
Era esa época en la que dichos personajes eran muy populares y no sólo revistas clásicas y tan entrañables como Tío Vivo, Pulgarcito, sino los especiales como Grandes clásicos del humor o el inolvidable TBO, te ofrecían muy buenos ratos de diversión asegurada. Y siempre que vienen a mi mente estas revistas no puedo olvidarme de aquellas Ferias de San Agustín de Linares, donde una de las mayores atracciones para mí era el tenderete que montaban los que vendían libros, pero que tenían siempre un espacio dedicado a esa afición hispana que es lanzar una moneda y que caiga encima de algo, generalmente de una tableta de turrón, pero en este chiringuito (creo que de una familia de Úbeda, muy educada, que según tengo entendido aún se dedican a esto, sus descendientes), los montones eran de revistas infantiles, pasatiempos y algún que otro taco con publicaciones pornográficas que siempre estaba en el punto de mira de los más adelantadillos de mi barrio.
Ese mundo de personajes imaginarios vio la luz gracias a magníficos historietistas que con su pluma y sus pinceles, doble habilidad, fueron capaces de provocar las sonrisas de varias generaciones. Uno de los más representativos de este movimiento era y es, sin duda, el infatigable Francisco Ibáñez que a sus 75 años todavía se deja ver de vez en cuando en la tele, irradiando simpatía y una plácida madurez.
Quizá los personajes más conocidos de este mítico dibujante sean los detectives Mortadelo y Filemón, pero esos han sido una parte de los muchos proyectos que han salido de la imaginación de Ibáñez. Tal vez, el más ambicioso y atípico de esos proyectos fue la “13, Rue del Percebe”, una historieta que fácilmente todo el mundo reconocerá y que provocará una imagen fotográfica en su mente de tan singular bloque de viviendas.
Lo de proyecto atípico es obvio, mientras que en una historieta normal, se va sucediendo una aventura que se va jalonando con determinados gags, pero que tiene su trama y su desenlace, cómico por supuesto; en la “13, Rue del Percebe”, cada habitación es un espacio individual con su propio gag, generalmente independiente del resto de vecinos que cohabitan el bloque.

Lo cierto es que ese salirse de los roles habituales suponía una vuelta de tuerca para el ingenio de Ibáñez, varios personajes, diversas habitaciones y espacios, y en cada una de ellas había que hacer gracia, había que generar el chiste, el golpe, la situación absurda y chispeante. Con el tiempo, formato tan cerrado no dudo que le generara al autor algún quebradero de cabeza por la necesidad de crear algo diferente cada semana sin salirse del espacio, los personajes, sus particulares profesiones y sus formas de actuar en la frontera con el surrealismo.
Y es que en apenas unos imaginarios y mínimos metros cuadrados se sucedía una fauna urbana de lo más variado, a saber: En el ático vive un moroso especializado en buscar insólitas triquiñuelas para no pagar nunca; al lado, en la terraza se sitúa un ratón que está constantemente martirizando a un pobre gato con cientos de maneras; más abajo vive un caco profesional, empeñado en llevarle a su mujer los resultados de sus fechorías que no siempre tienen utilidad; a la derecha una mujer se las arregla para barajar a tres demonios que tiene por hijos; bajamos un nivel y nos encontramos con una anciana de la protectora de animales habituada a recoger animales complicados que le hacen la vida de cualquier manera menos fácil; al lado hay un piso que cambió de registro en el tiempo para Ibáñez, inicialmente era un inventor que hacía monstruos tipo Frankenstein y le salían demasiado humanos, el sentido de este personaje que, de algún modo, sustituía al Dios creador, el único capaz de dar vida, puso en alerta a la censura que le conminó para que sustituyera al personaje (¡qué cosas!), así que durante un tiempo la portera intervino vendiendo el piso con escasas comodidades, y finalmente se instaló un sastre chapucero. Continuamos hacia abajo, donde hay un veterinario al que se le presentan casos de lo más exóticos; y como vecina tiene una señora que regenta una pensión donde sus inquilinos se están quejando regularmente de las condiciones tan míseras de la misma. Terminamos abajo donde un tendero bastante fullero y desconfiado trata de engañar por norma a su clientela; en la entrada está la portera que colabora en los chistes de alrededor, propiciados por el habitante de la alcantarilla, Don Hurón, que tiene una morada de lo más concurrida; y casi por último, el ascensor del bloque, que nunca funciona bien creando también sugerentes chanzas. Y digo, por último, porque también había una araña en un rincón que se disfrazaba cada semana.
Hay que decir que aunque Ibáñez asumió la mayor parte de las creaciones de la “13, Rue del Percebe”, también tuvo la participación de otros dibujantes y creadores de la mítica Editorial Bruguera. Esta historieta realmente terminó de generar nuevas creaciones hacia mediados de los 80, aunque la frescura de sus personajes, su humor blanco, sus inteligentes chistes válidos para todos los públicos, han permitido que estos se puedan paladear como si fuera una historieta de nuevo cuño apta para cualquier lector de este siglo XXI sin perder un ápice de actualidad.
Tan extravagante bloque tuvo mucho predicamento en otros países, porque además las historias que se contaban eran atemporales y completamente mundanas, y eran perfectamente válidas aquí y en Pekín.

Sin duda, el mejor homenaje que pudo recibir Ibáñez y la “13, Rue del Percebe”, fue la serie de anuncios para la televisión que realizó Javier Fésser para gaseosas “La Casera” hace apenas un año, en el que prácticamente todos los personajes de la historieta aparecían para construir alguna ocurrencia relacionada con tan espumosa bebida.
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