"EL CRÉDITO", DE JORDI GALCERÁN

Creo que en el horizonte de todo buen escritor de obras de teatro que se precie está el de entretener al público, quizá también conmover, pero desde luego uno no puede estar en una butaca durante algo más de una hora e irse con la sensación de que ha perdido el tiempo, algo así me pasó hace unas semanas con una obra llamada Catártica y que he preferido ni reseñar en esta bitácora porque sus chistes eran malos y la trama sin interés.

Pues esta que vi de «El crédito», escrita por Jordi Galcerán me compensó el rato poco provechoso que tuve con la otra. Esta es una obra jocosa, divertida, llena de ritmo, y no son los golpes que tiene sino el enredo lo que hace que toda la trama sea un chiste continuo, casi en progreso.

Curiosamente no es la primera representación teatral de este autor que yo he visto, también reseñé en este blog «Burundanga (El final de una banda)», visionada a través del recurso digital y público de la Teatroteca, una comedia disparatada, absurda y también muy entretenida.

Así que de eso se trataba, de apostarse en la butaca y echar unas risas. Y quizá nada más, me refiero a que no tiene que haber trasfondos sociales, políticos o económicos, tal vez esos análisis para otros momentos, porque ahora tocaba reír, o al menos sonreír, porque no soy de risa fácil y cualquier chiste no consigue mi aprobación.

Aunque el enganche de la trama sea que el poder de los bancos es a veces inhumano, tal vez el ciudadano de a pie también tiene herramientas para reivindicarse y darle la vuelta a la tortilla, para tener la sartén por el mango por una vez en la vida, y sentir, aunque sea en un momento único, que el poder está en el cliente.

Antonio (Pablo Carbonell) debe estar en una mala situación económica, tanto que se ve obligado a solicitar un crédito a un banco. No se percibe la necesidad tanto por el motivo como por la ansiedad y el estado depresivo que transmite, como si el mundo se le apagara si no lo consigue. Y a esa situación llega porque Gregorio, el director del banco, le niega categóricamente el préstamo, aludiendo a esa retahíla de razones legales, convertidas en excusas vanas para Antonio, que no dejan de ser más que el ideario férreo e insensible de las grandes organizaciones para no ceder sus créditos hasta tanto todo no esté atado y bien atado.

Pero está claro que Antonio no se va a resignar y tiene un inesperado as en la manga, tras intentar convencer a Gregorio más por insistente y pesado que por otra cosa, ante la sucesión de negativas del poder bancario. El desesperado peticionario decide hacer un órdago, ya que en terminología de naipes nos movemos, y promete seducir a la esposa del director, atendiendo al don que la naturaleza le ha otorgado, como es el de tener un irresistible poder de atracción hacia las mujeres.

Obviamente Gregorio no se amilanará y seguirá en sus trece, asumiendo que su incansable cliente no ha hecho más que un brindis al sol. Con esa exposición se cerrará el planteamiento de la trama.

Sin embargo, Gregorio, que presume de ser un padre de familia modélico y un enamorado de su mujer no las tiene todas consigo e intentará apuntalar las consecuencias de un hipotético contacto callejero entre Antonio y su esposa. De tal guisa que llama a esta para ponerla en preaviso, lo que ocurre es que tal y como lo explica Gregorio, de la forma más llana posible, no deja de tener su intríngulis, que la mujer interpreta como que negar un préstamo por una cantidad ridícula (unos 3.000 euros más o menos, aunque no recuerdo la cantidad con exactitud) es como «valorarla» muy poco, y ya deviene el enredo.

Antonio volverá al banco pero la situación habrá cambiado, la relación entre Gregorio y su mujer se ha deteriorado, sin que haya tenido que intervenir Antonio, porque como decía un viejo aserto del ajedrez «la amenaza es más fuerte que la ejecución». Para Gregorio lo que antes eran pegas y reclamo de múltiples garantías para poder conceder el crédito ahora se ha tornado todo en facilidades, pero no ya para conceder la cantidad solicitada, sino 10.000 €. En este punto el espectador pensará, entrando en el juego, que Gregorio ya valora (económicamente) más a su mujer.

Pero la situación va a peor y se desvela que el matrimonio ha roto, y Antonio, sintiéndose de algún modo como causante más o menos inesperado del desenlace, pasará de ser un experto en dotes amatorias, como él se reconocía, a un psicólogo especializado en rupturas amorosas.

Ahora es Antonio el que lleva la voz cantante, y el que intentará ayudar al que se ha convertido en su víctima y, por ende, en inopinado amigo, por aquello del remordimiento.

Ya digo que resultó muy divertida, sin necesidad de hacer grandes chistes o usar golpes muy concretos, todo es un enredo en progresión y cada situación supera a la anterior. Una comedia muy madura que te deja un poso muy agradable.

El escenario es minimalista, hay dos espacios, uno es la oficina propiamente, donde el bancario se siente el rey, tiene el poder y lo ejerce desde detrás de su mesa situado en el trono que es su sillón cabecero. Enfrente de este despacho se sitúa una especie de sala de espera, y ahí Antonio se ha erigido en el dominador de la contienda, su estrategia preparada o no, le va a llevar a lo largo de la comedia a ser él casi el que se concede el préstamo.

Magnífica interpretación de ambos actores sin lugar a dudas, aunque yo destacaría, quizá por ser el más conocido, la cantidad de registros y entonaciones que lleva a cabo Pablo Carbonell, convertido en un madurito inteligente y complejo que rezuma una apariencia docta e imprime a sus palabras la fuerza que representa cada diálogo concreto.

Buena elección y magnífica noche del sábado en el distinguido Teatro Cervantes de Linares donde tuve el privilegio de asistir a esta representación el pasado 27 de abril.

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