sábado, 23 de mayo de 2020

"ASESINATO EN LA OSCURIDAD", DE MARGARET ATWOOD

Con el paso del tiempo creo que los Premios Princesa de Asturias van adquiriendo mayor predicamento y reputación, ¿están superando a los Premios Nobel?; probablemente no, pero los prestigiosos premios españoles tienen algo que los suecos, por su propia idiosincrasia, no tienen, los nuestros son más modernos en el tiempo y, en este sentido, están más adaptados a la realidad actual.

Los Nobel nacieron con una serie de disciplinas a las que al poco se incorporaron otras, y ya se pararon, y un Premio Nobel al deporte o a la concordia, como los de Asturias, parece que los deja un poco cojos.

A todo esto se les ha criticado mucho a los Nobel el hecho de que, en algunas categorías, o son políticamente correctos (Premio Nobel de la Paz a Obama, un tío genial pero como emblema de la paz pues que tampoco) o distribuyen geográficamente casi por orden de lista adónde va a caer el galardón, esto ocurre con los premios de literatura, cada cierto tiempo tiene que recaer a algún representante de la lengua española, inglesa, francesa, árabe…

Parece que los Nobel están anquilosados y los Princesa de Asturias tienen más cintura. Probablemente la mayoría del personal desconozca que a la autora literaria de esa serie televisiva tan renombrada como «El cuento de la criada» se le otorgó el Premio a las Letras en su edición de 2008, cuando todavía se les llamaba Príncipe de Asturias.

Merecimientos tenía de sobra y acierto del jurado ni que decir tiene, porque hoy Margaret Atwood es mucho más conocida que hace una década. Una de las claves de ese premio era su versatilidad y su prolificidad. Atwood ha sido una todoterreno capaz de hacer novelas, poesía, ensayos, cuentos, guiones de televisión e incluso ilustraciones.

Esta escritora canadiense maneja un rico universo de experiencias, de personajes, de historias y, sobre todo, un profundísimo y maravilloso manejo de las palabras; digamos que por esa cualidad que tiene para ilustrar, con sus relatos nos dibuja a la perfección lo que quiere expresar.

Ese majestuoso paisaje literario se refleja en este librito de miniaturas, de microrrelatos realizados en prosa poética y que nos permite con sus variadas interpretaciones perdernos en una inmensidad de horizontes imaginativos. Estos resultan ser muy introspectivos pero a la vez muy gratificantes.

Y es que la prosa poética tiene esa cualidad propia de la poesía y es la de derivar la interpretación que el autor quiso hacer. No mucho ha que conversaba breve pero intensamente con una joven estudiante acerca del culteranismo de Góngora.

Aquella fugaz conversación me evocó aquellos tiempos pretéritos del Instituto en los que, yo que fui de Letras, tenía que releer e interpretar multitud de poemas de la historia literaria española. Tú leías y tú interpretabas lo que el autor había querido decir, y los profesores se empeñaban en ofrecerte la interpretación oficial a riesgo de perder otras interpretaciones probablemente más enriquecedoras.

Sí, porque yo que he escrito poesía, y que además lo he hecho con verso libre para no tener atadura alguna, siempre he entendido que tú sabes lo que has pensado pero por qué no va a experimentar el que lo lee otro tipo de emociones, ¿no es más rico así? La poesía se abre y es, pues, un crisol de pensamientos, incluso críticos, esos que se oponen o que contradicen la versión oficial.

Este librito que cayó en mis manos recientemente nos aporta esa atmósfera plena de matices de ese mundo inquieto de Margaret Atwood, muy personal. Son relatos cortos, cortísimos en algunos casos, y en los que nos expresa emociones, pensamientos y crítica social. Sabe lo que dice y lo que quiere señalar, aunque estoy convencido de que con estos juegos de palabras también pretende hacernos reflexionar, incluso menearnos de nuestro asiento para que nos sintamos partícipes, opinadores de lo que ella nos propone. «El cuento de la criada», serie que no he visionado, es justo reflejo de esa crítica.

De algún modo me ha recordado una pequeña afición mía del pasado juvenil, ya enterrada, en la que realizaba relatos personalísimos, quizá tengan una cincuentena de ellos que jamás han visto la luz, ni la verán. Eran muy surrealistas si los lee un extraño, aunque yo sabía lo que quería decir; y si alguien los leyera ahora tendría emociones distintas a aquellas que los inspiraron.

Aunque no sea el hilo conductor de esa obrita, se observa una despiadada crítica social, y se aprecia que Atwood ha sido y es toda una activista social. Es perceptible su defensa de la mujer, pero no porque debe hacerse así por ley, sino por merecimientos y por, tal vez, una especie de desequilibrio histórico que hoy seguimos heredando.

Te encuentras muchas sorpresas en «Asesinato en la oscuridad» y precisamente el microrrelato que da nombre a este recopilatorio de historias de no más de quinientas palabras en su mayoría, es no sólo la explicación de un juego, sino toda una revoltosilla maniobra para hacernos pensar. El juego me recuerda, de algún modo, a ese que jugábamos en verano guiñándonos el ojo y que se llamaba «el asesino».

En este juego se doblan papelitos (en el asesino se hace con cartas de la baraja), aquí hay un asesino y un policía, el policía abandona la habitación, esta se queda a oscuras y el asesino mata diciéndoselo al oído a la víctima o tocando suavemente su cuello, esta muere cayendo al suelo (o no), y a partir de ahí se cuentan diez segundos hasta que se enciende la luz y entra en escena el policía. Todos están obligados a decir la verdad, menos el asesino y lógicamente la víctima, porque como está muerta no puede hablar.

Margaret Atwood juega con el juego para transmitirnos que en la vida real todos somos un poco asesinos, un poco mentirosos, un poco víctimas y también un poco policías.

Ese abigarrado conjunto floral de Atwood nos adentra en una cálida secuencia de maridajes mentales que a cada cual le saldrá a su manera, porque no hay patrón, o yo no me lo he planteado.

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