"LES REVENANTS", LOS QUE REGRESAN DE LA MUERTE PARA AJUSTAR CUENTAS

Imagino que en España a la productora que tenía los derechos de distribución de esta serie «Les Revenants», le pareció demasiado vulgar hacer una traducción literal del título, sería como los regresados, los regresantes (ambos sustantivos perfectamente construidas), los que regresan o los retornados, pero sonaba en su idioma original, el francés, más esnob, y también tal vez le acentuaba el halo misterioso de una ficción que se desarrolla en un ambiente extraño, quedaba mejor así y sus personajes mejor encasillados, más alejado del contexto idiomático.

Pero vayamos dando detalles porque vuelvo a reivindicar como muy propio de mí uno de los motivos que me llevó a visionar esta serie, y es que lo hice incidentalmente porque conocí su banda sonora antes que la misma, sí, porque de algún modo supe del grupo Mogwai, ya ni recuerdo cuándo ni por qué, pero el caso es que me sonó diferente, porque como dice un viejo poeta y amigo virtual del que un día hablaré aquí, hubo un momento en que las músicas existentes no eran suficientes, y cuando yo percibo algo que se sale de lo habitual se me pone el oído en modo radar y hasta me obsesiono con saber todo de los creadores de esos nuevos sonidos.

Mogwai es una banda escocesa de post-rock especializada en música instrumental centrada en una melodía inicial y desarrollando variantes sobre la misma. Es una especie de grupo independiente y su estilo es muy definible aunque la base es guitarras eléctricas, con lo que resulta extraño pero moderno a la vez. Es la banda sonora del inicio de cada capítulo, con un fondo intimista y algo perturbador.

Y es que junto con esa música inquietante las imágenes que presentan la serie ya nos aventuran que no se va a tratar de una serie de humor, es más intriga e introspección psicológica. Se desarrolla en una localidad media de Francia, nunca se dice cuál es pero es una zona cercana a los Alpes, en la realidad hubo varias localizaciones todas alrededor de la ciudad de Annecy en la Alta Saboya.

La serie empieza muy íntima con el drama de personas que han perdido a sus hijos en un accidente de autobús hace unos años, y rápidamente en el primer capítulo, esos muertos comienzan a aparecer. Si hiciéramos una interpretación literal de lo que representa la serie diría que es de zombis, pero no es el caso por la estética de los mismos, ya que esos muertos vivientes no tienen aspecto de zombis, son personas normales, tan normales que para ellos es como si el tiempo no hubiera pasado, aparecen y empiezan a desarrollar una vida normal para sorpresa de sus familias, amigos y toda la comunidad.

Ellos mismos van poco a poco tomando conciencia de su situación intentando entender por qué están ahí si están muertos y, muy fundamentalmente, cuál es el motivo último de su regreso. Empiezan a aparecer y cada uno tiene una historia detrás con lo que se generan varias subtramas que no se interconectan entre sí: una joven que vuelve a su casa, un niño que no encuentra a sus padres y es acogido por una chica, uno que tenía una novia y esta ya está casada, aunque ahora vuelve a encontrarse con ella, un asesino en serie con un largo historial de crímenes en un túnel, el arquitecto de una presa…

Todas esas historias inconexas tienen el punto de unión del porqué, qué les mueve a haber vuelto, porque lo que sí es verdad que esos personajes regresados van mostrando sus motivaciones que van desde lo personal, como el amor, a lo más sibilino, como la venganza e incluso la muerte. Lo de la venganza tiene su punto de reflexión también porque los regresados no quieren cargarse a esos malos que le hicieron daño, más bien abrumarlos con la culpa.

