domingo, 10 de marzo de 2019

"FILEK", DE IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Creo que no me ha pasado jamás en este blog, que repita tan seguido un escritor en la etiqueta de libros, imagino o concluyo que no puede ser una casualidad. Con «Derecho natural» de Ignacio Martínez de Pisón, encontré un novelista de prosa fácil y entretenida, con una historia mundana que enganchaba y que no te obligaba a pensar demasiado, simplemente a leer y sonreír.

Desde luego que no estoy en una fase de mi vida en la que me pueda abocar a un texto complejo o de mucha carga psicológica, porque estoy saturado de pensamientos (no buenos) y necesito desconectar. Probablemente ver este nuevo libro de Martínez de Pisón me invitó a leerlo cuando lo localicé en la Biblioteca Mpal. de Bailén, a buen seguro que no desentonaría con respecto al que leí hace apenas tres meses.

Es cierto que, al principio, pensé que este libro con el título de «Filek» era una novela, desde luego que la contraportada anunciaba una temática interesante, nada menos que un supuesto químico austríaco que fue capaz de engañar a la dictadura franquista al poco de empezar a gobernar en nuestro país tras la Guerra Civil.

No obstante, al poco de pasar sus primeras páginas ya te das cuenta de que no es una novela propiamente sino un trabajo de investigación, una especie de documental escrito, en cierta manera, un ensayo periodístico.

Y es que si ya nos parece bastante desconocida esta historia a cualquier ciudadano de a pie en nuestro país, la realidad que se le presentaba a Martínez de Pisón no distaba mucho de esta sensación, porque la información de este personaje, Filek, revela que no era fácil de hallar, esto es, se trataba de un individuo bastante anónimo con una historia detrás sumamente nutritiva como para que siguiera olvidada entre periódicos y archivos de todo tipo.

Sin duda que la clave del personaje es la de haber intentado «vender una moto» a Franco, en forma de gasolina sintética, después apuntaré la fórmula, que no era otra cosa que una especie de piedra filosofal de los combustibles, eternamente buscada por científicos y alquimistas actuales y pasados, traducida en hacer funcionar un motor, un vehículo, un coche, con agua del grifo, así de simple. Es evidente que un producto hecho con agua y cosas, muy bien vestidas esas cosas, era una apetitosa zanahoria a seguir, una gallina de los huevos de oro, como para no protegerla, máxime cuando el tal Filek se había cuidado de vender su invento a un régimen del que se reconocía partidario, por amor a la causa, pese a que como no puede ser de otro modo, había rechazado las ofertas y presiones de las grandes petroleras. ¡Claro!, un combustible hecho con agua, se cargaría el beneficio de uno de los grandes grupos de presión que han dominado el mundo en la sombra en el último siglo, las petroleras; no obstante, ¿cuántas veces hemos escuchado hablar de esto?, o sea, que las petroleras se han encargado concienzudamente a lo largo de nuestra historia contemporánea, de pagar suculentas sumas a los inventores de motores que funcionan con agua del grifo, quedándose para sí las patentes, hasta un momento futuro en que las reservas de combustibles se agotarán y estas serán desempolvadas.

No lo ha tenido fácil Martínez de Pisón, porque la información de este personaje es bastante escasa, aunque aun siendo conocida la historia de la falsa gasolina, corrida la voz en los mentideros relativos a ciertas leyendas urbanas del régimen franquista, lo cierto es que el rastro de documentos dejados por Filek no ayuda grandemente a construir una historia completa. Este escritor ha rebuscado por tierra, mar y aire para estructurar una especie de semblanza biográfica, completando los espacios vacíos que la documentación no le ha permitido cubrir, con sensatas conjeturas acerca de los derroteros por donde circuló la vida de este singular personaje.

En la convulsa Centroeuropa de finales del siglo XIX nace Albert Edler von Filek, sobre el nombre y apellidos hay variaciones a lo largo del tiempo, pero este parece el más asentado, aunque se utiliza indistintamente tanto el apellido Filek como Fülek, todo indica que era un hijo ilegítimo (figura jurídica que en aquella época se utilizaba en todos los ordenamientos europeos y que hoy, obviamente ha cambiado). No se le supone una vida infantil y juvenil de carencias aunque tampoco grandes excesos. Estuvo en el ejército austrohúngaro y previsiblemente combatiría en el 1ª Guerra Mundial, tras el fin de esta, y con una vida bastante azarosa, comienzan sus andanzas. Para empezar aprovecha a buen seguro todo el lío generado en Europa tras el conflicto bélico para medrar en terrenos pantanosos. Se hace pasar por capitán de artillería cuando seguro que no lo fue y eso le permite acceder a personas y lugares inaccesibles bajo su condición real. En Italia ya comienza su periplo de pillería y se le tiene por ladrón y defraudador.

Más o menos llegará a España con la instauración de la 2ª República en nuestro país y lo mismo, utilizará una imagen y unos títulos que no le corresponden (su rango en el ejército austrohúngaro y que, además, era falsamente químico) para granjearse amistades y contactos interesantes. Se le tiene como un hombre de buena presencia, y seguro que con su verborrea y lo atractivo de ser extranjero en aquella época, donde no había tanto tránsito de personas como hoy, le permitieron entrar a saco con lo que mejor se le daba, engañar a gente.

