sábado, 31 de marzo de 2018

"I, TONYA", DE CRAIG GILLESPIE

No acostumbro, probablemente nunca lo haya hecho en esta bitácora, a escribir sobre películas actuales o de reciente estreno, sin embargo, en esta ocasión voy a hacer una excepción. Con el señuelo de una V.O.S. toda película suele ganar en atractivo y siempre he sido muy partidario de escuchar series y películas en su idioma original porque en primer lugar, no perdemos la esencia de lo que los actores quieren expresar con su lenguaje, y en segundo, porque afianzamos nuestro conocimiento de un idioma extranjero.

Sí que he comentado en este blog en alguna ocasión que España tiene un bajo nivel de inglés porque aquí todo se dobla, cuando en muchos países del mundo las series se proyectan en su versión original, y estar escuchando toda una vida delante de la tele un idioma que refuerzas en las aulas, es un aprendizaje sencillo y natural. Portugal sin ir más lejos, que tiene este sistema, dispone de un nivel medio de inglés en su población muy superior a nuestro país. Pero aquí tenemos un lobby muy poderoso, como es el de los dobladores (que hacen un trabajo genial, eso nadie lo discute), pero que nos limitan.

Pues «I, Tonya» es una película de 2017, creo que bastante conocida, que gira en torno a la vida de la patinadora sobre hielo Tonya Harding y muy particularmente se hizo más mediática toda vez que en 1994 y poco antes de los Juegos Olímpicos de Lillehammer, intervino en el ataque sobre su máxima rival en la pista, Nancy Kerrigan, a la que un matón le golpeó con una barra de hierro en una rodilla, matón que a su vez fue contratado por el marido de Tonya, y al parecer con la anuencia de esta. Historia que, por cierto, yo conocía no solo porque recuerdo haberla visto en la tele en el momento en que se produjo (hay un vídeo en el que se muestra el momento posterior a ese ataque donde la Kerrigan se ve lógicamente muy afectada), sino también porque soy asiduo seguidor de un magnífico blog que recuerda, en esencia, qué ha sido de la vida de deportistas retirados y que actualiza con paciencia y rigor el periodista Eduardo Casado.

La cinta es una película biográfica («biopic» en inglés, de biographical picture), que nos narra la vida de Tonya Harding, pero desde una perspectiva un tanto llamativa y que nos permite reflexionar acerca de nuevos caminos para hacer cine, no digo que esta técnica no se haya utilizando antes, pero en esta película se plasma con genuino acierto. Y es que la película tiene la apariencia de documental en el que sus personajes (actores) desde un momento actual narran sus vidas pero en su interacción con Tonya.

El director de la película tiene el acierto de convertir una historia dura y dramática como la de Tonya Harding en una comedia que nos hace sonreír, porque tal cual los personajes reales podrían dar la impresión de ser tan histriónicos y delirantes que casi la película era inevitable. La cámara se muestra caprichosa, es seria con los personajes del presente, pero es huidiza, nerviosa, tan violenta como sus personajes, pero no agobian los movimientos, casi los vemos como naturales.

Tonya procede de una zona rural y de una familia desestructurada, la madre la maltrata de forma sistemática desde bien jovencita, y tiene hacia ella un trato un tanto degradante, preocupada fundamentalmente porque sea la mejor patinadora del mundo. La niña tiene afecto hacia su padre que le enseña a cazar y conceptos básicos de mecánica, pero el padre, harto de una esposa tan peculiar, se marcha de casa pese a que la pobre niña suplica que no la deje en esa prisión.

La huida hacia delante de Tonya es el patinaje, precisamente como una vía de escape ante los golpes y los desprecios de su madre. También lo es su prematura relación y matrimonio con Jeff Gillooly, que fue poco más que un cambio de cromos para Tonya que ¿acostumbrada a los golpes?, también se ve abocada a una relación tormentosa en la que la pareja se zurra de lo lindo mutuamente.

Así las cosas, no es que Tonya encarnara el ideal de vida deportiva, y tal vez daba lo mejor de ella cuando más se apartaba de su madre, de Jeff, o de los diversos vicios que tenía; y en el momento cumbre de su carrera Nancy Kerrigan era una piedra demasiado dura en el camino, y pasó lo que pasó, fueron muchos años de vicisitudes y una vida marcada ya para Tonya. Si estaba al tanto de la trama contra Kerrigan probablemente no lo sabremos en todos sus detalles, pero las consecuencias de aquel ataque sí que no las previó, porque Tonya avanzó hacia su declive deportivo, cayendo incluso en la práctica del boxeo, tocando fondo.

La dirección de la película conjuga esos saltos en el tiempo que son lineales con entrevistas a los actores en un punto actual y todo desde un prisma desenfadado. Por una razón temporal, y es que han pasado casi veinticinco años de aquellos hechos, que fueron más humo y portadas de revistas del corazón que lo que realmente trascendió desde el punto de vista deportivo, su director, el australiano Craig Gillespie ha intentado ofrecer un tono jocoso, distante, quitando hierro al asunto y sobre todo a la existencia de Tonya, que seguro que fue mediatizada por los personajes que estaban o aparecieron en su vida, sin que ella tuviera más margen de maniobra que el que le permitían sus giros en las pistas de hielo.

De hecho, y para ser consecuentes, aquel golpe en la rodilla de Nancy Kerrigan fue, en sí, un fiasco, porque si la intención era quitarla del medio para el evento olímpico que tuvo lugar en Noruega siete semanas después del «atentado», el efecto fue el contrario. De tal chapuza no se derivó más que unas semanas de lesión para Kerrigan que llegaría en plenas condiciones a Lillehammer, es decir, tuvo una rapidísima recuperación, luego no fue para tanto. Es más, Kerrigan obtuvo la medalla de plata y pese a haber hecho, según ella, el segundo mejor ejercicio de su vida, solo obtuvo ese segundo puesto. Como decía Tonya, obtuvo el subcampeonato olímpico y su rostro reflejaba como estar pisando caca, sin embargo, con todo el peso de la amargura y de la polémica Tonya fue octava y se sintió satisfecha.

Tonya era rural, una cazurrilla, y Nancy era la niña bien y pija; y la película nos genera un torrente de afecto hacia Tonya, un juguete roto en manos de varios descerebrados. Es una especie de princesa del pueblo, al que todos hubiésemos ayudado a deshacerse de tantas personas tóxicas, al menos esta película la ayudará a congraciarse con mucha gente.

Sin mirar críticas sobre la película, la actriz que encarna el papel de la madre de Tonya está soberbia, Allison Janney, cada gesto, cada mirada, cada expresión hablada, tienen un significado e inspira odio, pero también y pese a todo, un velado sentimiento de compasión. Obtuvo el óscar a la Mejor actriz de reparto en este 2018.

Destacada interpretación también para la actriz que hace de Tonya, la también australiana Margot Robbie, que además es productora de la película, casi se puede decir que buena parte de la gestación de este proyecto le corresponde a ella. En su haber está el hecho de haberse convertido en ese personaje rural y de escaso atractivo, que más que conmover da pena.

Pues nada, larga vida a las películas de V.O.S., a las pelis diferentes que se proyectan en los cines del Bowling Linares el tercer jueves de cada mes, y a la fenomenal iniciativa de Cineptos-Zinescrúpulos, porque hay mucho por descubrir en el cine, y mucho margen para seguir soñando.

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