la antigua o la nueva?

Y es que ¿quiénes seríamos si mañana olvidáramos todo lo que se supone que debemos ser? Porque es que lo inspirador de esta cinta y que me hace reflexionar es que no pocas veces estamos atrapados en vidas que no elegimos, sino que simplemente heredamos de nosotros mismos. La paliza inicial, aunque brutal, es el precio que M paga para poder nacer de nuevo.

La conclusión es profundamente humanista, la identidad no está en tu nombre, en tu documento de identidad o en tus posesiones, sino en quién decides ser hoy y con quién decides compartir tu tiempo.

Dentro de un ambiente que a priori puede ser hostil, Kaurismäki nos dice que, incluso cuando parece que nos han quitado todo (hasta el nombre), siempre queda la posibilidad de encontrar un rincón en el mundo para ser felices, y esa lección sobre qué es lo que realmente da valor a la vida nos la da a través de los personajes más pobres de la escala social.

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