Lo he referido no pocas veces en esta bitácora que no es bueno ni recomendable dejarse llevar por el fanatismo o por las visiones parciales de la realidad; si escuchas una noticia es bueno contrastarla, ver cómo la trata un medio y el del signo contrario y a partir de ahí construir tu propia opinión. En esta vida ni todo es blanco ni todo es negro, sino que hay multitud de grises y probablemente en esa gama esté la respuesta a la mayoría de las cosas, ser equidistante creo que es una buena filosofía de vida para casi todo.
Esto me lleva a reflexionar acerca de un asunto en el que yo mismo me he visto manipulado y creo que es de justicia que refleje aquí mi parecer. Y todo viene porque como aficionado que soy a las novelas, películas y series sobre la 2ª Guerra Mundial, suelo poner mucho el acento en esa visión que se hizo desde el bando ganador.
Siempre se dice que la historia la escriben los vencedores y yo suelo escribir mucho sobre el exterminio provocado por los nazis en la población judía y otros grupos étnicos en la 2ª Guerra Mundial, algo que me conmovió desde chico cuando vi la serie «Holocausto» y luego leí el libro aun siendo barbilampiño, y he seguido en esa estela.
Con tantas guerras habidas y existentes uno se para a pensar que más allá de quién empezó, el invasor, que puede ser más culpable que el del otro bando, a veces el detonante de esa invasión viene precedido de mucha historia previa que se pierde, en algunos casos, en la noche de los tiempos. Lo que tengo muy claro es que habrá vencedores y vencidos, pero sobre todo, muerte, destrucción y sufrimiento.
La barbarie que los nazis perpetraron contra el pueblo judío es algo que no se olvidará jamás, y nuestras generaciones futuras la recordarán como uno de los episodios más horrendos de la historia de la humanidad. Pero aun así, es posible que experimentemos esa sensación de que los árboles no nos permiten ver el bosque.
Tras el visionado de la emotiva película «Los niños de Winton» que reseñé hace poco en esta bitácora, me dispuse a leer un controvertido libro pero icónico a la vez como es «Matadero cinco», del estadounidense Kurt Vonnegut, una narración que casi se convierte en autobiográfica y que mezclando elementos del presente del que parte, viaja al pasado, en los últimos días de la 2ª Guerra Mundial cuando se produce el bombardeo por los aliados de la ciudad de Dresde, donde el autor estaba de prisionero; e igualmente viaja al futuro, a una realidad paralela, a un planeta inexistente, Tralfamadore, donde el protagonista evoluciona en una especie de catarsis.
La novela, escrita en 1969, fue tan polémica como comentada, diría que hoy sigue siendo un referente crítico en torno a la actuación de las naciones vencedoras en la referida conflagración bélica, y que con esa estructura caótica de saltos en el tiempo viene a mostrar la locura de aquellos que superaron aquel conflicto, que sanaron las heridas físicas pero que jamás pudieron borrar las que llevaban en el interior, y también pretende cuestionar la visión buenista con que los vencedores escribieron su historia y la que nos dieron a conocer.
En Dresde murieron miles de personas, la mayoría civiles. Este debate abierto en la opinión pública del que no soy ajeno ha dispuesto recientemente de un elemento más para cebar la discusión, y no ha sido otro que la aclamada película «Oppenheimer», que a mí no me gustó, pero no por la temática sino por su narrativa.
Están latentes en el desarrollo de esa producción los problemas éticos de Oppenheimer a la hora de construir un arma tan letal y devastadora como la bomba atómica, y el convencimiento, propio o forzado por las circunstancias y las autoridades, de que matando a muchas personas se evitarían muchísimas más muertes, en un razonamiento capcioso y de todo punto cuestionable.
Tristemente el ser humano ha construido un mundo, desde que habita la Tierra, en el que su afán imperialista es desmedido; las guerras han sido una constante a lo largo de la historia, más pequeñas o más grandes, más mortíferas o menos. Que en cada país tengamos un ministerio de Defensa es toda una declaración de intenciones, que disponer del mismo suponga una inversión para la paz también es un argumento errático, en realidad, tenemos ejército porque el proceder del mundo civilizado lleva siglos anclado en una mediocridad, nadie se fía de nadie, el hombre es un lobo para el hombre. Establecemos alianzas de vecindad o de afección política para ser más fuertes internacionalmente.
Que la industria armamentística sea una de las que más dinero mueve en el planeta, dicen que junto a las drogas y las medicinas, nos entrega una realidad que por más vueltas que le demos no puede ser más obvia, qué van a desear esas industrias si no que existan conflictos bélicos para poder vender más. No es muy errático pensar que algo de influencia tendrán estos grupos de presión para alentar a que se inicien guerras o para que se dilaten en el tiempo las existentes.
Menos dudas genera que en el mayor absurdo de esta humanidad corrompida por los poderosos (los líderes de las grandes naciones fundamentalmente, y de las medianas y pequeñas que no pueden hacer otra cosa que acatar) tengamos tal cantidad de armas de destrucción masiva capaces de destruir nuestro planeta en cuestión de segundos y no dejar ni rastro. Es más, seguro que hay tantos explosivos que podrían destruir la Tierra varias veces.
También podríamos reflexionar si hay en este mundo unos pocos muy malos que ejercen como la manzana podrida en un cesto enorme, pero en realidad es el egoísmo humano e individual el que se traslada a las naciones, convertidas en monstruos egoístas que quieren ser más a costa de los débiles.
En un mundo tan imperfecto como este las malas noticias nos asaltan cada día en los telediarios, muchas de guerras, esas son iconos, aunque también es verdad que el mundo occidental se interesa por lo más cercano, ahora es Israel y Palestina, ha quedado en segundo plano Ucrania y Rusia, pero ni le hacen caso los medios de comunicación, ni nosotros nos preocupamos, de otros conflictos que hay en el mundo, África por ejemplo es un fortín en muchos lugares, en Etiopía concretamente, de donde es mi hijo, se libra una guerra civil desde hace unos cinco años y apenas tenemos constancia de ella.
Kurt Vonnegut nos aporta un testimonio demoledor, el que él vivió en sus propias carnes y que trasladó al libro inventando un personaje atormentado y marcado de por vida a causa del horror que había presenciado; en la conclusión de que aquel bombardeo de la ciudad de Dresde fue otra masacre innecesaria, en un gesto de ensoberbecimiento de lo que a todas luces era ya una victoria cantada para las tropas aliadas. Hay una película también aunque menos dramática que el libro.
Y no, no me alegro de las guerras, ni siquiera me alegro por el que ha ganado, porque son muchos más los que pierden, es la humanidad la que irá perdiendo cada vez, eternamente, o hasta el momento máximo de enaltecimiento del ser humano en que alguien decida pulsar el botón y nos desintegraremos.
Hace poco vi la película «The man from Earth», de Richard Schenkman, una sobrecogedora lectura de la humanidad en la que un tipo reconoce llevar 14.000 años sobre la Tierra y cada década más o menos va cambiando de lugar, dado que es inmortal y no envejece. Una de sus grandes desdichas es que sabe que nadie, ni sus hijos, le sobreviven, pero su realidad física le hace haberse hecho fuerte en esa terrible encrucijada existencial. Si por un momento yo hubiera estado en la piel de ese hombre no sé si hubiera podido soportar asistir en directo a una historia de miles de años de guerras y destrucción, no se me pone la piel más dura a medida que cumplo años, al contrario, cada vez me afecta más que la única solución de esta humanidad sea pelearse los unos contra los otros.
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