sábado, 21 de marzo de 2020

BÁDMINTON, ESPECTÁCULO EN VIVO DEL DEPORTE MÁS RÁPIDO DEL MUNDO

La gente que me sigue con cierta habitualidad en este blog y los que me conocen aunque no me lean, saben de mi afinidad con el deporte en general y con el deporte minoritario en particular. Desde hace muchos años comencé una especie de cruzada anónima, mínima, por darle visibilidad a esas disciplinas que sobreviven gracias al esfuerzo de unas pocas personas abnegadas que luchan contra viento y marea por hacer posible su existencia; pero más allá de ello intento hacer a esos deportes mi pequeño homenaje, contribuir con un granito de arena, que consiste en no solo hablar de ellos y que tengan su minuto de gloria en esta bitácora, sino también ir a verlos en directo, dar testimonio de esos puntos sorprendentes y minúsculos de nuestra geografía donde en deportes pequeños son grandes conocidos.

El bádminton ha adquirido en nuestro país un predicamento impensable hace apenas un lustro, y la culpable no tiene otro nombre que Carolina Marín. Ella ha provocado directamente que aprendamos las reglas, que sepamos la terminología, la dinámica de los partidos y todo cuanto acontece en este deporte plástico, rápido y espectacular como pocos.

La particularidad que define a este deporte por encima de otros, es que es de los pocos deportes de sala que no se juega con una pelota, o más concretamente el instrumento de juego es de los más atípicos del conjunto de los deportes que nos podamos imaginar, pues se juega con un volante; y hay que explicar esto, porque el volante es, en realidad, una pelotita de caucho que lleva alojadas plumas de ganso.

Y es precisamente la configuración de ese volante la que hace que este deporte se diferencie de cualquier otro de los que se practican con una raqueta, en realidad, de cualquier otro deporte de pelota: la velocidad. Sí, la velocidad con la que sale el volante despedido de la raqueta lo convierten en el más rápido de todos los existentes, con más de 400 km/h, y a gran distancia lo siguen el golf, la cesta punta, el tenis, el fútbol y el béisbol.

Pero justo esa velocidad con la que sale y que por la liviandad de las plumas permite que se dé la vuelta (180 grados) en cuanto es golpeado y que además la velocidad a la que llegue al campo rival se atenúe ostensiblemente.

Y eso es lo espectacular del juego, que sale rapidísimo el volante y parece increíble que aun con la velocidad que pierde en el vuelo, pues las plumas sirven de freno, pueda ser devuelto una y otra vez, con puntos increíbles; de hecho, es uno de esos deportes donde los rallys (intercambios de golpes) son más numerosos, y eso le dota de mucha espectacularidad.

Lo de las plumas tiene su gracia, nada más especial, salvo en edades tempranas donde se suelen usar volantes sintéticos, los de competición, en prácticamente cualquier categoría, son de plumas de ganso, pero no valen plumas cualesquiera, tienen que ser necesariamente del ala izquierda y exactamente dieciséis y así el giro lo hace siempre en un mismo sentido; la modificación de esta disposición supondría tener que cambiar el estilo de juego de todos los jugadores de bádminton del mundo.

Esa característica natural del volante, o sea, con auténticas plumas, implica cierta fragilidad de los mismos, y es bastante habitual que tras un determinado número de puntos o un intercambio largo, alguna pluma se quiebre y haya que cambiarlo.

El nombre del deporte no tiene nada de etimológico, en realidad su origen es en la India, concretamente en Poona, y ese es el nombre que se le daba allí desde siempre. Con el control británico de dicho país asiático en el siglo XIX, los oficiales y tropas del ejército ocupante se interesaron por su práctica y lo trajeron a Inglaterra en torno a 1875. Allí el duque de Beaufort fue uno de los grandes impulsores de su práctica, algo que se hacía con asiduidad en su finca a las afueras de Gloucestershire llamada Badminton House, de ahí su nombre.

Desde aquella puesta de largo, fue un deporte practicado fundamentalmente en Reino Unido, Canadá o Estados Unidos, a mediados del siglo XX se fue extendiendo por países del centro y norte de Europa, y en las últimas tres décadas, de algún modo, este deporte volvió a sus orígenes, a Asia, siendo mayoritariamente los dominadores en todas sus expresiones; así en países como China, Japón, Indonesia, Tailandia, Corea del Sur, Singapur o la India, es uno de los deportes con mayor predicamento.

