sábado, 22 de septiembre de 2018

FRONTERA DE JAÉN-ALBACETE, BUSCANDO AGUAS FRÍAS EN EL VERANO TARDÍO

Peña del Olivar, Siles (Jaén)
No me considero una persona friolera ni mucho menos, ni tampoco todo lo contrario, de algún modo, tengo la fortuna de soportar bien los extremos. En lo que al frío se refiere, mis compañeras de trabajo me suelen preguntar en invierno si hace frío cuando las temperaturas están unos graditos por encima del cero, y suelo responder que hace fresquito, y lo afirmo con sinceridad, algo sorprendidas ellas que me miran con cierta retranca, creyendo que bromeo. Y es que vivimos en un mundo donde todo hay que relativizarlo, que en el sur de España consideremos frío cuando estamos a seis o siete grados positivos es razonable, pero en comparación con qué. Yo llevo instalada una aplicación en mi móvil (creo que viene de serie) en la que me dice el tiempo de las ciudades que quiera de todo el mundo, y tengo seleccionada la ciudad rusa de Yakutsk. Yakutsk, con una población de algo más de un cuarto de millón de habitantes, en verano, mientras aquí soportamos un calor exasperante, allí llegan a los quince grados en el mejor de los casos; en este septiembre ya llegan todos los días a bajar los termómetros hasta el cero, y en invierno se alcanzan temperaturas de menos cuarenta o cincuenta grados, entonces ¿qué es el frío y qué es el fresquito?

En relación con esta relativización comparativa, tengo que señalar, y en esta bitácora lo he referido en alguna ocasión, que hablar en España de pobreza puede ser verdad, pero también es necesario comparar. Yo he podido visitar el tercer mundo y palpar la auténtica pobreza, la gente que se muere de hambre, que no tiene para comer nada, que lleva ropa que aquí no utilizaríamos ni como trapos para limpiar el polvo. Un pobre en España es un acomodado en el tercer mundo; en España todo el mundo tiene hoy tres comidas garantizadas al día, es una pobreza relativa. El pobre real en los países desarrollados, es una persona con otras deficiencias sociales, abocado a una marginalidad casi voluntaria.

Bueno, valga esto como preámbulo, y sin querer desviarme del asunto que me ocupa hoy, para hablar de algo que me apasiona y es el contar como victorias los sitios y las veces que me he metido en aguas heladas, en este sentido, puedo decir que me he bañado en todos los lugares adonde he ido y en donde el baño estaba permitido, incluso en estaciones no calurosas. Esto dicho así parece una perogrullada, considerando que mis conquistas turísticas no son nada del otro jueves, ni he estado en latitudes donde lo de bañarse en un río supone un reto físico y vital para cualquier corazón; así que todo lo más, mis hazañas se limitan a playas con aguas frías y ríos de sierra con baños que quitan el hipo.

Mis modestas vacaciones de este año tuvieron como epicentro el término municipal de Siles, y allí se encuentra un lugar idílico, relativamente conocido para los habitantes de la provincia de Jaén como es la Peña del Olivar, y cuando relativizo es porque quiero apuntar que debiera ser más conocido, y que casi como obligación todos los jiennenses debiéramos ir al menos una vez en la vida allí.

Bien es cierto que en verano, por el ambiente, por lo seco del terreno y los arbustos fritos de tantos días de canícula, puede ser que la imagen paradisíaca se atempere, pero si miras alrededor y hacia arriba podría parecer que estás en otro país. No sé en qué momento decidieron hacer un pequeñito embalse en esa zona que devino en piscina casi natural donde la profundidad máxima no llega a los ciento setenta centímetros, por lo que es apta para todos los públicos. Dicho esto, hay que señalar que el agua está circulando siempre (lo estaba a finales de agosto), por lo que se garantiza una fantástica pureza y unas aguas cristalinas.

