![]() |
Amanecer en Baiona desde la Fortaleza del Monte Boi |
Siempre he pensado que el mapa de España tiene ciertas curiosidades tales como que si lo dobláramos por la mitad y miráramos qué extremos se tocan lograríamos observar ciertas coincidencias. Asturias o Galicia tienen algo que nos une con los andaluces, tal vez que vivimos apegados al terruño y somos muy familiares, unos algo fríos y distantes en apariencia, los otros, esto es tópico e injusto sobremanera; nosotros, más cálidos y acogedores de primeras. Lo cierto es que casan bien los caracteres de las gentes del norte y del sur.
Ahora bien, si tuviera que inclinarme por una seña de identidad de la localidad que aquí reseño, precisamente coincidiría poco con lo que percibo yo en el sur. Baiona es ese típico pueblo del norte, que es costero en lo que dice la primera línea de playa y que luego es sobrio cuando avanzas en la primera calle de su interior y ya no ves el mar. Sí, tengo la sensación de que igual que en el sur en cualquier enclave costero respiras playa si te adentras en el pueblo cientos y cientos de metros, en el norte es como si la ciudad se tapara, se protegiera de un mar que cuando se pone bravo es temible, como si dejara de ser costa con inmediatez.
En Baiona caminas por su paseo marítimo, hueles a mar, escrutas rostros de antiguos marineros que se jugaron la vida en aguas mortíferas y sobre todo respiras esa paz y ese olor a tranquilidad que solo se puede experimentar cuando tu vista se recrea en la leve ruptura de las olas sobre una orilla que no espera clientela.
Tiene también Baiona esa especie de desorden urbanístico típico de las ciudades costeras que han ido creciendo a embates, como la mar bravía que la aposenta. Tienes edificios modernos y altos hasta cubrir la saciedad de intrépidos arquitectos y constructores, que se intercalan con casas antiguas dotadas de su correspondiente hórreo. Las casas antiguas resisten a duras penas la humedad, cabría preguntarse si sus moradores la resisten en su interior, a buen seguro que sí.
Y callejeando por un entramado urbano a veces laberíntico te das cuenta de que tradición y modernidad no es que se den la mano, es que están obligadas a convivir, sin que se pueda deducir quién se impondrá a quién, probablemente el clima y el paso del tiempo serán los que tengan la última palabra.

Baiona es acreedora de un breve pero intenso apartado de la historia de España, y es que cuando Colón volvió de América, sus naos arribaron en Baiona como primer puerto español, carabelas que disponían de una tripulación netamente andaluza, en concreto La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón. Tal vez por eso, porque seguro que algún animoso marino decidió nunca abandonar esas tierras gallegas menos exigentes con el mercurio que las tórridas noches veraniegas del sur, este humilde bloguero se toma la licencia de pensar que ahí está la coincidencia de caracteres, en ese legado pretérito de aventureros y lugareñas que hizo de este enclave quizá un soplo de Andalucía en una esquinita del norte de España.
Pues uno se pierde por sus calles y entre sus gentes, que siempre es la mejor manera de conocer el sitio que uno pisa, calles serenas con una zona monumental en el casco urbano pequeña pero bien conservada y muy elegante; no obstante, lo que no puede obviar el viajero es un paseo por el imponente castillo de Monterreal que es más parecido a una fortaleza y, de hecho, los autóctonos lo llaman con mayor acierto la Fortaleza del Monte Boi.

Es enormemente relajante pasear por el contorno de sus murallas, franquear arcos, tocar sus cañones que denotan la importancia defensiva de la plaza. No hay nada como tocar, pulsar las piedras que, por un momento, ellas mismas imperturbables al devenir, te cuentan cuántos acontecimientos han vivido, cuántos personajes históricos las palparon y vivieron allí hazañas confesables e inconfesables.
En la sobriedad de sus calles tienes que pararte a contemplar los escaparates de su coqueta zona comercial, decorados con gusto, ya sea una tienda de calzado, una floristería o una charcutería, y puede que también todo ello en un mismo recinto. En eso los gallegos son únicos, saben venderse muy bien, su producto, el que sea, es siempre el mejor.
Por supuesto no hay que perderse, si el tiempo lo permite, el climatológico y el del reloj, la degustación de las delicias culinarias de bares y restaurantes que ornan con suficiencia una localidad serena, donde es evidente que no pueden faltar los productos de la zona, el marisco es indispensable.
![]() |
Templo Votivo del Mar en Panxón |
Sus formas, su esbeltez que casi se adentra en el océano le dan prestancia y señorío, tanto que parece un estilete frente al ímpetu de esa inmensidad. Y allí, callados, solemnes, decidimos rendirle tributo a Salud, a la que precisamente su nombre fue lo que le falló en el último momento.
Comentarios