"MEJOR NO DECIRLO", DE SALOMÉ LELOUCH

Podría parecer un cascarrabias o el típico abuelo Cebolleta que se irrita por todo cuando, como es mi caso, voy al teatro; pero es que yo voy al teatro para divertirme, para evadirme, para pasar un rato agradable y disfrutar de la magia de un espectáculo en directo sin intención de darle muchas vueltas a la olla, más que las justas, aunque, eso sí, que el ingenio y la originalidad no estén ausentes; pero cuando lo que ves no te ha gustado, pues no puedo callarme y lo expreso.

Hacía tiempo que no iba al teatro, cuestiones familiares me lo han impedido, y acudía a esta comedia «Mejor no decirlo» interpretada, ojo al cartel, por Imanol Arias y María Barranco, con especial ilusión de retomar esta afición aparcada. La entrada, unos treinta euros, es la más cara que he pagado jamás, es evidente que estás pagando por ver a dos actores archiconocidos, hay clases y clases.

Más allá de entrar en materia, me sucedieron dos cosas insólitas: ni el público se reía —y mira que la gente es voluble y suele dejarse llevar por la risa fácil ante cualquier chiste o chanza— y, al salir, un espectador expresaba en voz alta mi mismo sentir: la comedia no le había gustado nada de nada.

Sí, sé que soy insistente con esto de la risa fácil, que no, que me resisto a reír donde están puestas las risas enlatadas (en el teatro sería como la risa predecible), que no trago con reírme con cualquier chorradita que se dice, que el humor y la gracia son mucho más que eso, es ingenio y originalidad; hay que tener cierta donosura para reírte en lo perspicaz y no ser tan ligero que te ríes hasta de tu sombra, a lo mejor va a ser que sí que soy un abuelo Cebolleta. Y claro, si hay que reírse, que me encanta, hay que hacerlo con clase, no medrar en lo chabacano, en lo bajo, en lo trillado, y hacerlo en lo nuevo, en lo distinto, en lo inteligente si me apuran.

A ver, no es que esta comedia fuera chabacana, pero la temática sí que la calificaría como trillada. Un matrimonio de esos que llevan toda la vida juntos, perfectamente compenetrados, pero a la par son muy distintos, es lo que de algún modo se dice de que los extremos se atraen.

Ella es un torbellino, llena de vitalidad, de ardor, de ganas de vivir, dicharachera, simpaticona, y tal vez con un defecto que, según se mire, puede convertirse en virtud, y es que no se calla ni debajo del agua, esto es, dice siempre lo que piensa, a costa de molestar a quien escucha sus pensamientos sin filtro alguno, es decir, ahí, en esas situaciones es políticamente incorrecta o ampliamente sincera.

Y él diría que es un tontaina, un «bienqueda», que prefiere sacrificarse, no molestar a los demás, y tal vez ni a sí mismo, para seguir en una posición cómoda de tipo recto, serio, del que siempre se espera su compostura y su buen hacer, huye de los líos.

En el papel de Imanol Arias veo el primer gran problema de la obra, y es que cuando miras a Imanol es enormemente complicado despojarse del sesgo que tenemos ya no del actor en sí, sino del mítico papel de Antonio Alcántara en la serie «Cuéntame», que lo acompañará siempre para bien (y en algunos casos, como yo creo que es este, para mal). Y es que parecería que Imanol siempre está interpretando ese papel, no llega a desprenderse, lo ves en gestos, en giros, en posturas, en declamaciones. Y en este papel Imanol es una suerte de Antonio Alcántara insulso, plano, sin gracia, sin salsa. Al protagonista de la obra de teatro le molesta que su mujer sea expansiva, natural, espontánea…, no, ella no puede decirle a la suegra que la tarta que prepara los domingos está dura, porque a los hijos les ilusiona, por más que sepan que sí, que está dura, porque no quieren quedar mal con su madre del alma.

Pero es más, el personaje interpretado por Imanol, y ahí debo pensar que es por exigencias del guion, es completamente, plano, no modula, es monótono, es como un Antonio Alcántara con varios brandis menos entre pecho y espalda. El contrapunto con la esposa, que imagino que debe ser lo gracioso, no se constata, no cuaja, parece como si ambos actores estuvieran en obras de teatro distintas. Imanol dialoga al ritmo de un monólogo pero no del club de la comedia, sino del club de la filosofía, y cuando suelta los chistes su tono anodino lo desbarata todo, no salta chispa alguna.

Y claro, ella se resiste a ser otra persona distinta a lo que su instinto le dicta, esa espontaneidad le trae no pocos problemas, pero ella es así. Tanta viveza hace que María Barranco, como actriz, saque su vis cómica, que la tiene, modula mucho más que su marido, es como la noche y el día, que vuelvo a insistir si es porque el guion así lo dice o por exigencias de la dirección de la obra; pero de las pocas gracias que tiene la representación, la mayor parte son protagonizadas por María.

Al final, como conclusión, y no destripo nada de nada, podría insinuarse que decir la verdad casi sería mejor que no decirlo, haciendo alusión al título de la obra, o sea, es así porque aunque él intenta en la obra convencer a su mujer de que no es tan higiénico andar siempre diciendo la verdad, porque a la postre, cuando te callas tanto algo corres el riesgo en el futuro de decirlo todo de sopetón y entonces ahí sí que es peor.

Y digo que no destripo nada de nada porque fiel a mis principios dejé pasar unas semanas hasta escribir esta reseña, porque siempre espero a que decante el poso, y esta vez este era tan tenue que he tenido que hacer severos esfuerzos por recordar la trama. La trama tiene tan poca profundidad que más me acuerdo del decorado moderno, versátil y luminoso que de los diálogos.

Ocurrió una incidencia al empezar la obra a la que asistí en el Teatro Cervantes de Linares el pasado 29 de mayo, algo pasó con el telón, que no se levantó cuando debía y el inicio se demoró unos minutos, para «tranquilizar» a las masas, salió Imanol al escenario y amenizó mínimamente la espera señalando que la obra la habían llevado a algunas plazas sudamericanas y jamás habían tenido tal contratiempo, no obstante, recordó que más allá de que nos fuéramos a reír, y mucho (nos reímos poco, yo nada), enfatizó, el fondo de lo que se cuenta tenía un matiz más serio del que se esboza. Tal vez ese fuera el problema, que acudimos a una comedia sin medir que detrás puede haber un trasfondo más profundo, pero que no, no había que hacer demasiadas reflexiones, la obra era deficiente y la puesta en escena apenas llegaba al aprobado.

Y justo es decirlo, la obra es de la dramaturga francesa Salomé Lelouch y el director de escena es el argentino Claudio Tolcachir; así que si la obra ha triunfado en otros lugares, tal vez ahí le hayan visto una gracia que yo no he encontrado o una profundidad que mis cortas luces no han alcanzado.

Comentarios