sábado, 29 de septiembre de 2018

LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA Y SUS TÍTULOS DE SALDO

No sé en qué momento de nuestra historia reciente la universidad española comenzó a perder crédito y prestigio, no, no es por lo de ahora de los másters, esto ya viene de lejos. Bueno, digo la universidad española en general, pero en realidad hay universidades y universidades, es decir, hay algunas que lo están haciendo muy bien y otras que dejan mucho que desear.

Como hablo con cierto conocimiento de causa, no solo porque pasé por la universidad, sino porque a lo largo de muchos años he tenido mucha cercanía con el mundo universitario en relación con mi trabajo, puedo opinar sobre el panorama de las universidades españolas.

Cuando yo empecé a estudiar mi carrera, allá por mediados de los 80 del pasado siglo, había ciertos iconos en la universidad española, una serie de universidades que se preciaban de tener la fama de ser las mejores, y a la par, estaban otras que tenían una fama menos buena, y a las que se tildaba de dar los títulos con cierta ligereza o con una limitada amplitud de miras.

Antes de nada tengo que decir que conozco personas de las que tengo la certeza que se han sacado la carrera haciendo un porcentaje mínimo de asignaturas del programa, y sospecho de una persona que hizo una carrera y que le dieron el título solo por el hecho de haber pagado una cierta suma de dinero. Pero ese no es el problema intrínseco, o los problemas. La verdad es que cuando yo comencé mi carrera se comenzaron a implementar dos magnitudes conflictivas: la atomización y la megalomanía burocrático-lucrativa.

Empecemos con la primera, pues eso, al poco de estar instaurada la democracia en nuestro país, a alguna mente pensante se le ocurrió que lo mejor para la universidad española es que hubiera una en cada provincia, que sus alumnos no tuvieran que desplazarse muchos kilómetros para hacer sus estudios universitarios; como concepto estaba muy bien, era una especie de democratización de la educación. El problema es que en vez de multiplicarse los esfuerzos, estos se dividieron. Uno querría de sus universidades que tanto en sus puestos directivos como en su personal docente estuvieran los mejores, y eso de meter a saco tanta universidad provinciana (no se entienda esto peyorativamente) en muy corto espacio de tiempo, provocó que se tuviera que tirar de los mejores pero también de otras personas que no lo eran tanto; de hecho, conozco casos de personas que hoy son profesores universitarios con un expediente mediocre, con peores notas que yo, y con el único mérito de haber sido unos trepas y haberle pasado la mano por el lomo a muchos catedráticos, amén de muchas cañitas, comidas juntos y demás. Sé de profesores universitarios que cometen faltas de ortografía y lo peor es que ni lo saben, porque tienen unos conocimientos muy delgados sobre las reglas de la acentuación.

Hay una persona a la que respeto mucho y que abandonó mi vida recientemente que decía que en toda faceta de la vida te encuentras a gente muy mala, mala, regular, buena y muy buena. Y esa es una ecuación perfecta que también funciona aquí, esto es, tenemos profesores universitarios muy buenos, buenos, regulares y menos buenos; como tenemos universidades que están muy bien y otras pues…

Por cierto que últimamente he escuchado voces que claman en el desierto por volver a los orígenes, es decir, que se suprimieran universidades para ganar en protagonismo y calidad de unas cuantas regionales o zonales, como antes básicamente, y para ello esas macrouniversidades no solo tendrían que tener unas infraestructuras bien dimensionadas, con campus más amplios y residencias estudiantiles, sino también un apropiado plan de apoyo institucional con una buena y mayor dotación de becas para que esos alumnos que se desplazan más lejos que ahora no supongan un desembolso económico suplementario para sus familias.

Y dicho esto, no hay que ponerse a la tremenda ni echar las campanas al vuelo, porque lo que he afirmado sea una barbaridad, aunque lo que digo que es claramente una opinión personal sujeta a cualquier crítica; la universidad española en general tampoco es que esté muy bien considerada cualitativamente a nivel global. La realidad no miente y las estadísticas tampoco, de hecho, en el dato más reciente que he podido recabar, ninguna universidad española está entre las doscientas mejores del mundo, y doscientas ya son bastantes, la palma se la llevan las universidades estadounidenses y británicas. Por tanto, no sé si nos debemos sentir muy orgullosos de tener un título universitario español en comparación con los grandes iconos de la universidad mundial; aunque está claro que hay otros que están peor que nosotros… Sin ánimo de ser muy lacerante, suelo hacer cursos online en plataformas que agrupan universidades españolas e iberoamericanas, en concreto, la plataforma MiriadaX es un ejemplo muy brillante, y en esos cursos que suelen ser muy livianos, los que se imparten desde determinadas universidades de Hispanoamérica son sinceramente de risa, con profesorado que tiene problemas de expresión y que da patadas al diccionario por doquier.

Por otro lado, y pasando ya al otro problema, el de la burocracia-lucrativa, casi viene como una consecuencia de la atomización, dado que se generaron más universidades y cada una de ellas con decenas de departamentos, la creación de empleo directivo y administrativo eclosionó y empezó a desarrollarse en progresión casi geométrica, microestructuras burocráticas dentro de otras estructuras más grandes, pero con total independencia. Entre tanto enjambre también cierto descontrol, o mejor, cierta descoordinación, lo que provocó que, como he dicho al principio, exista gente hoy que ha terminado una carrera sin haber ido a clase, ni examinarse, simplemente pagando.

No obstante, las universidades, en un fenómeno relativamente reciente, descubrieron que podían ser más pujantes gracias a la obtención de ingresos externos, y se universalizó y casi se le dio una dimensión celestial a los másters, los cursos de posgrado, los doctorados, los títulos propios (esto último siempre me ha intrigado), etc.; de tal manera que en determinados ámbitos uno parece que no es nadie si no tiene alguna quincalla curricular de este cariz, quincalla que, en muchos casos, se ha revelado como un indicativo de prestigio más que una necesidad profesional.

La vuelta de tuerca a este mecanismo vino con la incorporación de políticos a esta historia. Los políticos buscaban arrimarse a un buen grupo de presión y prestigio como la universidad, y la universidad no renegaba de acercarse al poder político, pero dentro de esa parte de la universidad estaban y están esos trepas y ese personal menos bueno que también parasita en las oficinas de facultades y escuelas universitarias; total, que al final se formó un binomio tóxico de considerables proporciones.

Si digo que estoy casi convencido de que se han conseguido carreras prácticamente pagándolas, sobre todo en determinadas universidades privadas, donde el fin lucrativo está fuera de toda duda; me creo a pie juntillas, que muchos de esos másters, doctorados y tesis de calidad ínfima, posgrados y asignaturas convalidadas que nos estamos desayunando últimamente, se han otorgado más que con el pago de la matrícula.

La obligación de las universidades y su proyección futura es la de cualificarse, el intentar acercarse a los parámetros de calidad de esas universidades que encabezan los ránking, el de procurar limpiar sus estructuras de trepas y de burocracia innecesaria, y el de garantizar que lo que se imparte es lo programado y que el que recibe un título es porque lo ha trabajado y se lo merece.

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