Se registra unas cinco veces y en un plazo no muy largo de tiempo, una sucesión de inscripciones en el Registro de Patentes de su invento de la gasolina sintética, lo dicho, agua con cosas. Detrás de esas inscripciones hacía copartícipes a diferentes personas, y además las iba cambiando, o sea, iba engañando a sucesivos ilusos con su cuento que permitiría disponer de un combustible baratísimo y que obviamente reportaría pingües beneficios a sus mecenas. Al final cada uno de esos expedientes se extinguía, es decir, que no se había llevado a efecto la patente, pero para Filek era lo de menos, porque con su mentira ya había engañado a unos cuantos ignorantes a los que les había sacado sus buenos cuartos.

Amén de esto, Filek no perdía el tiempo porque era un consumado pájaro, y lo mismo vendía inventos irreales, que sacaba dinero a sus patrones, es decir, la gente que le alquilaba habitaciones; cuando no dejaba de pagar alquileres y facturas por doquier.

Ya en la 2ª República daría con sus huesos en la cárcel, y parece ser que no sería más que un trampolín para seguir ampliando su radio de acción de contactos. No daba puntada sin hilo, y vendiendo tal vez una incierta etiqueta de preso político (¿a qué nos suena esto hoy?) y enemigo de la República, coincidiría en las cárceles madrileñas con el cuñadísimo de Franco, Ramón Serrano Suñer, y hombre fuerte en la sombra en los primeros años de dictadura; y previsiblemente se ganaría cierta amistad.

Con la llegada de la dictadura y salida de prisión es cuando abordaría su proyecto más ambicioso, es decir, que su proyecto de gasolina sintética fuera de interés público, un tren que Franco no podía dejar pasar, era empezar a gobernar y ya tenía Franco solucionado el problema de las reservas de combustible. El fraude o la estafa del siglo estuvo a punto de consumarse, porque incluso apareció en el BOE el Decreto u orden de expropiación de un montón de hectáreas a las afueras de Madrid para construir una macrofactoría, dependencias anexas y viviendas para trabajadores, puesto que también se preveía la creación de algo menos de medio millar de puestos de trabajo.

Cada vez que presentaba algo al Registro de Patentes iba cambiando la fórmula, la última era más o menos esta: Un tratamiento de hullas y pizarras de Puertollano con una mezcla de ácido sulfúrico, cloruro sódico, bicarbonato sódico, dos líquidos sin composición indicada y un determinado volumen de agua.

Obviamente esto no llegaría a consumarse, Martínez de Pisón comenta que gracias a que, por suerte para Franco, disponía de alguna buena cabeza pensante en las altas instancias (refiere igualmente que había altos cargos en los primeros años que prácticamente no sabían hacer la o con un canuto) que se preocuparon de realizar los análisis del supuesto nuevo maná en forma de gasolina acuosa, y evidentemente los resultados no pudieron ser más contundentes, que nada de nada; así que la Comisión Permanente de la Subcomisión Reguladora de Combustibles Líquidos concluiría que la mezcla era ineficaz y sin fundamento científico.

La historia de esa gasolina del futuro que puede ser de las más sonrojantes de toda la dictadura, aunque por suerte para los admiradores del franquismo, también bastante desconocida, fue casi la puntilla de Filek, o no. Esa historia puede resultar simpática, rocambolesca y hasta ese punto podríamos decir que el lector tiene cierto apego o afecto hacia el tal Filek, pues su estrategia era la de engañar a cuatro zoquetes y a gente con posibles, o al mismo gobierno de un país; en cierta forma, uno le coge simpatía, es como el personaje de Leonardo di Caprio (Frank Abagnale) en la película de Spielberg «Atrápame si puedes», sí, es el malo de la película, pero es tan enternecedor. No obstante, hay un momento en la vida de Filek en la que pasa de ser un tunante a un despreciable delincuente, y es que consiguió sacar dinero a un matrimonio francés en España con el compromiso de mover sus hilos para que el hijo de estos fuera liberado de un campo de concentración alemán, ya pueden imaginar que de hilos ninguno y que en cuanto tuvo el dinero en su poder, si te he visto no me acuerdo.

Al final, Filek volvería a la cárcel, y reflejado su matrimonio con una mujer granadina sería libre con la dictadura consolidada en nuestro país, instalándose en Alemania, donde ya se le pierde definitivamente la pista hasta su muerte cuando contaba con poco más de cincuenta años de edad. Su esposa moriría en 1980.

En mi opinión personal, Filek debía ser un estafador patológico, curiosamente he conocido alguno en mi vida, de estos que no le importan las consecuencias de lo que hacen; y es que tampoco le fue bien su negocio de ir engañando a unos y otros, porque estar privado de libertad no es decididamente nada bueno y menos en las cárceles que nos gastábamos en España hace tres cuartos de siglo.

Como última curiosidad, Martínez de Pisón ofrece en el epílogo una serie de agradecimientos relativos a los múltiples lugares adonde ha acudido para reunir información para el libro; pues bien, el mundo es un pañuelo y tengo el gusto de conocer a una de esas personas que ha colaborado en que este libro sea una realidad, se trata de Juanjo Villar, un bailenense ilustre, historiador y que trabaja en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares.

Pues nada, un libro muy entretenido que nos refleja una parte pequeñita de la historia de nuestro país que jamás nos hubiéramos imaginado que existiera.

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