Es una serie atípica y, por cierto, para los chauvinistas, no es por el hecho de que sea francesa, pues en ese país se hacen productos geniales, es más, diríamos una serie «a su manera», porque es incomprensible a veces, demasiado filosófica, tal vez muy enrevesada, pero yo creo que ahí está lo genial y extraño de la serie a la vez, que te obliga a seguirla, que intentas buscar respuestas en medio de un argumento un tanto caótico en ocasiones. A eso hemos de unir, en lo errático de las subtramas, que su desarrollo es muy lento, con escasez de acción, contribuyendo a dicho carácter el reparto del tiempo de los personajes, muy equilibrado, por lo que algunas subtramas van perdiendo peso y se recuperan varias escenas después, tal vez eso sea lo peor de la serie, que la historia es muy buena, pero ese desarrollo lento, pesado, aburre a veces, o en otras no llegas a comprender alguno de los diálogos, demasiado profundos…, aunque luego entenderemos, pienso, que los creadores realmente nunca querían que supiéramos la verdad de todo, como permitiendo que el telespectador hiciera su propia interpretación.

En esa ambientación un tanto gris sí que es verdad que el desempeño de la fotografía en esta serie es de lo mejorcito, las localizaciones son una pasada con buena parte de las escenas en exterior, porque como apoyos de la trama principal que la hay, hemos de tener en cuenta que las autoridades intentan poner un poco de orden en este caos, hay escenarios recurrentes: un pub, las casas de los personajes, una presa (que descubriremos en la segunda temporada que se rompió treinta y cinco años atrás), un restaurante de ambientación estadounidense, bosques y cabañas en la montaña, la parroquia de la localidad principal, un centro de acogida llamado «La mano tendida»...

Dentro de la cierta heterogeneidad de las subtramas hay algunas que me llenan más que otras, sin duda si le preguntaran a los que han visto la serie, creo que la mayoría coincidiríamos en que el personaje de Víctor (Swann Nambotin), el niño que aparece y es acogido por una joven a la que no conoce de nada, teóricamente, es el más inquietante de todos. Un niño que no habla al principio, que hace dibujos un tanto siniestros, que sufrió un incidente bastante traumático en su infancia y eso le marcó, además no se sabe si por ello o aparte de ello tiene la capacidad de predecir el futuro y todo lo que predice se cumple.

En otra de las subtramas tenemos a ese joven que vuelve a intentar recuperar a su novia, y esta ya está casada con el comisario de la ciudad; la chica rememorará ese amor, teniendo en cuenta que el regresado sigue teniendo la lozanía de la juventud que tenía cuando murió y tendrán relaciones de las que nacerá el bebé Nathan, que se convertirá en una especie de fetiche para los regresados ya que es una mezcla de vivo y muerto.

La serie discurre por dos temporadas que tienen cierta diferenciación entre ambas, con ocho capítulos cada una de ellas de unos cincuenta y cinco minutos de duración. En la primera se presentan los personajes y las subtramas, es comprensible, todos van apareciendo y sabemos lo que les ocurrió y cómo intentan retomar su vida anterior mientras van asumiendo que están muertos y que deben buscar respuestas a ese enigma. El fin de la primera temporada está marcado por el nacimiento de Nathan y la necesidad de los regresados de hacerse con el niño porque es un teórico nexo de unión entre la vida y la muerte. En la segunda temporada, mucho más compleja, es una idea y venida de momentos del pasado y del presente en los que los personajes nos van contando qué les pasó y en el presente van perfilando qué misión tienen en este regreso entre los vivos. En esa segunda temporada confirmaremos otro hecho pasado crucial y es que los regresados no todos proceden de hace diez años (el accidente de autobús), sino también son los que murieron por la rotura de la presa de la localidad treinta y cinco años atrás.

El fin diría que no es del todo entendible, y como he comentado más arriba está sujeto a varias interpretaciones, pero por no desgajar demasiado el final diría que el niño Víctor desde varios capítulos antes se va percibiendo que es la clave de todo, y también sabremos el destino del bebé Nathan.

Para el que busque una serie fuera de los cánones de la ortodoxia aquí hay una razón para verla y también para esos otros que quieren pensar más de la cuenta a la hora de enfrentarse a una serie.

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