GUIDO NEGRASZUS, ENTRE LA EVASIÓN Y LA MELANCOLÍA

La música es un refugio en los momentos complicados de la vida. Y no por esperable deja de doler, qué va. Tragos complejos e indómitos para el que uno intenta ir preparándose por dentro, pero cuando llega no hay un colchón donde aterrizar.

Y como no podía ser de otra manera —porque jamás me ha fallado en los tramos importantes de mi camino vital—, la música vuelve a ser un escudo. Ha sido y es mi compañera más fiel. En ella busco el refugio, la inspiración y esa sacudida de sentimientos que me hace falta para ponerme en pie y mirar de frente a lo que me queda por delante.

La música me va acompañando en todo: al volante, haciendo tareas en casa, cuando salgo a echar una carrera, a andar o a darle a los pedales. Hay épocas en las que me da por un compositor y me meto ahí en bucle. No es por capricho; es que, en ese momento exacto, parece que son esas notas y no otras las que me están dando la respuesta vital que de verdad necesito para impulsarme.

Mi refugio más reciente ha sido este compositor, Guido Negraszus, otro de los que tenía apuntado desde hacía tiempo en esa lista de pendientes, y tras meterme en su obra es innegable que no se me ocurre momento más oportuno para que llegue a mi vida, para darle soporte a mis sentimientos. Ha sido el elixir justo que de verdad me pedía el cuerpo para sobrellevar este trago tan incómodo de mi vida.

Desde luego que la música calma, que inspira y que trasciendo. Para mí es un instrumento —creado por el ser humano o por la propia naturaleza— que resulta imprescindible para ser consciente de tu existencia. Mi vida no tendría el sentido que tiene si no fuera porque la música va calando y dándole forma a todo lo que hago.

Hay días de frustración, de dolor, momentos en los que intentas buscarle el sentido a esto de vivir... y por más camino que lleves andado a las espaldas, la existencia te sigue poniendo zancadillas y te das cuenta de que no hay manera de entenderla del todo, ni siquiera fraccionándola. Pero la música te da respuestas, es así, no hay más vuelta de hoja.

Más allá de eso, hay un detalle que leí hace tiempo verdaderamente interesante, y es que nuestra mente, con lo limitada que es, tiene una capacidad tremenda para rellenar los huecos de lo que no ve o no percibe. Y con la música pasa algo muy similar: buscamos inconscientemente una respuesta que nos satisfaga. La música, al ser armónica y no andar con disonancias raras, le permite a la cabeza ir prediciendo lo que va a sonar un instante después. Y cuando acierta, eso te da satisfacción inmediata, una paz tan sencilla como necesaria.

Eso mismo es lo que me ha pasado con Guido Negraszus. Es una música que no había escuchado en mi vida, pero mientras suena te atreves a adivinar por dónde va a tirar la nota siguiente. Te adelantas unos segundos a la melodía, y ese pequeño acierto te recompensa y te reconforta, a lo mejor será porque fallo tanto en la vida que quizá esto de lo poco en lo que acierto.

Y no es que Negraszus sea un genio inalcanzable, no. Es que es una música tan permeable, tan bien hecha y tan sentida, que te hace pensar —o a lo mejor es que uno mismo se engaña con gusto— que esa canción está diciendo exactamente lo que tú sientes por dentro en ese instante, la que requerías.

Negraszus es un insaciable compositor de música. Desde los años noventa que empezó, han pasado casi tres décadas y el tipo tiene cerca de cuarenta discos a sus espaldas, lo que sale a más de un álbum por año, todo un alarde de promiscuidad compositiva.

Con esa imaginación sin límites, su música —que es fundamentalmente ambiental y New Age— tiene una versatilidad y una variedad de registros increíble. Creo que eso es precisamente lo que me ha enganchado estos dos últimos meses, en los que me he dedicado a escuchar buena parte de su discografía, que ya digo que es inmensa, casi inabarcable.

