Reseñaba hace unas semanas la obra de teatro que tuve la oportunidad de ver (que no el placer), «Mejor no decirlo», de Salomé Lelouch, con la interpretación de María Barranco e Imanol Arias; que no me pareció ni una obra tan cómica como pretendía, ni chisposa, ni las interpretaciones a la altura de actores tan icónicos, especialmente la de Imanol. No tengo tantas posibilidades de ver teatro en directo, y este 2026, mucho más complejo en lo personal, con bastante menos frecuencia; sin embargo, justo ese fin de semana vi la primera y, al día siguiente, la que hoy reseño.
Como he referido en más de una ocasión en esta bitácora, las representaciones teatrales se llenan de comedias, porque parece que tenemos una perentoria necesidad de reír, y es verdad, pero me temo que aunque resulte un tópico, es más difícil hacer reír que hacer llorar, y cuando se reviste una obra de comedia y tiene poca gracia lo cierto es que me decepciono enormemente como me pasó con la de Lelouch.
Pero al día siguiente todo se recuperó, el mal trago del día anterior quedó enjugado. Para empezar la obra «Campeones en el teatro 2», que lleva como subtítulo «Si Lorca levantara la cabeza...» es la continuación o una secuela de la obra «Campeones de la comedia» que tuve la oportunidad de ver en Andújar unos años atrás. Por seguir con el recorrido histórico estas obras forman parte de un proyecto que deriva de la película «Campeones» de tal forma que con esta compañía teatral se daba soporte a algunos de los actores de la cinta, como un modo de ofrecer continuidad laboral y un modo de vida a personas que jamás soñaron con ser artistas y ahora lo hacen con profesionalidad y merecido éxito.
La primera obra me supo muy bien, tengo un buen recuerdo de ella, y ya se sabe que «segundas partes…», pero hasta diría que esta es más atractiva y compleja que la anterior, de manera que da la impresión de que se ha hecho un esfuerzo por no quedarse solo en lo tópico y mezclar la comedia con lo serio, haciéndola mucho más reflexiva.
La continuidad de ambas obras es patente, porque algunos personajes son los mismos con sus respectivos nombres, aunque para los que no han visto la primera hay total independencia, pues nada condiciona la una con la otra, y además el cambio de actores apenas deja resquicio al recuerdo de la anterior, apenas tres actores repiten y uno de ellos la inefable Gloria Ramos.
Esta especie de segunda parte, aunque como digo las tramas no tienen ninguna relación, cuenta con otro icono como es Juan Manuel Montilla, el Langui, convertido en un todoterreno que lo mismo te canta un rap, hace series, películas, obras de teatro, ha sido director de cine e incluso últimamente metido a deportista de élite como jugador de boccia. Ni que decir tiene que esta obra, que también es un producto comercial, tira de estrellas para hacer caja, pero si el resultado es apetecible al público, pues nada que reprochar.
No calculé demasiado que esta obra se representaba el pasado 18 de abril, en la Casa de la Cultura de Bailén, justo a la misma hora que se celebraba la final de la Copa del Rey de fútbol, y eso que la hora era un tanto tempranera, la de la Copa del Rey, a las 19.00, hora aproximada en que comenzó la obra. No sé si redujo la presencia de público, aunque no había mala entrada, lo cierto es que en Bailén apenas se llena el aforo, salvo para obras locales (adonde acuden los familiares, prácticamente un autoconsumo).
El personaje de «el Langui» dirige un proyecto de teatro en un barrio, en el que precisamente le da la oportunidad de interpretar a gente con discapacidades, o como se dice ahora con capacidades distintas, y además lo hacen poniendo en escena obras clásicas aunque con una adaptación un tanto singular, en este caso, la obra que se pone de relieve es «La casa de Bernarda Alba», de Lorca; y obviamente esa reescritura tiene unos tintes un tanto cómicos, lo que da origen al subtítulo que alude a qué diría Lorca si levantara la cabeza, y yo añadiría que probablemente estaría encantado.
En esta ocasión, el personaje antagonista adopta un formato de espectáculo circense donde los payasos son los chicos del grupo teatral, mientras que Claudia (interpretada por Claudia Fésser) es el personaje serio, sin discapacidad, que intenta aprovecharse del trabajo de ellos. En realidad, pretende conseguir el papel de su vida haciéndose pasar como discapacitada, engañándolos y no dando a conocer su principal motivo, egoísta por otra parte.
Mientras se sucede la trama, que tiene esa evolución, desde la preparación de la obra, el germen del engaño y el desenlace, cuando se conoce la motivación de Claudia, se suceden escenas muy cómicas, con chistes muy inteligentes, con un adecuado uso de las bromas de las propias discapacidades, como una manera de destensar lo políticamente correcto, y que lo hagan ellos mismos no deja de ser más gracioso aún; y es que las situaciones eran de lo más disparatadas y se me escaparon unas risas que las necesitaba verdaderamente.
La parte interesante o seria de la obra que la hay, y que alude a la complejidad del argumento, es que esta vez el engaño que pretende Claudia, y que le sale mal, nos revela una auténtica lección de vida y es que más allá de las palabras, la sociedad necesita seguir teniendo más sensibilidad hacia las discapacidades y a veces los menos capaces son aquellas personas que por sentirse físicamente o psíquicamente válidas son incapaces de ver las posibilidades de otros, juzgando y denigrando, y demostrando que ellos mismos son los verdaderamente discapacitados.
Me gustó mucho la obra, ya digo que me supo a gloria tras el fiasco del día anterior, y además es todo un orgullo que el guion sea de un bailenense ilustre como Pedro Lendínez, que estaba en la sala. Esto sí que una buena obra, con actores que interpretaron fantásticamente sin ínfulas de estrellas.
No sé si esto que voy a poner es adecuado, pero tampoco soy tan importante ni esto lo lee mucha gente, por cuestiones profesionales puedo saber lo que se pagó por la obra, que aquí es un precio adecuado de mercado, pero me resultó más interesante conocer el rider de hospitalidad, o las exigencias que habían pedido, y era de lo más cuqui, pues se trataba de chocolatinas, galletas o botellas de agua, poco más de veinte euros.

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