Apenas tenía yo un año cuando se lanzó este libro. La periodista de guerra, metida circunstancialmente a escritora, Oriana Fallaci, nos ofrecía en primera persona un relato desgarrador sobre la Guerra de Vietnam, contienda en la que estuvo en primera línea oyendo las balas y las bombas tan cerca que fue casi un milagro que sobreviviera.
Recordar que yo apenas tenía un año en 1969 —y observar lo que la historia bélica contemporánea nos sigue mostrando— confirma que apenas ha cambiado nada. En todo caso, lo mejor que ha tenido este libro para mí es que me ha permitido sacudirme la imagen sesgada de aquella contienda, transmitida durante décadas por el relato interesado de los estadounidenses, para documentarme y tener una idea mucho más certera e imparcial.
Imagino que más que ser valiente un corresponsal de guerra ha de estar un poco loco y grandes dosis de adrenalina para aventurarse en ser testigo de excepción en los conflictos bélicos, sabiendo que su vida está en juego. Hay innumerables casos de reporteros que perdieron la vida precisamente por estar en el centro del meollo, tal vez del que más me acuerde y más me pena me dio fue de Ricardo Ortega, fallecido en 2004 en Haití, y que finalmente se supo que las balas procedían de tropas estadounidenses. Por cierto, también hay que destacar que sin lugar a dudas el corresponsal de guerra más ilustre de España es el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, tipo bragado e inteligente a todas luces que tras una vida plagada de emociones y de jugar a los dados con la muerte, nos descubrió un talento innato para la literatura.
Pero vayamos al meollo, la Guerra de Vietnam, un conflicto que, por apuntalar un poco los conceptos, no es que tuviera una idea sesgada sino que disponía de escasa información. La historia de aquella guerra no difiere mucho en su raíz de cualquier otra guerra que ha iniciado la humanidad: egoísmo, control estratégico, aprovechamiento de recursos, adoctrinamiento de la población… Muchas de esas guerras igualmente cuentan con el componente de la colonización, como consecuencia de querer apropiarse de lo que no es tuyo aprovechando tu superior posición de fuerza.
En Vietnam se vivía un conflicto largo en el tiempo y que partía de la descolonización de Francia, que había invadido y ocupado aquellas tierras desde décadas. Por aquellos años se vivía con especial intensidad el fenómeno de la «guerra fría» y la necesidad de acallar al enemigo comunista fuera como fuera. En ese país asiático luchaban los «vietcong», mayoritariamente norvietnamitas y de principios comunistas, y los oficialistas del sur apoyados especialmente por el ejército estadounidense.
Aquella guerra, que duró varios años, fue uno de los mayores fracasos en la historia reciente del país norteamericano; se dieron cuenta de que más allá de sus medios y su potencia militar, el factor humano, el empeño de la población, así como las especiales condiciones geográficas y climáticas de aquel país provocaron que los Estados Unidos fracasaran estrepitosamente con gran coste de vidas y un sufrimiento añadido posterior para buena parte de la sociedad norteamericana que encajó mal aquel fiasco, toda una humillación para una gran potencia. Y dicho esto, el sesgo viene porque se nos vendió como el inveterado esfuerzo de los jóvenes de una gran nación para imponer los ideales de justicia y democracia por encima del terror de una cruenta dictadura comunista.
Pero Oriana Fallaci pone todos los puntos sobre las íes, estamos ante una invasión, los estadounidenses son el palmario ejemplo de meter las narices en todos los confines de la Tierra, y hoy con Trump incluso se ha avivado más. Con todos estos entrometimientos se vuelve a dar rienda suelta a la idea redicha de que lo que alienta a los americanos es sus ansias de poder y riqueza, no dan puntada sin hilo, no arriesgan si no van a sacar un beneficio, con Vietnam les salió mal.
Fallaci encontró un país donde la gente sentía que se luchaba entre hermanos, tal y como ocurrió en la Guerra Civil española, cada uno en su bando todos amaban su país, y todos querían un Vietnam unido a fuerza de imponer sus ideas políticas.