Lo que más me ha llegado bien adentro es que en él encuentras música para cualquier momento o estado de ánimo: piezas lentas, ambient, toques de música disco, chill-out, capas atmosféricas, música étnica... Y todo, absolutamente todo, con un sello de enorme calidad, una delicadeza y una elegancia al construir cada composición que he visto en muy pocos músicos. Y mira que uno cree saber ya un poco de esto de las nuevas músicas, pero lo de este autor es todo un descubrimiento.

Guido Negraszus nació el 22 de abril de 1966 en Vennikel, una pequeña localidad perteneciente a Moers, en el estado de Renania del Norte-Westfalia (por aquel entonces, la antigua República Federal Alemana). Tiene exactamente dos años más que yo, pues nació el mismo día del mismo mes. Un guiño curioso del destino que me hizo sonreír cuando lo leí.

Su trayectoria no empezó en los escenarios. Durante su juventud sirvió ocho años en el ejército alemán, en una época tan fría y convulsa como fueron los últimos años de la Guerra Fría. Pero cuando terminó esa etapa de disciplina militar a principios de los noventa, decidió dar un giro de 180 grados a su vida para volcarse de lleno en su verdadera pasión: la música.

Se marchó a Australia y se formó como Tonmeister (técnico de sonido y producción musical) en el prestigioso SAE Institute de Sídney. Tras pasar por las aulas y montar su propio estudio de grabación para tener total libertad creativa, terminó estableciéndose definitivamente en el oeste de Australia junto a su mujer Serene. Pasó de vestir el uniforme militar a moldear paisajes sonoros que hoy le llegan al alma a cualquiera.

¿Qué puede llevar a alguien que dedicó una parte sustancial de su vida —justo en esos años en los que se te forja el carácter— a cambiar el traje de camuflaje y la disciplina militar por las partituras y el piano? Pensar en una hipotética guerra, en defender a su país metido en un uniforme verde, y pasar de eso a moldear melodías que buscan justo lo contrario, parece un salto al vacío.

Pero yo creo que tiene todo el sentido del mundo. La vida de militar tiene que ser dura y compleja, y llega un día en que a uno le tiene que hacer un clic la cabeza. Un golpe de realidad en el que te dices que no es la vida que quieres y lo que deseas es plasmar esa sensibilidad que llevas dentro a través de las composiciones musicales. Quitarse el uniforme para ponerse el traje de compositor fue, en el fondo, su forma de elegir la creación frente a la destrucción, y sí, buscando la paz en cada nota que proyecta.

La verdad es que Guido Negraszus no es muy conocido, no se escucha hablar tanto como se debería. Pero ahí está, constante, como un faro. Es un músico donde caben muchísimas músicas. Toda una gozada haber dado con él.

Pero sobre todo ha sido eso: encontrar respuestas justo en el momento exacto en que las requería mi vida. Negraszus te da paz, te da satisfacción y te regala algo muy grande: esa pequeña recompensa de la que hablaba antes, el poder ir intuyendo su música, como si te leyera el pensamiento.

Entre tanto disco y tanta producción inabarcable, hay muchísimos temas inspiradores, pero me quedo con un detalle final. Y aseguro que no me invento nada; son de esas serendipias, de esos guiños sencillos de la vida que a uno le emocionan. Había un tema concreto que no paraba de escuchar, que me fascinaba y me acompañaba a todas partes, pero del que no me había parado a mirar el título. Esta pasada semana me dio por mirarlo: «Hope (esperanza)».

En estos momentos de zozobra emocional, con los sentimientos a flor de piel, una de las cosas sobre las que más he necesitado pararme a pensar es sobre el sentido de la vida. Si hay algo detrás de la muerte, ese gran dilema del ser humano, el verdadero misterio de esta existencia en la que estamos inmersos. Por eso, este tema que evoca la esperanza, esa esperanza que yo tengo de que sería verdaderamente bonito que volviéramos a ver a esos que se nos fueron.

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