Cascada en Rio Frío, Riópar (Albacete)
Obviamente estamos ante unas aguas que provienen de un nacimiento cercano, desde el interior de las montañas y a cierta altura, donde los avatares de las temperaturas que sufrimos los mortales no son objeto de opinión para la geología (en el interior de las montañas hace mucho frío, en el interior de la tierra que pisamos y a unos pocos metros hace mucho calor, nuestra vida en la Tierra es un paréntesis sin más). Pues bien, la Peña del Olivar forma parte del curso del arroyo Barranco de los Tejos, que tiene un cauce previo muy bonico, no muy grande, pero que proporciona esa regeneración de las aguas, ese ruido y cadencia que distribuye tanta paz y tranquilidad.

Ni que decir tiene que el agua está fría, pero no soy de los que se piense mucho el tirarse al agua, esto es, hay que tirarse sin pensar mucho más, porque de otra manera hacemos trabajar demasiado al cerebro y no es cuestión; hay que ser valiente, decidido y ya está. No obstante, en las fechas en las que nos bañamos, finales de agosto y principios de septiembre, el agua estaba fría, más que cualquier piscina, por aquello de que la renovación del agua es mayor y las horas de insolación son menores, pero aun así son de estas sensaciones que en cuanto te metes, apenas tarda medio minuto en atemperarse el cuerpo, y ya podías estar el rato que quisieras tan ricamente.

Por si no fuera poco semejante paraje, para los niños es una gozada el hecho de que las barreras de la Peña lindan con el puente de la carretera de las Acebeas, y desde el puente hay una caída moderada de apenas un par de metros que hace de inopinado trampolín, así que para los niños es una herramienta más de diversión, para niños y para no tan niños.

En esos días, nuestras excursiones a la Peña del Olivar fueron constantes, y tiene cierto nivel de atracción, de tal forma que el que va de paso (casi no se va de paso por esa carretera), se para y prueba; y tengo que decir que los comentarios sobre lo frío de las aguas eran a veces tan repetitivos que casi agobiaba. No es que me moleste, pero sí que me incomoda algo la gente que es un pelín floja para esto de meterse en el agua y le da cincuenta mil vueltas y proclama a bombo y platillo sus miedos a meterse, y vocifera cuando se mete, y parece que se va a morir y... las aguas no estaban tan frías, de verdad.

Justo en la Peña del Olivar, un parroquiano de la zona, en concreto de la limítrofe provincia de Albacete, nos señaló que para agua fría, la del paraje denominado Nacimiento de Río Frío en Riópar, no confundir con otros lugares de la misma o similar denominación, y nos aventuraba que el agua venía prácticamente sin recorrido desde la montaña y a más altura y que la experiencia era merecedora de un desplazamiento. Allí que nos fuimos en busca de trepidantes aventuras. El lugar es paradisíaco mucho más si cabe que la Peña del Olivar, más salvaje, más perdido, en el corazón del Parque natural de los Calares del Mundo y de la Sima.

Nacimiento Río Frío, en Riópar (Albacete)
Ese nacimiento tenía algo de escandinavo, imaginárselo con nieve, que seguro que la hay cada año es una gozada para los sentidos. También tiene el lugar algo de piscina seminatural, porque se ha procurado embalsar para formar un lago y unas cascaditas sucesivas. Ya sospechábamos que el reto era para valientes porque las pocas personas que estaban allí no se estaban bañando, nos metieron el miedo en el cuerpo (eran otros flojos), pero había que hacer ese recorrido vital y fiel uno a sus principios no cabía condescendencia, es decir, que me quité la mochila y me lancé sin pensar, y sí estaba fría, muy fría, más que la Peña del Olivar y probablemente más que ninguna otra que haya probado en mi vida, la sensación más parecida la recuerdo de joven en el nacimiento del río Castril en la provincia de Granada. La verdad es que más de un minuto no pude estar dentro, seguro que si me hubiera puesto a nadar fuerte, hubiera terminado por acostumbrarme, pero tampoco fui tan macho, tampoco acompañaba el hecho de que no dabas pie y eso acongoja un poco, y me salí, me dolía el pecho, se me apretaron los músculos tal que me imagine un culturista durante unos segundos, suficiente.

En fin, buscando estos lugares apacibles, al pasar de los días, incluso de los años, uno no recordará si lo pasó mal, es más, recordará todo lo contrario, y sobre todo revivirá lugares donde se respira paz, naturaleza, aire puro y desconexión.

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