A España llegó de la mano de un grupo de amigos, que allá por el año 1971 practicaban gimnasia de mantenimiento en el Polideportivo Municipal de Vigo (Pontevedra). La inercia les llevaba a entrenar los sábados por la tarde con el equipo femenino de voleibol «Alerta», en una cancha multiusos del citado pabellón. A un tal Luis Miró Falcón, profesor de INEF, se le ocurrió mostrar a los jóvenes deportistas un par de «extrañas» raquetas y una especie de pelotita de plástico no menos extraña. Aunque de mala calidad, aquellos artilugios que Miró Falcón había traído en uno de sus viajes a Suecia, llamó enseguida la atención de los allí congregados. Pasados algunos meses, los marineros de un barco inglés atracado en Vigo contactaron con estos jóvenes pioneros, a los que además de enseñarles las auténticas normas dieron una cuantas lecciones de juego y a partir de ahí ya fue un no parar.

Si algo tiene de interesante este deporte, en realidad diría que son varios aspectos, más allá de que sea un deporte minoritario en cuanto a sus practicantes federados en España, no es tan extraño que se practique en edad escolar, tanto en colegios como institutos. Es un deporte sencillo de aprender, sus normas son fáciles, y el coste del material para su práctica es bastante barato, por lo menos a un nivel básico o inicial. Por otro lado, es un deporte bastante completo, donde se practican multitud de músculos del cuerpo y que requiere de rapidez, flexibilidad, destreza, reflejos, extensiones, capacidad de salto… y por qué no también cierta inteligencia. No requiere de una gran extensión de terreno, eso sí, su práctica es bajo techo, al aire libre es más complicado porque tiene que hacerse en un día que no haga aire. En un gimnasio de unas dimensiones normales pueden salir un par de pistas y en un pista polideportiva, bien organizada, pueden salir cuatro pistas bastante bien, incluso más.

Y ahí, retomando con el principio, en estos deportes minoritarios no por sorprendente suele ser más habitual de lo normal que surjan mirlos blancos, que en puntos anónimos, casi desconocidos del mapa español o del mapa del mundo, te encuentras con que en un lugar recóndito, pequeñito, se practica este deporte y a un gran nivel. Eso ocurre en Arjonilla, un pequeño pueblo de la provincia de Jaén, donde residen poco más de 3.500 habitantes; allí desde finales de los años 90 un profesor de Educación física, que merece la pena subrayarlo aquí, Juan Antonio Cuesta Pérez, comenzó a impulsarlo, y caló, ya lo creo que caló.

Tres décadas después se puede decir que este pueblo es un mirlo blanco en un deporte minoritario para los profanos en la materia, pero un nombre con mayúsculas para el bádminton español, ha estado varios años en la liga de la máxima categoría de nuestro país, denominada en la 2019/20 y anteriores como TOP8 LaLigaSports, donde compiten los mejores ocho clubes de España; por cierto, este deporte está bien arraigado en Andalucía, pues la mitad de ese grupo selecto se concentra en esta región. En la pasada campaña el Club Bádminton Arjonilla acabó en cuarta posición y en esta temporada en quinta, manteniendo sobradamente la categoría. Este voluntarioso club ha demostrado que se puede estar en la élite con jugadores de la base, no solo de Arjonilla sino de pueblecitos de los alrededores, jugadores y jugadoras que han ido consiguiendo numerosos entorchados nacionales en categorías de promoción, todo un ejemplo a seguir, y que apenas da para algún recorte de periódico, más interesado en el fútbol de sexta división que ese sí que ocupa páginas. Por supuesto, también ha contado estos años con algún refuerzo externo para preservar el mantenimiento de la categoría y que la magia de este deporte se mantenga con un envidiable estado de salud, vitaminado por una, sospecho, muy buena gestión de unos pocos.

Sí, de unos pocos, esa es la sensación que tuve personalmente cuando acudí a ver la disputa en vivo del último enfrentamiento de esta campaña que medía al club local con el potente Ovida Bádminton Oviedo (estas contiendas se dirimen en siete partidos, dos individuales masculinos, dos femeninos, un doble masculino, otro femenino y un último mixto). Allí estábamos en familia, recogiditos y bien avenidos, con la sensación de asistir a un espectáculo fantástico, deporte de élite a escasos kilómetros de distancia de la casita de uno, y con la sensación de que se quedó en poco, repetiremos.

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