sábado, 1 de agosto de 2020

"TODO ES CUESTIÓN DE QUÍMICA", DE DEBORAH GARCÍA BELLO

Hace unos pocos años iba en coche solo y escuchando la radio (siempre la llevo puesta o emisora generalista o de música, o simplemente música que me gusta y que llevo grabada), esta vez era un programa de variedades donde hacían entrevistas y estaban haciendo una con una chica que era química y que, casi por primera vez en mi vida, despertó en mi cierto interés por esa ciencia.

La clave de aquella entrevista y de aquella chica es que hablaba con claridad de alimentos y productos cotidianos de cosmética y, de algún modo, desmitificaba esa tendencia que lleva ya años asentada en nuestras conciencias de que la química es mala o todo lo químico es pernicioso.

No tardé nada en meterme en Internet en cuanto paré el coche para saber más sobre esta química, Deborah García Bello, una divulgadora que me había resultado muy amena en sus respuestas y a la que también inmediatamente me dispuse a seguir en Twitter.

Desde entonces intento leer con atención esos mensajes en Twitter y ya no sé en qué momento me di cuenta de que ya salía en algún programa de televisión, en La Sexta últimamente, indicativo evidente de que se trataba y se trata de una experta en su materia con gran capacidad pedagógica e instructiva.

En estos meses de confinamiento en los que hemos estado más recogidos y dedicando más tiempo a las redes sociales, esta química gallega ha sido muy activa, o al menos así lo he percibido yo; no sólo está separando el grano de la paja en cuanto a las noticias y evidencias científicas acerca del coronavirus, sino que ha estado ofreciendo su saber para, por ejemplo, elaborar pan, una de las grandes aficiones de los españoles en estos tiempos de obligada reclusión. Tuve la oportunidad incluso de recibir respuesta a una pregunta que le hice sobre un aspecto alimentario, fue muy amable.

Y a partir de ahí, y porque ya lo sabía, me dije que por qué no leer un libro de temática científica pero escrito por ella, con esa pátina de buena explicadora, de una inopinada docente de aspectos que, en teoría, pueden ser algo áridos. Sé que tenía varios y me dispuse a leer uno de los primeros, tal vez su ópera prima, este que hoy traigo a colación.

Editado en 2016 me adentré en su lectura esperando que la interesante senda de Deborah también tuviera similar discurso en sus textos. No es del todo cierto que la química nunca me interesara, en este devenir de la vida, no tuve en 2º de BUP un profesor que transmitiera pasión a los alumnos por su asignatura, se me atragantó, tuve que sacarla al año siguiente, entonces me gustó, pero ya era tarde porque me había decantado por las letras.

También es verdad que muchos colegios o institutos se precian de tener laboratorios de química y no tuve suerte en ningún caso porque jamás pisé tales laboratorios y, por ende, nunca pude hacer esos experimentos que los chicos de otros colegios se pavoneaban de haber llevado a cabo, aunque fuera aquel mítico y probablemente de los más elementales que consistía en mezclar varios productos para conseguir un inconfundible olor a huevo podrido, siempre detestable pero también atrayente para los jóvenes por aquello de que también te evocaba las bromas que todos ejecutamos alguna vez con bombas fétidas.

Pese a esta rémora, quizá gracias a ese profesor de clases particulares que me ayudó a entender la química siempre intenté saberme buena parte de los elementos de la tabla periódica con sus símbolos y sus curiosidades, para entender, por ejemplo, de qué se componía la aleación de aquella primera bici de montaña que me compré.

Deborah García Bello hace un ameno recorrido por esta tabla periódica; esa puesta de largo del título desvela que efectivamente todo existe porque la química existe, todo lo que conocemos, tocamos, respiramos, casi sentimos, es una sucesión, una combinación de elementos químicos. Son los que son y no hay más, algunos muy comunes y otros raros, hasta los últimos que se consiguieron en el laboratorio y que son bastante inestables. Y lo que es inquietantemente cierto y puede que no fácil de comprender, es que ese número de elementos químicos, en todo el universo, es finito, y ello tiene que ver con el número de protones en el núcleo de un átomo. De esto trata el comienzo de este libro, de cómo se fueron conociendo los elementos químicos, de los primeros científicos, de la creación de esa tabla periódica y del papel de esos precursores de la química moderna que, a modo de alquimistas, iban ensayando para producir variaciones, aleaciones, mezclas que dotaran de unas características superiores a los elementos simples.

La propuesta es amena en su conjunto, pero si pudiera parecer algo enrevesada, ella intenta cada cierto rato en cada uno de sus capítulos ofrecer un dato curioso, lo denomina así, acerca de todo tipo de cuestiones sobre las que está analizando.

Realizada esa primera parte histórica de algún modo, esta divulgadora ya se adentra en apasionantes escenarios en los que nos presenta la química cotidiana, la de andar por casa, la que aplicamos casi sin saber que estamos asistiendo a una reacción química. Muy interesante resulta un capítulo dedicado a desmontar los mitos tales como eso de que lo natural es mejor que lo sintético. Es contundente y muy convincente al explicar el poco sentido que tiene, por ejemplo, que se utilicen alimentos para fabricar envases o productos cotidianos, porque el gasto industrial que conlleva y el desperdicio son brutales, señala que ello no es ecológico, sino un auténtico derroche. Bajo ese prisma todo es química y la química no es ni más ni menos que naturaleza y, por tanto, ecología, progreso y futuro.

En ese repaso en el que muchos aspectos cotidianos son objeto de su lupa, resulta muy entretenido el capítulo en el que revela cómo se fueron creando, con la combinación de elementos químicos, los diferentes colores y tipos de pintura con los que los pintores de hoy y los de antaño, haciendo pruebas estos últimos, han llevado a cabo obras de arte casi indelebles en el tiempo.

El último capítulo es el dedicado a la química en la cocina, todo lo que acontece en los fogones es química y Deborah nos descubre la fantasía de esa alquimia a la que se enfrentan con destreza tantas y tantas personas cada día. Los cocidos, las salsas (¿por qué se corta la mayonesa?), los fritos, los panes y bizcochos, los yogures, los merengues…, todo tiene su explicación científica, y si en la cocina conoces estos trucos de la ciencia seguro que triunfarás, a excepción de que lo sepas por tu práctica, lo cual es un don con el que mucha gente cuenta y yo no.

En fin, una experiencia muy ilustrativa y seguiré la estela de esta científica que, de algún modo, me ha hecho reflexionar acerca de la serie Breaking Bad de la que ya hablé en este blog. Un químico capaz de hacer droga de calidad, supo poner en práctica, aunque fuera de una manera ilícita y poco ética, aquello que conocía en la teoría. Es bueno saber química aunque el fin ha de ser loable. Y con estos tiempos donde se busca una vacuna famosa (la más famosa de la historia contemporánea sin haberse creado aún), la química está encima de la mesa.

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