sábado, 1 de junio de 2019

EL PROFESOR FRANZ DE COPENHAGUE Y LOS GRANDES INVENTOS DE TBO

Creo que lo he comentado en alguna ocasión en esta bitácora, que añoraba aquellas ferias de ciudad, y de pueblo de mi niñez y juventud, en las que había tenderetes de venta de tebeos y libros, también montones en el suelo de esos que tirabas un duro para llevarte uno. No perdía la oportunidad de adquirir algún cómic antiguo, como de veinte o cuarenta años atrás, tenía cierto gusto lo de antaño, y siendo honesto, leer un tebeo con treinta años de antigüedad tampoco suponía un salto en el tiempo tan grande como hoy, hoy pasa una década y todo ha cambiado radicalmente, lo de hace diez años nos parece carroza, pero antes el tiempo se percibía que corría mucho más lento.

Era aquella época de la década de los 70 en la que nada sabíamos del manga, y los cómic de Mortadelo y Filemón, o Zipi y Zape eran los personajes más buscados y queridos, pero como señalaba antes, a mí me daba cierto gusto leer aquello que se leía una o incluso dos generaciones atrás. A este respecto, en los 40 y 50 el cómic dominante en España era TBO. Si la piedra angular de la mercadotecnia es que una marca se convierta en nombre común, los de TBO acertaron en la diana de lleno, porque tebeo es una palabra perfectamente aceptada por la RAE y sinónimo de publicación infantil o juvenil con sucesión de dibujos e historietas. Al parecer el nombre viene de una zarzuela donde se nombra y ya se sabe que hay una distorsión en el español entre el lenguaje hablado y escrito, podemos decir «te veo», pero si queremos recrear unas siglas no lo podemos hacer con la uve, porque no significaría nada, en definitiva, se trata de un gráfico juego de palabras.

Aquel TBO tenía innumerables personajes de los que sinceramente me acuerdo muy poco, casi nada, aunque con una excepción, con lo que teniendo que hacer un esfuerzo simple, la única sección que tengo en mente es la de «Los grandes inventos de TBO», una serie de ingenios curiosos para dar soluciones a problemillas de la vida cotidiana.

Fue prácticamente uno de los emblemas de TBO, creado durante la posguerra y pretendía ser un contrapunto gracioso a la pléyade de personajes que habitaban la publicación. Y es que propiamente, estos grandes inventos, que ocupaban una página entera, no eran un cómic ni una historieta, eran un dibujo de un invento, con pátina jocosa, por aquello de solucionar un enredo casero, y no era tanto la redacción del texto, que había mucho texto y hasta serio y con enjundia, sino el ingenio de los autores de esta sección que tras devanarse los sesos eran capaces de diseñar todo tipo de artefactos simpáticos, que terminaban por sacarte la sonrisa.

Y es que los autores de la sección fueron varios hasta llegar al que mantuvo el tipo durante muchísimos años, el dibujante Ramón Sabatés, que aunque no fuera el padre de la sección, sí que fue su auténtico mentor, su verdadero valedor durante décadas. Y es que el bueno de Sabatés, aparte de ser un hacha con la pluma y el pincel, tenía formación técnica, había estudiado perito mecánico, y le venía como anillo al dedo esta sección para dar rienda suelta tal vez a una vocación frustrada. Basta con darse una vuelta por esos inventos para percibir que su autor no era un mindundi, y aunque se trataba de inventos un tanto histriónicos, está claro que había un fondo de veracidad y de lógica.

A decir verdad, cuando he querido recordar esta sección, no tenía asumido que se titulara «Los grandes inventos de TBO», puesto que de lo que me acordaba era del personaje inventado que supuestamente era el creador de los ingenios, el profesor Franz de Copenhague, un taimado hombrecito calvete y con gafas que le proporcionaba al invento un marchamo de impostada seriedad.

Ya anticipó Sabatés hace muchos años que una de las cosas que no puede hacer una mujer sin ayuda de otra persona, es subirse la cremallera del vestido, problema capital según la circunstancia. Así que Sabatés puso en manos de Franz de Copenhague los planos del invento que podría revolucionar el mundo de las subidas y bajadas de cremalleras, el molestar se va a acabar, así que con una serie de hilos y poleas, y con la inestimable colaboración de un perrito al que se le mostraba un suculento filete, se daba solución, quizá muy sofisticada, a este eterno problema de la raza humana.

Y es que en todos estos inventos había mucha polea, mucho hilo y cable, mucho brazo articulado, y también alguna que otra colaboración animal. Huelga indicar que la preparación de estos rocambolescos inventos no era más que una licencia editorial juguetona destinada al divertimento de los lectores, o al menos ese era el propósito.

Ese era el propósito o ¿qué había de científico? Pues todo y nada, es difícil conocer si a alguien se le ocurrió poner en práctica alguno de esos rocambolescos modelos de utilidad (o patente), que dudo que realmente se registrara en la oficina oficial correspondiente, pero el propio Sabatés nos contradice y señala que alguien sí que se ayudó de planos para hacer una máquina o artefacto tal cual él lo había diseñado, y es más, el dibujante afirma rotundamente que el cerca de millar de inventos, tenía una base sólida y afirma que todos funcionaban perfectamente, y que cualquiera podía ponerlo en práctica y funcionaría.

En todo caso, el invento en sí cumplía su papel fundamental, y es que nos riéramos, eso lo conseguía a la perfección, y la puesta en práctica queda para algún alma estrafalaria. Aunque las malas lenguas, o buenas, afirman que entre tanto invento, entre tanto ensayo y error, partiendo de la base de que todo se inspiraba en una genialidad, quizás alguno se coló de lo curioso o anecdótico a lo real; tal vez algún invento, incluso con ligeras modificaciones, ha llegado a nuestros días con la inspiración de aquellos planos con los que nos obsequiaba el profesor Franz de Copenhague.

¿Y se coló alguna? Pues todo parece indicar que sí, que una vez el profesor ideó un artilugio para sacar melones o sandías cuadrados, o más exactamente cúbicos, con una especie de caja que limitaba el afán imperialista del fruto, constriñéndolo a una forma concreta; lástima que no he podido encontrar el TBO donde aparecía el invento. Y bueno, esto sí que se puede ver en Internet, los japoneses crearon unas cajas metálicas en las que se meten las referidas frutas para ir adquiriendo la forma deseada.

Y con estos divertimentos y otros más, pasábamos buenos ratos antaño, aunque no hace tanto, pero eso sí, apartados de las nuevas tecnologías que no necesariamente son sinónimo de buenas en toda su extensión.

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