Reseñé a principios de 2024 la serie «The office» en lo que fue su producción original de la BBC, creada y producida por ese genio del humor inteligente como es Ricky Gervais, el cual me inspira notablemente, porque en todo lo que genera subyace una inmensa humanidad. En aquella entrada ya aventuraba que vería esta misma serie producida en Estados Unidos por la NBC, subrayando que en momentos de zozobra emocional necesitas buscar estrategias para arrancarte sonrisas.
En este momento de mi vida de alternancia de impulsos y retracciones no he perdido esa perspectiva de tener comodines, esas series que me hacen sonreír, lo de reír (que me cuesta más) ya es tarea más compleja, y en todo caso, te desconectan por un rato y permiten olvidarte de la realidad que a veces oprime, deprime y comprime.
Si la serie primigenia de Gervais era una sátira al mundo de la incompetencia y procrastinación en los trabajos, particularmente centrada en una oficina dedicada a la venta de papel y material de papelería en general, y que tiene un trasfondo de realidad que yo no voy a negar, porque lo veo en mi contexto laboral (trabajo en una oficina); la traslación a Estados Unidos fue un éxito superior, primero por el mayor público al que llegaba y segundo porque dado lo bien que funcionó, las temporadas fueron añadiéndose sucesivas año tras año hasta convertirse en una serie mítica. Probablemente se comió la fama de su antecesora pero no hay que negarle el éxito de la idea a Ricky Gervais y a Stephen Merchant que estuvieron como productores ejecutivos en este proyecto de la NBC y padres de esta criatura que evolucionaba pero sin perder su centro de gravedad.
Podríamos decir que las dos o tres primeras temporadas seguían esquemas argumentales y personajes casi calcados a los británicos. Particularmente sobresalía la figura del jefe, aquí se llamaba Michael Scott, protagonizado por el mediático actor Steve Carell, otro adalid del jefe vago, que se cree gracioso, incompetente, creído, perdedor, machista, xenófobo, homófobo y todos los defectos que te puedas imaginar…, pero ahí estaba, cumpliendo la Ley de Murphy, habiendo llegado a su máximo nivel de incompetencia.
El resto de personajes también estaban más o menos clonados con respecto a la serie original, con un subordinado de Michael Scott, el inefable Dwight Schrute (Rainn Wilson), un trabajador incansable con una surrealista forma de ver la vida, entre lo decimonónico, lo pastoril y lo salvaje, con un idilio tan grande con el papel como con las remolachas, sin hacer ascos a las mujeres. Es la diana de las bromas infinitas de su compañero de funciones Jim Halpert (John Krasinski), que podríamos decir que es casi el único normal de la oficina.
En realidad también es normal la chica que primero es el deseo de Jim, luego su conquista y finalmente su mujer, la recepcionista en las primeras temporadas Pam Beesley (Jenna Fischer), que aquí en Estados Unidos, al durar tanto la serie se desarrolla dicha relación mucho más que en la británica.
Y hasta ahí lo serio, porque en este producto americano hay muchos más personajes, y la mayoría de ellos fijos desde el principio hasta el final, lo que le da un punto de fidelización al espectador. Cada personaje es un emblema del tópico y del estereotipo, la serie se ríe de todo eso, no sé si esa serie se podría haber hecho en España hoy, porque en los últimos años se ha propagado la cultura de la cancelación, particularmente en el humor.
Aquí tenemos personajes que se ríen de su propio estereotipo u otros que lo hacen por ellos, todos hacen chistes de todo y no pasa nada, tenemos a los negros, tenemos a una chica de origen hindú, a otro hispano que además es homosexual, a una obsesa sexual, a una huérfana, a un tontito con inteligencia límite, a varios gordos…, y es que no hay ningún personaje perfecto, es más, es que los personajes en sí son antihéroes, y ellos mismos asumen esos roles sin problema.
La serie evoluciona con los años en disparatadas tramas donde hay un avance en los personajes, en sus relaciones entre ellos y con el exterior, y también una proyección de la propia oficina y su estructura, con cambios de jefes, de formas de proceder, de nombre incluso, pero siempre sin perder la perspectiva de una empresa que vende papel y donde los personajes, que la mayor parte del tiempo se dedican a jugar, literalmente, gastan algo de tiempo en que el negocio subsista. Tal vez con el tiempo esta serie hubiera tenido menos sentido coyuntural, dado que el papel físico se usa cada vez menos en la vida diaria y particularmente en las oficinas donde antes tenía una relevancia inmensa y sobre todo un volumen inabarcable.
Juegan u organizan fiestas, porque en ese afán por la procrastinación o por la vagancia, hasta tienen su propia «comisión de festejos» donde se decide lo que se celebra y cómo se celebra. Y de hecho qué no quedó por celebrar.
La imaginación que despliegan los guiones de la serie es infinita y casi diría que también la de algunos personajes, que son actores, pero también son guionistas y directores de algunos capítulos, lo que denota la gran conexión entre el proyecto y aquellos que lo sostenían en la realidad semana tras semana.
No puedo decir que la serie me haya hecho reír a carcajadas, en unas pocas veces me lo ha provocado, pero porque soy así, aunque sí es verdad que el tono jocoso persistente era justo ese apoyo que necesitaba para abandonar momentáneamente a mis demonios internos.
Cada personaje sería perfectamente analizable, llegamos a alcanzar bastantes conocimientos del perfil de ellos. Curiosamente el más irrelevante, o el más secundario de todos es uno de los que más gracia me hizo fue Creed Bratton, así se llamaba el actor y así se llamaba en la serie, obviamente en una versión ficticia de sí mismo. En la serie es el personaje que nunca supimos a qué se dedicaba, y todo lo más siempre nos dio a entender que era un huido de la justicia que tenía la oficina como refugio o tapadera.
Por recordar un aspecto esencial del formato de la serie, esta se grababa como si un documental (falso) se tratara, donde los protagonistas actúan de una forma muy natural, demasiado, a tenor de que saben que hay unas cámaras delante, y de vez en cuando están en una habitación donde los entrevistan personalmente, como ocurriría en un documental normal.
En la temporada siete, creo, el personaje del jefe Michael Scott deja el trabajo y la serie, imagino que por necesidades del propio actor Steve Carell, aun siendo un personaje odioso que por el envoltorio humorístico lo terminas queriendo; la serie perdió algo de fuelle, él era el nudo gordiano de la misma. Los sustitutos de jefe no podían ser una copia de él y las tramas argumentales nos iban abonando el terreno para un final.
La serie cerró tras nueve temporadas haciendo las delicias de un montón de gente que la recordarán como un producto mítico, en el que los chistes, las escenas, los momentos… serán rememorados a lo largo de mucho tiempo. Muchos actores se consagraron o directamente estarán asociados para siempre a esta serie que ya es historia de la televisión.
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