La determinación del ejército del norte al que se aleccionaba con esos ideales y se cumplían ciegamente hizo que cada soldado valiera mucho más que cualquiera del otro bando; no les importaba morir, claro que sufrían, pero su tierra estaba por encima de todo.
Tengo un buen amigo, que se que lee este blog, Pedro Pérez Aranda, que me dijo una vez que valoramos demasiado la vida, estamos felices y seguros en nuestras moradas, disfrutando del aire acondicionado y cada vida cercana que perdemos es todo un drama, como si no tuviéramos la obligación de morir; un muerto, una unidad es mucho, pero cuando son muchos la importancia de cada uno desciende y cuando hablamos de miles ya casi se quedan en números, es como si nos doliera más la muerte aislada de alguien que un genocidio. Y ahí está la cuestión, que en muchos lugares, en muchos países del mundo, la vida no vale nada, esas personas que se arriesgan en una patera a cruzar el mar, nadando hasta Ceuta, lo dan todo, hasta su existencia, porque ya saben que están muertos y solo un golpe de suerte les puede hacer cambiar su sino.
Las guerras muchas veces se han ganado porque los ejércitos no han tenido miedo a morir, y eso les ha llevado a ser más intensos en las batallas, sabedores de que ante la potencia técnica el factor humano va a seguir siendo decisivo.
Oriana recoge testimonios de aquí y de allá, de generales estadounidenses y survietnamistas, de soldados, de otros periodistas, de la gente de la calle; y también indirectamente, el sentir de los vietcong, a través de diarios personales que demuestran la ciega determinación de esas gentes.
Se trata de un diario personal que se convierte en ensayo para hacer una reflexión, utilizando de escenario el Vietnam, sobre la indignidad de las guerras y el dolor gratuito y anónimo que proporcionan. Cuando transcurren los años ya nadie se acuerda de los que dieron su vida en esos conflictos, lo que ayer fue escenario de luchas sin cuartel hoy ya no es ni recuerdo, casi no sirvió de nada; las guerras no sirven para nada, es un cambio de cromos y raramente ayudan a hacer un mundo mejor.
Por cierto, el relato de los lugares a los que acude y las entrevistas que hacer es desgarrador, de haber sido un documental o una película hubiera sido difícil de ver, tal vez la Guerra de Vietnam es la primera guerra moderna y el nivel de crueldad es exagerado. La escritora no ahorra en detalles, un testimonio realmente conmovedor y difícil de digerir.
No termina ahí su periplo y a modo de epílogo terminará en el México de 1968 asistiendo a la Masacre de Tlatelolco, una violenta represión contra un mitin pacífico que dejó cientos de muertos y en donde ella fue herida de bala.
Con este cierre que es el colofón a esa reflexión sobre el sentido de las guerras y la condición humana, Oriana Fallaci también habrá ido componiendo una especie de plegaria que es el título del libro «Nada y así sea», que podría interpretarse de diferentes modos, que las guerras no sirven para nada, que hace falta que exista para que el mundo sea tan mediocre como lo es y al que estamos acostumbrados, y porque un mundo donde los malos hagan menos ruido que los buenos no estoy seguro de que pudiéramos soportarlo.
Lo que ha trascendido de la Guerra del Vietnam es la derrota de Estados Unidos, el sufrimiento de muchas familias estadounidenses y el peso psicológico que soportaron los que sobrevivieron a aquel conflicto, pero ¿quién se acuerda de los miles de vietnamitas que también murieron?, ¿valen menos?
He de agradecer a mi buen amigo Miguel Ángel Tenorio que me facilitara este libro que, efectivamente, merecía mucho la pena y es del tipo de lectura envolvente, aun por cruda que sea, que te obliga a seguir pasando páginas sin descanso; pese a la traducción del italiano manifiestamente mejorable, por no decir lamentable (hoy no hubiera pasado el filtro de la editorial o de la IA) de un tal Fernando Gutiérrez.
Vietnam es hoy un país pacífico y bello, turístico también, hay armonía, y eso que tampoco ha pasado tanto tiempo, pero mira al futuro; el lema de aquel país no puede ser más revelador de lo que se espera de una nación que se quitó el yugo del imperialismo: «Independencia, libertad, felicidad».

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